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Francisco Arias Solís

Maeterlinck por Francisco Arias Solis

 

MAURICE MAETERLINCK

(1862 -1949)

 

“Lloro los labios ya gastados

donde los besos no han nacido,

y los deseos abandonados

sobre dolores abatidos. “

Maurice Maeterlinck.

 

 LA VOZ DEL EXPONENTE DEL TEATRO SIMBOLISTA

 

El dramaturgo, poeta y ensayista belga en lengua francesa  Maurice Maeterlinck es una de las figuras más representativas del simbolismo. Aunque sus primeros libros fueron de poesía, debe su fama a sus dramas, inspirados en la alegoría, la leyenda y la magia, en los que tiende a crear una atmósfera misteriosa en la cual sus personajes son víctimas de la fatalidad.

 

Maurice Maeterlinck nació en Gante el 29 de agosto de 1862 y falleció en Niza el 5 de mayo de 1949. Se educó  en un colegio de jesuitas y,  posteriormente, estudió   leyes en la Universidad de Gante. En 1886 se estableció en Francia, donde ejerció la abogacía y participó en el movimiento simbolista, convencido de que en el simbolismo estaba el futuro de la poesía, publicó en 1889 el  poemario Invernaderos cálidos, y el drama La princesa Maleine, a los que seguiría una vasta producción dramática, poética y ensayística, en el campo filosófico y en el científico. Abandonó su profesión para consagrarse a la literatura.   En París vivió durante veinte años con la actriz Georgette Leblanc,  a la que había conocido en 1895 y que interpretó muchas de sus obras. En  1911 se le otorgó el Premio Nobel de Literatura. En 1919 contrae matrimonio con Renée Dahon. En 1932 es nombrado Conde por el rey de Bélgica y en 1937 ingresó en la  Academia de Ciencias Morales y Políticas como miembro extranjero. Durante la Segunda Guerra Mundial se refugió en Estados Unidos donde siguió escribiendo y publicando. A su regreso a Europa, después de la guerra, se estableció en Niza, ciudad en la que falleció.

 

Interesantes en extremo resultan sus originales reflexiones acerca de los insectos sociales, tema de sus obras La vida de las abejas (1901), La vida de las termitas (1926) y La vida de las hormigas (1930); pero fueron sus piezas teatrales las que le dieron mayor fama. De éstas pueden señalarse: La intrusa (1890), Las siete princesas (1891),  Pelléas y Mélisande (1892), que sirvió de inspiración para una ópera de Claude Debussy,  Monna Vanna (1902) y El pájaro azul, representado por primera vez en el Théatre de L’Oeuvre de París, en 1908, historia fantástica con personajes no humanos. Es autor además del libro de poesías Doce canciones, convertido en 1900 en Quince canciones, y de ensayos, como El tesoro de los humildes (1896), La sabiduría y el destino (1898),  La inteligencia de las flores (1907) y La vida del espacio (1947).

 

La producción dramática de Maesterlinck, conocida en España en buena parte gracias a las traducciones de Martínez Sierra, ejerció una cierta influencia en el teatro de la Generación del 98 y en las primeras obras teatrales de Federico García Lorca. Y como dijo el escritor simbolista: “Si antes de besar a la persona amada habéis contemplado las estrellas, no la besaréis de la misma manera que si sólo habéis mirado las paredes de vuestra habitación”.

 

Francisco Arias Solis
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Por la convivencia frente a la crispación.


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Gracias.
 

 

 

Thoreau por Francisco Arias Solis

 

 

HENRY DAVID THOREAU

(1817-1862)

 

“Quise vivir profundamente y desechar todo aquello

 que no fuera vida ... para no darme cuenta,

 en el momento de morir, que no había vivido.”                                                                        Henry David Thoreau.

 

LA VOZ DEL ESCRITOR TRASCENDENTALISTA

 

El escritor estadounidense Henry David Thoreau fue un destacado representante del grupo trascendentalista del poeta y filósofo Ralph Waldo Emerson, de quien era gran amigo, y pasó toda su existencia en Concord, su ciudad natal, con excepción de algunas visitas a los bosques de Maine y Canadá. “He viajado mucho-decía Thoreau- en Concord”.

 

La obra de Thoreau, en la que se percibe la huella de la mística hindú y el idealismo alemán, ha tenido gran influencia en la disidencia estadounidense de los años cincuenta y sesenta, así como en figuras como Gandhi o León Tolstoi. También está   considerado, este filósofo anarquista,  como uno de los pioneros de los  movimientos ecologista, pacifista y de los derechos humanos. Por otra parte, Thoreau, es un excelente escritor, lleno de originalidad y de agudeza.

