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Francisco Arias Solís

ENRIQUE JARDIEL PONCELA POR FRANCISCO ARIAS SOLIS

ENRIQUE JARDIEL PONCEL(1901-1952) “Espectáculos por hora.Sandwichs de pollo y pepino.Ruido de remachadoras.Magos y adivinadorasde la suerte y el destino.”Enrique Jardiel Poncela. Nueva York. 

LA VOZ DE LO INVEROSIMIL
 

Enrique Jardiel Poncela pertenece a ese grupo de escritores españoles que vinieron al mundo con el comienzo del pasado siglo, y se iniciaron en la Literatura en la década de los años 20. Década que supuso en España la tardía, irregular y amortiguada recepción de los movimientos vanguardistas europeos que propiciaron el descubrimiento de un cierto concepto del absurdo, cuya, proyección literaria aportó un nuevo entendimiento del humor, que adopta este nuevo humor como vehículo expresivo, y cuyos nombres más significativos serían: Tono, Edgar Neville, José López Rubio y Miguel Mihura. Y podría decirse que Jardiel es uno de los últimos escritores que consideran el humor como un género literario, o, también, que para Jardiel el humor es una cosa muy seria.

 

Jardiel Poncela es un profundo renovador del teatro cómico, el cual no había salido de su marasmo desde la crisis del sainete y el “género chico” hacia 1910. En la situación teatral de postguerra, es el único autor realmente valioso, que estrena de manera regular a lo largo de una década, y el único capaz de despertar el interés y el entusiasmo de los públicos más exigentes y más jóvenes. Desde 1939, en que estrena Carlo Monte en Montecarlo, hasta su última comedia Los tigres escondidos en la alcoba (1949), Jardiel escribe y estrena a un ritmo ininterrumpido, siendo durante ese tiempo el autor de moda, el más discutido y para muchos el más indiscutible. En el prólogo a Cuatro corazones... señala “lo inverosímil” como meta de su arte.

 

Enrique Jardiel Poncela nace en Madrid el 15 de octubre de 1901. Su padre era periodista y su madre pintora. Inicia sus estudios primarios en la Institución Libre de Enseñanza, que dirigía Francisco Giner de los Ríos. Trasladándose a la Sociedad Francesa y más tarde al Colegio de los Padres Escolapios de San Antonio Abad, de donde pasa al Instituto de San Isidro. Comienza a estudiar Filosofía y Letras, pero abandona los estudios para dedicarse al periodismo e iniciarse en la Literatura profesionalmente. Colabora en los Lunes del Imparcial, La Nueva Humanidad, La Libertad... y trabaja como redactor en La Acción y La Correspondencia de España. Coincide esta etapa con su unión sentimental con Josefina Peñalver, de cuya unión nacerá su hija primogénita Evangelina.

 

La actividad de Jardiel se inicia la noche del 28 de mayo de 1927 estrenando en el Teatro Lara de Madrid la comedia Una noche de primavera sin sueño, a la que seguirán: Margarita, Armando y su padre, Usted tiene ojos de mujer fatal, Angelina o el honor de un brigadier, Cuatro corazones con freno y marcha atrás, Un marido  de ida y vuelta, Eloísa está debajo de un almendro, Madre, el drama padre, El amor solo dura 2.000 metros, Los ladrones somos gente honrada, Es peligroso asomarse al exterior, Los habitantes de la casa deshabitada, Blanca por fuera y Rosa por dentro, El sexo débil ha hecho gimnasia, Agua, aceite y gasolina, Un adulterio decente, Tú y yo somos tres, Las siete vida del gato... Estas y otras comedias constituye un quehacer teatral lleno de atractivos, cuya valía hoy nadie discute y empieza a verse en el humor desquiciado de Jardiel un adelanto del gran teatro de vanguardia europeo.

 Casi al mismo tiempo que iniciaba Jardiel su carrera teatral, comenzaba también su quehacer novelístico. En 1929 se edita Amor se escribe sin hache, y poco después, aparecen ¡Espérame en Siberia vida mía!, Pero... ¿hubo alguna vez once mil vírgenes?, y La “tournée” de Dios. 