 

Henry David Thoreau nació en Concord, Massachusetts, el 12 de Julio de 1817 y falleció en la misma ciudad el 6 de mayo de 1862. Se graduó en la Universidad de Harvard en 1837. Abandonó su oficio de maestro y sobrevivió con trabajos humildes hasta que decidió retirarse a una cabaña edificada por él mismo a orillas del lago Walden (1845-1847). Allí llevó una vida en soledad, sencilla, sosegada y en comunión con la naturaleza.

 

Individualista y crítico feroz de la sociedad que le rodeaba, combatió con panfletos y mediante resistencia pacífica fenómeno tales como la esclavitud o la guerra de México y se negó a pagar impuestos al gobierno por lo que fue encarcelado una noche. Experiencia que nos cuenta en su famoso ensayo Desobediencia civil (1849): “Hace seis años que no pago el impuesto de empadronamiento. Me apresaron una vez  por eso, por una noche”.

 

Entre sus obras destacan: Una semana en los ríos de Concord y Merrimack (1849), Un yanki en Canadá (1850) y Walden o la vida en los bosques (1854), considerada hoy uno de los clásicos de la literatura estadounidense; póstumamente aparecieron Excursiones por campos y bosques (1863), Cartas a varias personas (1865), Cape Cod (1865), Cartas familiares (1894) y Poemas de la naturaleza (1896), así como los catorce volúmenes de su Diario, escrito desde los veinte años de edad hasta casi antes de morir, cartas y demás escritos. Y como dijo el escritor estadounidense: “Bajo un gobierno que encarcela injustamente, el verdadero lugar para un hombre justo está en la cárcel”.

 

 

Francisco Arias Solis
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La fórmula salvadora es paz, libertad y justicia.


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Boris Vian por Francisco Arias Solis

 

BORIS VIAN

(1920-1959)

 

“Tengo entre mis dedos

las órdenes que me obligan

a partir pronto a la guerra

el miércoles por la noche.

Señor Presidente

le digo que me niego a hacerlo

no tengo razones ni me tienta

matar ningún enemigo.”

Boris Vian.

 

LA VOZ DEL DESENCANTO 

 

La vida y la obra del escritor Boris Vian,  ingeniero, trompetista, crítico de jazz, actor de cine, cantante, director de una casa de discos, inventor, coleccionista, experto en ciencia ficción, aparte de poeta, novelista y autor teatral, reflejan los años bohemios de la posguerra parisina.  Amigo de Jean Paul Sartre y de Simone de Beauvoir, con quienes rompe para acercarse al Colegio de Patafísica –ciencia de las soluciones imaginarias-. Comenzó escribiendo cuentos en Les Temps Modernes y publicó sus criticas de jazz en el periódico Combat, dirigido por Albert Camus. Es autor de El Desertor, la canción contra la guerra y antimilitarista más célebre de todos los tiempos, en la que se instiga  a no cumplir con el servicio militar. Originó a sus editores no pocos problemas con la administración pública al ser acusada alguna obra suya de ultraje a la moral.

 

Boris Vian nació en Ville-d’Avray, Seine-et-Oise, el  10 de marzo de 1920 y falleció en París el 23 de junio de 1959. Tuvo problemas de salud, desde su niñez, primeramente sufrió un ataque de reumatismo cardíaco y posteriormente fiebre  tifoidea. Inició los estudios en su propia casa y más tarde estudió en el Liceo de Hoche de Versalles y en el Liceo de Condorcet de París.  En 1942 obtuvo el título de ingeniero metalúrgico por la Escuela de Artes y Manufacturas. Trabajó en la Asociación Francesa de Normalización (AFNOR). Por esas fechas se hicieron también famosas   sus “surprise-parties”, fiestas delirantes donde lo absurdo y lo grotesco siempre estaban presentes.  En 1941 se casó con Michelle Lèglise, quien le engañó con su amigo Sarte, y de la que se divorció en 1952, para casarse dos años más tarde con la actriz y bailarina Ursula Kubler. Boris Vian murió de un infarto en un cine de París cuando asistía de incógnito al preestreno de una adaptación  cinematográfica de su novela Escupiré sobre vuestras tumbas.

 

Algo olvidado poco después de su muerte en los años setenta resurgió el interés por la vasta producción de Boris Vian. Tremendamente mordaz, expresó el desencanto de entreguerras que indefectiblemente, desembocó en el existencialimo (fue, con Sartre, uno de los símbolos del Saint-Germain posterior a 1945). Como nota esencial destaca el cultivo de la novela negra, pero también su parodia.  Entre sus novelas destacan los siguientes títulos: Escupiré sobre vuestras tumbas (1946), publicada como la traducción de una novela negra estadounidense y que produjo un gran escándalo por su calculado componente pornográfico, y en la misma línea, Todos los muertos tienen la misma piel (1947), Ellas no se dan cuenta (1948) y Que se mueran los feos (1948), atribuidas a un inexistente Vernon Sullivan; firmadas por Vian, se publicaron las surrealistas La espuma de los días (1947), El otoño de Pekín (1947), La hierba roja (1950) y El arrancacorazones (1953). Póstumamente se editó la colección de cuentos Los perros, el deseo y la muerte (1974), se estrenó su drama con reminiscencias de Eugène Ionesco y Alfred Jarry Los forjadores del imperio (1961) y aparecieron las piezas La merienda de los generales y El último de los oficios (1964). También póstumos son el poemario No  quisiera morir (1962) y diversos textos sobre jazz, como Historia del verdadero jazz (1961) y Escritos sobre jazz (1984).  Y como dijo el escritor francés: “Y quede claro señor / que esto no es ninguna ofensa / la decisión ya está tomada: / yo quiero ser desertor”.

 

Francisco Arias Solis
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Te matan y después

piden perdón al cadáver.


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Gracias

 

Luigi Pulci por Francisco Arias Solis

 

LUIGI PULCI

(1432-1484)

 

“La luna estará celosa.”

Luigi Pulci.

 

LA VOZ DEL INICIADOR DE LA ÉPICA BURLESCA

 

El poeta italiano renacentista Luigi Pulci debe su fama a ser el iniciador de la época burlesca con su poema Morgante. Aunque el tema es todavía materia heroica (la vida de Roldán u Orlando, en la primera parte y la derrota de Roncesvalles, en la segunda), su tratamiento está más cerca de las comedias burlescas italianas que de los cantares de gestas franceses. Los paladines se expresan en una lengua grosera y coloquial, y Carlomagno es presentado como un viejo presuntuoso. El mismo nombre del poema lo recibe de un episodio marginal que ocurre entre dos gigantes, Margutte cínico y lujurioso, y Morgante, ingenuo  y  glotón, que sigue a su amo, Roldán. Pulci creó una obra imaginativa, cómica, grotesca, haciendo un uso de la jerga  y del dialecto que ejerció influencia en obras como Gargantúa y Pantagruel, de François Rabelais.

 

Luigi Pulci nació en Florencia el 15 de agosto de 1432 y falleció en Padua el 11 de noviembre de 1484. Tras entrar en la corte de los Médicis, se convirtió en un hombre de confianza de Lorenzo el Magnífico. A partir de 1475, debido a las polémicas con el poeta Mattea Branco y a causa de las maniobras de sus enemigos, entre los que se contaba Marsilio Ficino, exponente de la filosofía oficial de Florencia de la época, fue acusado de herejía. Murió en Padua, donde fue enterrado como un hereje.

 

Pulci tuvo la fortuna de escribir el poema heroico-burlesco Morgante (1483), inspirado según se dice, y él mismo parece confirmar, por una sugestión de Lucrecia Tornabuoni, la madre de Lorenzo el Magnífico, dama de gran cultura, talento y religiosidad. Aconteció que en una de las veladas literarias en el palacio de los Médicis, a las que concurrían los hombres más ilustres de Florencia, como se trató de la literatura caballeresca, se le ocurrió a Lucrecia llamar la atención sobre el gran partido que hubiera podido sacar la poesía de los materiales contenidos en los libros de caballerías. Recogió la idea Pulci, que la halló oportuna, de acuerdo con cierta atmósfera que empezaba a formarse sin obtener buen éxito, y en cuanto regresó a su casa comenzó a escribir el primer canto del Morgante, el cual leyó después a la reunión, aunque dando al asunto un giro irónico y burlesco, que es muy dudoso fuera el que deseaba Lucrecia. Le pareció a Pulci que no cabía ya allí la cándida y rutinaria imitación de los cantares de gesta, sino la parodia. Esto fue su poema, salpicado todo él de una sal bastante gruesa y acaso de intención política. La base de su asunto la tomó de un antiguo Cantare d’Orlando y de versiones de la epopeya carlovingia; pero él añadió su ironía. Su Morgante es una especie de gigantesco Sancho Panza, escudero pedestre del caballero Rolando, a quien sigue cómicamente armado con viejas piezas cubiertas de herrumbre, que habían pertenecido a otro gigante, y con el gran badajo de una campana de ermita, que maneja a modo de clava. Va a pie porque no encontró caballo que pudiera resistir su peso: en cambio él se echó el caballo a cuestas con facilidad y como alarde de fuerza dio así dos saltos para que se viera que el peso era ligero para él. El tipo Morgante, no está tomado de la historia, de la leyenda o de la tradición, ni en rigor es el protagonista de su obra. Es un nombre raro con el que se propuso llamar la atención. El poema está lleno de facundia, es alegre y entretenido, y contiene incluso atisbos filosóficos bastante atrevidos: anuncia a Rabelais  y fue imitado por Byron.

 

Francisco Arias Solis
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Jamás hubo una guerra buena o una paz mala.