La continuada vinculación de Jardiel a las actividades cinematográficas, se inicia en el año 1932, cuando marcha a Hollywood contratado por la Fox Film Corporation. En 1934 conoce a Carmen Sánchez, fruto de su convivencia con ella es su segunda hija Mari-Luz.

 

En septiembre de 1937 se marcha a Francia, y, desde allí, a Buenos Aires. En mayo de 1938 regresa a España. Durante el verano de 1940 se constituye en empresario teatral. En 1944 embarca hacia América para realizar en diversos países una temporada teatral. Su regreso a Madrid marca el principio de una decadencia que culminará con la muerte ocho años después.

 

Los tigres escondidos en la alcoba fue su último estreno en el Teatro Gran Vía de Madrid en enero de 1949. Un año más tarde, publica su último libro: Para leer mientras sube el ascensor. Pasa los dos últimos años de su vida en la más absoluta miseria. Enrique Jardiel Poncela muere en Madrid el 18 de febrero de 1952.

 

Forjado en el espíritu de los años veinte, el humor de Jardiel Poncela es, según la precisa caracterización de Laín, “irónico, despegado y futurista”, y ello se advierte en diferentes órdenes. Ante todo, en los temas que elige: profundamente imaginativos, desprovistos de ingredientes ternuristas o sentimentales. Pero la mayor contribución de Jardiel hay que buscarla, más que en sus temas, en la forma ideada para expresarlos. Especialmente, debemos reconocer su capacidad para extraer del lenguaje nuevos e insospechados efectos de comicidad, que con frecuencia le aproximan al actual teatro de vanguardia, particularmente a un Ionesco.

 

El amor constituye el tema ineludible de la obra de Jardiel Poncela. Amor y humor sirven a Jardiel para comunicar su visión pesimista del mundo, la amargura de las relaciones amorosas, su desilusión ante la vida. El resultado es una creación literaria única y singular en la literatura española. Y como reza su epitafio: “Si queréis los mayores elogios, moríos”.

 Francisco Arias Solis
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Paz, queramos paz.

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QUITARSE LA CARETA POR FRANCISCO ARIAS SOLIS

 

QUITARSE LA CARETA
 “La ridícula trompetadel Carnaval ha sonado,desapacible; indiscretay, ¡tan triste!... Fatigado Pierrot marcha sin careta.”

Manuel Machado.

 
TODOS SOMOS ACTORES EN EL ESCENARIO DE LA VIDA
 

Es sabido que la palabra persona -de per y sono, sonar mucho, resonar- dio nombre en la antigua Roma, a la máscara o careta utilizada por los actores de teatro, con miras a su caracterización y también para ahuecar y lanzar la voz. Con el paso del tiempo tal palabra nombró al propio hombre de teatro y, por último, a los hombres todos, actores en el gran teatro del mundo.

 

Pues resulta que hoy sobreabundan quienes, sin recurrir a artificios de cartón u otra materia, hacen careta o máscara de su propio rostro. Sobreabundan, sí, los que ahuecan la voz, al tiempo que mienten por la mitad de la barba.

 

Nada les define tanto como eso de ahuecar la voz, de gritar, que es el oficio más destemplado e incivil y, además, al decir de Leonardo da Vinci, acientífico de todo.

 

De los sosegados es el reino de la verdad. Y el del sufrimiento, sin duda. Porque hay que tener paciencia santa, para asistir al espectáculo que ofrecen no ya sólo los propios dómines del grito, del énfasis, sino también la inmensa legión de los aficionados a sus boberías y truculencias.

 

Todos somos personas, todos actores en el escenario de la vida. Semejan personajes, sin serlo, en modo alguno, los que decimos personajillos. Entre éstos ocupan lugar muy principal los que nombramos caraduras, que es tanto como descarados, como hombres que no tienen cara o, si se quiere que la tienen, pero no la dan, no dan la cara. A la postre, hombres del rostro que engaña a quien tenga el candor de no andar sobre aviso.