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Shakespeare por Francisco Arias Solis

WILLIAM SHAKESPEARE

(1564-1616)

 

“La verdad se parece a un cuento”.

William Shakespeare.

 
LA VOZ DEL CREADOR DE UN UNIVERSO DE IDEAS

 

No le preocupó mucho a Shakespeare, el más grande de los escritores en lengua inglesa y una de las cumbres del teatro mundial, la falta de originalidad en los argumentos de sus obras, pero en ello no es el único entre los clásicos. En un drama antiguo halló abundantes materiales para su magnífico El rey Lear; en viejas crónicas, para sus dramas históricos; en cuentos anteriores a El mercader de Venecia y quizá en La famosa tragedia del rico judío de Malta, de Marlowe, está el germen de aquel drama; su Otelo se halla ya en el cuentista italiano Giambattista Giraldi Cintio; de procedencia igualmente italiana son Romeo y Julieta y la mayor parte de sus obras...

 

Apoyándose en los cuentistas italianos (de los cuales tomó mucho), o en sus lecturas de antiguas crónicas, o bien de Plutarco, de Plauto, de Ovidio, de Virgilio, de clásicos griegos o de antiguos dramas ingleses de Montaigne  y otros; confiando alguna vez a su propia fantasía el trabajo  de inventar la acción trágica o cómica de sus obras, los personajes o, en fin, cuantos pormenores necesitaba para infundir a éstos vida, creó tipos como los inmortales de Hamlet y de Ofelia; de Lady Macbeth; de Romeo y de Julieta; los magníficos del rey Lear y de su hija Cordelia; los de Otelo, de Desdémona  y de Yago; el de Falstaff, los de Titania, Puck y Oberón, el de Ariel, junto con los de Próspero, su hija Miranda y el salvaje Caliban, el de Katharina, el rey Enrique VIII de Inglaterra, la reina Catalina de Aragón, su esposa, después divorciada, y Ana Bolena, Ingenes,  Coriolano, Julio César, Marco Antonio, Cleopatra, etc.; porque hasta en los tipos secundarios, por ejemplo, en los de clown o de bufón, especie de graciosos de nuestro teatro, que Shaspeare halló ya en el inglés y supo aprovechar para humorismos o para expresión de grandes verdades, no siempre agradables, o de audacias que de otro modo no pasarían, hasta en ellos hay mucho que admirar.

 

Pues bien, de ese gran poeta, merecedor por su fuerte independiente personalidad del nombre de gran romántico, de quien dijo Hazlitt que “encerraba en sí todo un universo de ideas y de sentimientos” y que “tenía el don de comunicárselos poderosamente a los demás”. Dumas padre dijo que “después de Dios, Shakespeare era quien más había creado”, y Víctor Hugo que “en la historia del mundo sólo tres hombres eran realmente memorables: Moisés, Homero y Shakespeare”.

 

William Shakespeare nació en Stratford-upon-Avon, el 23 de abril de 1564, y murió, donde había nacido, el 23 de abril de 1616, el mismo día y año, en apariencia, que Cervantes. A su fallecimiento contaría pues, cincuenta y dos años.

 

Fue William Shakespeare hijo de un negociante en muy diversos productos agrícolas (lo que le obligaba a ser carnicero, guantero, etc.), establecido en la rica ciudad de Stratford-upon-Avon. Era su madre hija de un propietario rural de un pueblo vecino. Puede decirse, pues, que corría por las venas del joven algo de sangre campesina. Las llamadas Grammar Schools de la época ofrecían a los muchachos de humilde posición  su enseñanza. De ella pudo aprovecharse Shakespeare, a semejanza de otros que luego adoptaron su misma profesión de actor, y como de aquellas escuelas se salía hablando y escribiendo corrientemente en latín y sabiendo desarrollar temas literarios, todo ello había de serle de marcada utilidad en lo futuro.

 

Quedó interrumpida la educación de Shakespeare cuando contaba algo más de catorce años, porque el mal estado de los negocios paternos exigió que se le retirara de la citada escuela. No pudo ingresar en la Universidad, y sólo, sin ayuda alguna, adquirió los conocimientos que su inmenso afán de leer le fue proporcionando. Quiso el padre de Shakespeare que su hijo le ayudara en la práctica de sus diversos oficios; pero no pudo lograrlo. Se casó con Anne Hathaway en edad harto prematura, a los dieciocho años, y a los veintidós años, o quizás antes, salió de su ciudad, dirigiéndose a Londres, acompañado de su mujer y de tres hijos. Sin dinero y sin amigos, no se le ocurrió nada mejor que dedicarse a ser actor  y a escribir obras teatrales, en que él mismo representaría papeles. Entró en un teatro, pero se dice que para ejercer en él los más humildes oficios, hasta que, posiblemente, lograría demostrarle al empresario que él sabía adaptar una obra antigua a las necesidades de la escena de su tiempo y al gusto de su público.