 

Hoy, como ayer, no escasean los calificativos con los que señalar a tantos y tantos como son los que se denuncian no por algo que se refiere a sus rostros, sino a sus íntimas fisonomías mentales. Y ahí están los hipócritas, fariseos, farsantes, tramoyistas, tartufos o como se quiera decir. Que se emparientan, por lo regular, con los pedantes, fatuos, engolillados, estirados, etc.

 

Ahí están los pseudopoetas, enemigos primeros de la poesía, arte el más excelso de los hombres, ejercido por quienes saben cantar aquello de: “el goce de crecer, la gloria de la acción y el esplendor de la hermosura”, según reza un verso escrito en sánscrito.

 

Ahí están los pseudojuristas, desconocedores de que el Derecho tiene por misión la de hacer bueno a los hombres, según admonición de Alfonso el Sabio, los pseudoeconomistas, que no subordinan la economía a la persona, tal como señala Mounier; los pesudofilósofos, opuestos a una concepción de la filosofía como ciencia general del amor, tal como enseña Ortega.

 

Pero acabemos, dejemos tranquila la forma prefija pseudo, que debiera ir siempre en cabeza de tantos y tantos títulos con los que se adornan falsamente no pocos hombres que se dicen sabedores. Y como dijo el cantor: “Si dices que eres poeta / voy a tener que decirte / que te quites la careta”.

  Francisco Arias Solis
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 No hagamos las paces con la guerra, ni tampoco levantemos guerras con la paz.


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PABLO PICASSO POR FRANCISCO ARIAS SOLIS

  PABLO PICASSO(1881-1973)

 

“Pablo Picasso nació en Málaga

y halló un palito en el Perchelque se le convirtió en pincel.” Rafael Alberti.         
LA VOZ DEL GENIAL  PINTOR MALAGUEÑO
  Decimos genial la personalidad de Picasso por su arte, como la de esos otros geniales pintores (Goya, Velázquez, Rembrandt, Tintoretto...) por su violencia maravillosa que no elude el espanto trágico de la muerte a fuerza de estar viva. Que suspende, arrebata nuestro ánimo colocándonos por la verdad erótica de su forma sobre el abismo luminoso y tenebroso de la vida.  Con cuatro versos del Marqués de Santillana se dio  en cierta ocasión un retrato vivo de Pablo Picasso. Estos versos sacados de la Comedieta de Ponça, son admirables, no solo por sí, sino como representación exacta del genial pintor malagueño: “Oyó los secretos de la filosofía / e los fuertes pasos de la naturaleza: / obtuvo el intento de su pureza / e profundamente vio la poesía”.  Se podría decir que estos cuatro versos estaban escritos expresamente para él. A la filosofía y, lo que es más extraordinario, a la naturaleza por sus fuertes pasos, las había oído este extraordinario pintor: y a la poesía, mirándola la vio profundamente. Hace un siglo escribía el poeta y amigo de Picasso, Gillaume Apollinaire: “Este malagueño nos golpea con su arte, acardenalándonos como un frío seco”. Desde entonces la creación pictórica de Picasso no ha cesado de golpear de este modo. Y aquellas palabras del poeta no han perdido vigencia cuando añadía: “Su insistencia en perseguir la belleza cambió todo en el arte. La gran revolución de las artes que ha realizado casi solo consiste en haber hecho del mundo una nueva representación suya. Hombre nuevo, el mundo es su representación”.  Creo que en estas palabras de Apollinaire se contiene la mejor definición crítica del genio de Picasso. A cada nueva aparición de una “época” picassiana ha respondido un mismo asombro, escandaloso con su afirmación y negación correspondiente. En cada nueva obra nos fue revelando esa visión o representación de un mundo nuevo, revolucionariamente al parecer, por su novedad misma; su radical y profunda originalidad siempre. Los contempladores del enorme arte de Picasso tenemos el derecho a horrorizarnos y maravillarnos ante él. Horror y maravilla polarizan –tan españolamente- esta nueva visión, representación de su mundo, o sus mundos, que nos da Picasso. Horror y maravilla como la de una corrida de toros. El pintor en cada lienzo, nos transmite la emoción de un riesgo mortal, perecedero, de su logro; como en el ruedo de la plaza el lance o faena del torero con el toro. Por esto, sin duda, Picasso se llamó a sí mismo, con penetrante acierto, “matador de toros en la pintura”. Esto es, sencillamente, torero de verdad, y no solamente de la verdad; como un pensador o poeta, burlador trágico de la muerte. Picasso, que parece al principio preso, encadenado por esas apariencias mortales de su arlequinada luminosa, se libera rápidamente de su red ilusoria, para encararse con una realidad –despojada de ese disfraz- y vestida del “traje de luces” de torear. Traje trágico porque afirma la vida en la alegría que desenmascara con su riesgo, que es lo que hacen en la plaza juntos, el torero y el toro.  El Picasso que tan “profundamente ve la poesía” es el de sus realizaciones últimas el que nos parece, decimos, por extremado, más absoluto, más evidente, más genial,  más Picasso. 