 

Hasta 1591, probablemente, porque nada hay seguro, no se representó su primera obra original. De todas suertes, Romeo y Julieta fue la que le colocó definitivamente a la altura que merecía. Halló protección en la corte, se le abrieron las puertas de palacio y él y su compañía representaron ante la reina. Llegó a ser director de su compañía pero los grandes triunfos los obtenía  con la pluma, y no sólo en la corte y entre la gente más culta , sino entre el gran público.

 

Treinta y siete títulos suelen citarse de sus obras teatrales (algunas tienen dos o tres partes), comedias, obras históricas y tragedias. Los nombres más populares son, Tito Andrónico, Comedia de las equivocaciones, La fierecilla domada, Trabajos de amor perdidos, Los hidalgos de Verona, Rey Juan, Enrique IV  (partes I y II), Ricardo III, El sueño de una noche de verano, El mercader de Venecia,  Mucho ruido  y pocas nueces, Las alegres comadres de Windsor, Como gustéis, Romeo y Julieta, Julio César, Enrique V, Hamlet, Otelo, El rey Lear, Coriolano, Antonio y Cleopatra, Timón de Atenas, Pericles, príncipe de Tiro, Macbeth, Medida por medida, Noche de Reyes, A buen fin no hay mal principio, Troilo y Cressida, Cuento de invierno, La tempestad, Cimbelino y Enrique VIII. De todas estas piezas sólo dieciséis se publicaron en vida del autor; en 1623, dos actores de la compañía King’s Men, en la que había trabajado Shakespeare, recopilaron y publicaron toda la obra que hoy conocemos en un volumen al que se denomina Primer folio.

 

Shakespeare es poeta y dramaturgo, aunque en realidad su genio de poeta se manifiesta también en su obra dramática. Entre los poemas largos destacan Venus y Adonis (1593) y La violación de Lucrecia (1594). Pero Shakespeare, como poeta, es sobre todo un gran sonetista. A pesar de sus limitaciones temáticas, los sonetos constituyen una poesía vital; en ella destacan sus poderosas imágenes y una suave musicalidad difícilmente imitable. Fueron muy numerosos los sonetos que circularon en la sociedad refinada de su tiempo, hasta que algún recolector anónimo los publicó en 1609.

 

Shakespeare localizó el conflicto trágico en el individuo mismo, en la discrepancia entre la pasión y la razón, entre lo limitado y lo infinito de su naturaleza. Lo que existe, bueno o malo, agradable o repugnante, tiene con Shakespeare el escenario a su disposición, sin esquemas preconcebidos. Además, demostró un formidable talento teatral, un sentido especial del funcionamiento dramático, un “oficio” que hace que sus obras sigan funcionando sin perder nada de su poder, aun sometidas a todos los tratamientos que las sucesivas sensibilidades artísticas han imaginado. Respecto al estilo, hay que subrayar la fuerza y riqueza de la expresión, el manejo extraordinario del lenguaje, acorde siempre con el personaje y su circunstancia concreta, la abundancia de imágenes, el ingenio verbal y la interrelación entre acción y palabra, además de su utilización magistral del verso blanco.

 

“La verdad se parece a un cuento”, leemos en Shakespeare. Porque la verdad para hacerse posible y realmente verdadera, como el cuento, necesita alimentarse de mentiras. El teatro es siempre una máscara que nos ilusiona o que nos miente. El teatro skakesperiano, nos sigue pareciendo junto al griego y al español renacentista (lopista-calderoniano), el mejor que ha existido; porque nos miente de verdad. Y como nos dijo el extraordinario dramaturgo: “Mira que a veces el demonio nos engaña con la verdad”.

 

Francisco Arias Solis
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Paz y libertad. 


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Pratolini por Francisco Arias Solis

VASCO PRATOLINI

(1913-1991)

 

“¡Estaba más viva! Y su pasado había muerto.

 Pero no porque ella hubiese querido matarlo

 sino porque había muerto espontáneamente,

 adentro, en su espíritu y en su cerebro.”

  Vasco Pratolini.

 

LA VOZ DEL NEORREALISMO ITALIANO

 

Con Vasco Pratolini, Alberto Moravia y Cesare Pavesse, surge un momento de gran auge artístico social. Inician el famoso neorrealismo italiano, cuyas traducciones cinematográficas de Visconti,  Vittorio de Sica y Rosellini, entre otros guionistas y directores, se han divulgado con verdadero éxito a través de todo el mundo. Este movimiento, junto con el de los “beats” angloamericanos, significa la más honda evolución de nuestro tiempo, culminando así el primer paso, fuera de la saturación humanística. El mundo asentado sobre la lógica aristotélica empieza a ser sustituido por el de la dialéctica, la estatua por la fotografía, el teatro por el cine, y la vieja novela de “pasatiempo” por la búsqueda filosófica y literaria de una cultura útil para lo cotidiano.

 

Vasco Pratolini nació en Florencia el 19 de octubre de 1913 y falleció en su casa de  Roma, por paro cardíaco, el 12 de enero de 1991. Hijo de una familia muy pobre, es un autodidacta que hizo de todo en su vida, camarero,  mozo de cuerda, vendedor de bebidas,  y vivió en los barrios más pobres de la ciudad, que inspiraron sus mejores obras. Debido a sus privaciones, mientras iniciaba sus colaboraciones literarias tuvo que ser internado en un sanatorio. Colaboró en el periódico Il Bargello  y en 1938 fundó, junto a Alfonso Gatto, la revista Campo di Marte.

 

Sus obras reflejan el contexto histórico-social que le tocó vivir: la vida en los barrios populares de Florencia bajo el fascismo. Entre ellas destacan: El tapete verde (1941), en la que recrea su infancia, Vía de Magazíni (1941), en la que relata su adolescencia en las calles y los barrios de Florencia, Las amigas (1943), El barrio (1945), Crónica familiar (1947), Crónica de los pobres amantes (1947), que posiblemente sea su obra más conocida, en la que narra la lucha de los obreros contra la dictadura, Un héroe de nuestro tiempo (1947), Las muchachas de San Frediano (1949). Con Metello (1955), y Lo scialo (1960), inicia la trilogía Una historia italiana (1955-1966), que se completa con Alegoría y escarnio (1966). Metello es la historia del proletariado italiano desde 1845 y 1945. Sus luchas, huelgas y difíciles avances sociales forman el telón de fondo. Metello, el protagonista, constituye el centro de referencia de una novela multitudinaria. En 1963 publica La constancia de la razón y en 1967 Mi ciudad tiene treinta años.

 

Pratolini destacó además como guionista de cine y autor de textos teatrales. En 1985 se publicó una recopilación de “crónicas en verso y en prosa”  titulada  El manojo de Natascia. Y como nos dijo el escritor neorrealista italiano: “Fue una infancia vivida en un acuario, sin arañazos en las rodillas, sin juguetes destrozados ni la cara sucia de barro, sin secretos ni descubrimientos. Y sin amigos, en el gran silencio de la villa...”

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La paz no se reduce a la ausencia de guerras

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Jean Racine por Francisco Arias Solis

 

 

JEAN RACINE

(1639-1699)

 

                                                                       

“En la tragedia solo conmueve lo verosímil”.

Jean Racine.

 

LA VOZ DEL ESPIRITU CLASICO

 

Veintiocho años tenía Racine cuando obtuvo un triunfo decisivo con la representación de Andrómaca, que pareció una revelación por lo patético de la obra, el modo de pintar las pasiones, y la elegancia del estilo. Estas cualidades serán ya las que le distinguirían en la que se consideran como sus tres obras maestras. Atalía, Fedra y Británico. Atalía es de asunto sagrado, está tomada de la Biblia, y a pesar de ese origen no mereció más que respeto a Voltaire, quien la calificó de maravilla, como también lo era para Boileau. Para Schlegel, no es sólo la obra más perfecta de Racine, sino que, de todas las tragedias francesas, es la que “libre de amaneramientos, más se acerca al gran estilo de la tragedia griega”. Fedra está tomada de Eurípides, pero en tal forma que el asunto queda renovado y el papel de Fedra concentra en él toda la atención, como para que, al representarlo, puedan desarrollar sus más altas facultades las mejores actrices. En Británico, quien la facilita a Racine los materiales es Tácito, el  pintor de Nerón, y el severo cuadro histórico que el autor francés nos ofrece es fiel y vigoroso.

 

Racine tenía la costumbre, que tanto se ha censurado después a un poeta español, Quintana, de escribir primero sus obras en prosa, para verlas así desnudas, sin adornos, y no sentirse, a veces, dominado y desviado por el consonante. “La tengo ya hecha: no me falta más que ponerla en verso”, parece que solía decir. Y, sin embargo por esos versos, que por fuerza habían de resultar más o menos fríos, artificiosos, es por lo que muchos le han puesto en las nubes, aun como poeta lírico, y le han comparado con el mismo Virgilio, para algunos es el primer lírico de Francia, además de ser el más perfecto de sus trágicos. Los tiempos cambian y hoy quizá no obtendría tantos elogios de las independientes generaciones nuevas.

 

Nadie ha pintado mejor que él los sentimientos: el amor, sobre todo, con todos sus matices, ternura ingenua, pasión imperiosa, deseo perverso, delirio fatal, con sus celos, arrebatos, sus inquietudes, sus melancolías, sus sacrificios, sus amarguras y sus crímenes. Ha sido Racine el primero que en todas las literaturas haya concedido tanta importancia al amor y que haya hecho ver con tal plenitud y acierto su poderío y estragos.