Picasso nos pone ante los ojos un mundo suyo, recién nacido a su viva verdad; una representación espantosa y maravillosa de ese mundo, que al despoetizarse aparentemente de mentirosa, ilusoria, falsa poetización, sensacional o sensiblera, se enciende, se ilumina de dolorosa inteligencia; de razón o enajenación racional, viva y verdadera, de veras y de burlas, como la de Cervantes en el Quijote. El malagueñísmo, el andalucismo, el españolismo de Picasso, por serlo, por la misma profundidad de su raíz, supera los límites de su origen para alzarse y lanzarse con tanto ímpetu a su universalidad total y única. Y es que, como dijera el poeta: “Una vez en la tierra existió una edad maravillosa / a la que llamaremos picassiana”.

 

Francisco Arias Solis
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ROGELIA LEON POR FRANCISCO ARIAS SOLIS

ROGELIA LEON (1828-1870) “Soy esclavo, nombre infausto;  nombre odioso y maldecido;  soy el perro escarnecido que castiga su señor. Mientras el duerme en la hamaca,  yo en el suelo recostadosiento el cuerpo lacerado de trabajo y de dolor.”Rogelia León LA VOZ DE UNA ANDALUZA ABOLICIONISTA El romanticismo fue un movimiento altamente político hasta en su culto de la subjetividad. A pesar de la presión inhibitoria del modelo normativo de la domesticidad femenina, las poetisas románticas, formadas en una época de turbulencia revolucionaria, no quedaron ajenas a este aspecto del movimiento en que participaban. La ideología basada en la imagen del ángel del hogar da a la mujer cierta autoridad frente al hombre desde la cual no sólo puede afirmarse como autora, sino también puede protestar ante ciertas injusticias sociales. La institución que casi con unanimidad denunciaron las poetisas hispanas del XIX -como sus hermanas norteamericanas e inglesas- era la esclavitud. Si este fenómeno tenía su aspecto activista en la Sociedad Abolicionista Española, cuyos líderes incluían a algunas de las poetisas más importante de la época -Concepción Arenal y Carolina Coronado fueron dos miembros destacados de esta sociedad-, tenían también sus facetas literarias, entre las cuales se encuentran los numerosos cantos o monólogos poéticos del esclavo escritos por mujeres.  Rogelia León nació en Granada, en 1828. Esta poetisa mantuvo una  activa vida literaria haciéndose conocida no sólo en Andalucía sino en toda España. Sus producciones no empezaron a aparecer hasta después de 1850, aunque por estas fechas se estaba carteando con la poetisa extremeña Vicenta García Miranda. Rogelia llegó a ser académica-profesora del Liceo de Granada, socia del Círculo Científico, Literario y Artístico de Málaga, y socia de mérito de la Academia Científico-Literaria de Madrid. Publicó en 1857 una colección de poemas, Auras de la Alhambra, y en el mismo año estrenó con éxito su drama Jeannie la escocesa. En 1878, después de su muerte, salió una novela, Los juramentos, en Madrid. Entre 1862 y 1866 colaboró muy activamente con poesía, cuentos y artículos en la revista La Violeta de Madrid. “La canción del esclavo”, de Rogelia León, sigue fielmente la pauta esproncediana tanto en la versificación como en la denuncia de una sociedad injusta desde la marginalidad. Al tomar esta actitud de denuncia, la poetisa se apoya sin duda en el modelo de identidad femenina que autorizaba a las mujeres a preocuparse por los débiles como extensión de su función maternal. Por otra parte, ejerce esta autoridad en relación a una institución bastante alejada de la estructura social inmediata de España. Y sin embargo, los tonos apasionados en que se expresan la pena y la ira del esclavo sugieren que se ha activado en la imaginación poética la identificación de la posición de la mujer con la del esclavo. Y como dijo la poetisa granadina: “¡Ay! también ellos, también / fueron como yo vendidos / sin piedad a los gemidos / que lanzaban al partir”. 