 

Lo mejor que creó fueron los caracteres de mujer: en eso todos están conformes. La acción solía ser en sus obras sencilla y era consecuencia de aquellos mismos caracteres, con lo cual se acercaba a lo que ocurre en la vida. A pesar de todo su estudio, sus personajes antiguos resultan hoy cortesanos franceses de su tiempo: inverosímiles por tanto. Por eso cabe decir que, así como Molière, con todo y ser su fondo tan profundamente galo, escribió para la humanidad, Racine escribió para ser un gran clásico francés.

 

 

Jean Racine nace en La Ferté –Milon, Aisne,   el 21 de diciembre de 1639 y muere en París el 21 de abril de 1699. Huérfano desde temprana edad, estudió humanidades en Beauvais y luego se trasladó a Port-Royal, donde asimiló las doctrinas jansenistas y adquirió un profundo conocimiento de la cultura griega; en 1661 se marchó a Uzès, donde cursó la carrera de teología y ocupó un cargo eclesiástico. Obtuvo la protección de Luis XIV, quien le recompensó económicamente por su oda La ninfa del Sena (1660). Habiendo renunciado a su idea de consagrarse al sacerdocio, se estableció en París, donde conoció a La Fontaine, Boileau y Molière, cuya amistad pronto se vería interrumpida por las serias desavenencias surgidas entre ambos autores.

 

Racine se inició en la escritura teatral con las tragedias La Tebaida (1664), escenificada, sin demasiado éxito, por la compañía Molière y centrada en la lucha por obtener el trono de Tebas, y Alejandro el Grande (1665), que fue acogida por el público con mucho más entusiasmo. Tras haber roto en 1665 con el círculo de jansenistas de Port-Royal, una honda crisis moral lo llevó en 1677 a reconciliarse con estos, de cuyo pesimismo fundamental nunca se había librado. Las piezas de Racine, lineales y con pocos personajes, se centran en el momento de la explosión de una situación pasional, adaptándose perfectamente a las reglas de la tragedia clásica, cuyo componente fatídico halla en él cierta consonancia con el determinismo jansenista, y poseen una extraordinaria fuerza lírica que ofrece con elevada dignidad la tormenta interior de los protagonistas. Esa simultánea capacidad de exposición de la brutalidad de las pasiones como resorte dramático de la acción y contención elegante y exquisita le convierten en uno de los más importantes trágicos modernos, entre los que también se cuenta a Corneille, con quien se enfrentó en dura competencia a lo largo de su producción. En 1673 sería nombrado miembro de la Academia francesa y más tarde historiógrafo real, pasando los últimos años de su vida alejado del teatro. Fue enterrado en el monasterio de Port-Royal.

 

Entre las obras de Racine destacan: Andrómaca (1667), que obtuvo un espectacular éxito, Los litigantes (1668), su única comedia, respuesta a los partidarios de Molière, Británico (1669), escrita expresamente para desbancar a Corneille, que era el más famoso autor teatral del momento, Berenice (1670), en la que retoma  el asunto del Tito y Berenice de Corneille, Bayaceto (1672), cuyo argumento, de implicaciones claramente políticas, gira en torno al triángulo amoroso formado por Bayaceto, Roxana y Atálida, Mitrídates (1673), Ifigenia (1674), que, centrada en la compleja figura de Agamenón, se inspira en una de las tragedias de Eurípides, Fedra (1677), su obra cumbre y, sin duda, la pieza más característica de su estilo dramático, Esther (1689) y Atalía (1691), ambas de temas bíblico. Escribió también una Historia de Port-Royal que no se publicó hasta 1767. Si bien su teatro no aportó fórmulas nuevas, es la más perfecta expresión del espíritu clásico. Y como dijo  el dramaturgo francés: “A menudo es fatal vivir demasiado tiempo”.

 

Francisco Arias Solis
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Paz y libertad. 


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Gracias.

Los jóvenes del 98 por Francisco Arias Solis

 

LOS JOVENES DEL 98.

 

“Han pasado cien años, y los nietos,

 rota la placa y rota la memoria,

con otro nombre lañan la rotura:

 ¡Revolución!”

Miguel de Unamuno.

 

LA PREOCUPACION SOCIAL DE LOS JÓVENES NOVENTAYOCHISTAS.

 

Hasta hace poco años se ha hablado del 98 como de un monolito ideológico. Nada ha sido más perjudicial para dicha generación, pues al descubrirse fisuras, contradicciones, ambivalencias políticas, evoluciones sorprendentes, divergencias, se ha acabado por negar hasta la existencia misma de un grupo coherente con tal nombre. En ello han jugado papel importante las autodeclaraciones de los propios miembros del grupo, que al ser interrogados negaban con frecuencia la existencia del mismo o su adscripción a él, sin caer en la cuenta que con ello afirmaban lo que pretendían negar: el carácter individualista e iconoclasta, que ha sido uno de los rasgos preeminentes del noventayochismo.

 

En realidad, la mayoría de los equívocos han surgido de no atender con suficiente cuidado a la evolución cronológica de ellos, deteniéndose en alguna etapa incongruente de la misma. ¿Qué tiene que ver el esteticismo de Valle-Inclán con la literatura comprometida de Machado en sus últimos tiempos? ¿Qué relación existe entre las contradicciones y paradojas de Unamuno y el dogmatismo religioso y político de Maeztu durante la Segunda República? ¿Cómo compaginar la tibieza política de Azorín o Baroja durante nuestra guerra civil con el exilio consciente de Antonio Machado? Evidentemente, no parece haber modo humano de establecer alguna afinidad entre antagonismo tan marcados y posturas tan enormemente  dispares. Sin embargo...

 

Es necesario, ante todo, seguir paso a paso la evolución de cada uno de ellos y ver las posibles motivaciones de sus actitudes y hasta las concomitancias que entre todos, se vayan produciendo. Como punto de partida, hemos de escoger el núcleo que parece ser la base de esa supuesta generación del 98. Me refiero al grupo inicial constituido por Azorín, Baroja, Maeztu y Unamuno. No hay duda de la filiación radical, y en muchos casos revolucionaria, de estos cuatro noventayochistas antes citados: el anarquismo literario de Azorín, la protesta social y la denuncia de la injusticia en Baroja, el socialismo de Maeztu y el marxismo de Unamuno. Actitudes que en todos ellos llevaron al deseo de “intervención social”.

 

En años sucesivos esta preocupación revolucionaria por las cuestiones sociales de los jóvenes noventayochistas irá cediendo a actitudes menos comprometidas en que la recreación estética de temas ideológicos ocupará un lugar cada vez más importante. En lo que toca a lo político, Maeztu sufrirá una evolución que lo situará en las antípodas de sus años juveniles, aceptando una embajada en Argentina del general Primo de Rivera y una filiación política con el movimiento de “Acción Española”, que le llevará a un antirrepublicanismo rabioso. Sin llegar a ese extremo, y a pesar de haber sido Ciudadano de Honor de la República, Unamuno prestará su adhesión al Alzamiento Nacional, y el gobierno de Burgos le nombrará rector de la Universidad de Salamanca. Por lo que se refiere a Azorín y Baroja, adoptarán una actitud de cierta complacencia -sobre todo el primero- ante los vientos fascistas que soplaban en España después de la guerra.

 

En todos ellos, pasada la época de virulencia revolucionaria a que antes nos hemos referido, se desarrolla un evidente y cada vez más acusado desprecio a la democracia y el parlamentarismo.

 

He dejado deliberadamente a un lado de lo que venimos diciendo las figuras señeras de Valle-Inclán y Antonio Machado. Del primero se dice que encaja mejor en el modernismo y sólo a duras penas se incluye entre los que se suelen considerar verdaderamente representativos del 98. Por el contrario, en Machado se habla de un compromiso cada vez mayor con las izquierdas y de un radicalismo progresivo que alcanza su cima en la adhesión incondicional a la República hasta su muerte en Colliure (Francia) en 1939. En ambos se da una evolución muy parecida, que sucintamente puede resumirse en el paso de un modernismo manifiesto en al mocedad  a una literatura en la madurez que, sin violencia alguna, puede llamarse “comprometida” por ser evidente su inserción en la problemática socio-política que el país tenía planteada.

 

En esta etapa Machado y Valle-Inclán vienen a coincidir con las preocupaciones y la temática de sus otros compañeros de generación: Azorín, Baroja, Maeztu, Unamuno, al menos después de que abandonaran aquellas posturas primerizas de radicalismo social. En una palabra: que el “espíritu del 98”, que da al grupo su mismo nombre, viene a ser un cruce en la biografía de sus miembros. Durante los años que confluyen, se sienten preocupados por los mismos temas, adoptan actitudes similares y una misma voluntad de estilo les mueve: es el estilo que empareja al grupo del 98 y por el que éste resulta inconfundible . Después otras divergencias volverán a separarles: Maeztu se volverá hacia el fascismo, Unamuno se dejará llevar de unas paradojas para las que ya no están los tiempos, Azorín y Baroja querrán vivir en paz y Antonio Machado dará su vida -así puede escribirse sin miedo a error- por la Segunda República. Y es que, como dijo el poeta sevillano: “Fue ayer; éramos casi adolescentes: era / con tiempo malo, encinta de lúgubres presagios, / cuando montar quisimos en pelo una quimera, / mientras la mar dormía ahíta de naufragios”.

 

Francisco Arias Solis
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Ningún hombre considera que su situación es libre si no es al mismo tiempo justa, ni justa si no es libre.


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Gracias.