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Donde mora la libertad, allí está mi patria.

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MASCARAS POR FRANCISCO ARIAS SOLIS

 

MASCARAS
 “Vienen, van, máscaras risueñas: son, damas y dueñas antiguas, galanes-largos los mostachosy los gavilanes-,y moros con corvos, ricos yataganes...”

Manuel Machado.

 LA MASCARA SE ASOCIA INTIMAMENTECON LOS CARNAVALES 

“Máscara de actor”, significa persona, en latín, señalando como en la sociedad el individuo interpreta un papel, se pone una máscara y actúa. La máscara, ya era usada, por los griegos para el teatro representando con cada careta un personaje distinto, una “persona”. Máscara y representación van íntimamente unidas a lo largo de la historia.

 

Entre las más antiguas se encuentran las máscaras funerarias de los faraones egipcios que representaban los rasgos idealizados del difunto y eran generalmente de materiales preciosos como el oro. Los hechiceros africanos usan máscaras habitualmente talladas en madera para ahuyentar los demonios y malos espíritus. La máscara también es usada por los guerreros de diversas tribus, como protección y para asustar a los enemigos.

 

Pero la máscara se usó principalmente para el culto, de donde pasa al teatro. Como es sabido, el símbolo del teatro son dos máscaras, una sonriente que corresponde a la comedia, y, otra triste, correspondiente a la tragedia.

 

La máscara se asocia íntimamente con los Carnavales, donde paradójicamente uno se quita la máscara que usa habitualmente para colocarse otra con la que se siente acaso más identificado. El cambio de máscara simboliza la transformación de las relaciones sociales, un cambio de papeles que era mucho más acusado en las Saturnales romanas, las fiestas de donde procede nuestro Carnaval. Durante siete días los esclavos podían insultar a sus amos y emborracharse, se sentaban a la mesa y eran servidos por sus amos, y toda la servidumbre representaba una parodia del gobierno romano, dictando leyes y órdenes absurdas. Era un auténtico “mundo al revés”. Pero las Saturnales, como los Carnavales que derivaron de ellas, no dejaban de ser fiestas para mantener el orden. Un breve lapso de transgresión de las normas permitía que el pueblo, ya desahogado, las siguiera cumpliendo el resto del año. Ese es el sentido del Carnaval.

 

Pero incluso esa corta transgresión se acabó reprimiendo. De ahí que en nuestro país la tradición de la máscara prácticamente se perdiese; la actual se inspira en la máscara veneciana.

 

También en Venecia tiene su origen el uso de la máscara con una función puramente médico-preventiva. Antecedente de las actuales mascarillas antisépticas y de las mascarillas respiratorias es la máscara del “doctor de la peste”, usada por los médicos venecianos para protegerse en su visita a los enfermos de peste bubónica, que asoló Europa en la Edad Media y el Renacimiento.

 Actualmente es también necesario prevenirse de la peor peste que puede devastar a nuestra sociedad, la decadencia de la norma ética. La del “todo vale” para que la mayor cantidad de dinero pase a la cartera o la cuenta corriente propia. Se ha creado un tal convencimiento de que el dinero es el único valor, que lo puede todo, y, que es lo que hay que conseguir rápidamente y en fabulosas proporciones y han surgido por doquier corruptos, oportunistas y vividores, que están haciendo verdaderos estragos. El culto al dinero hace que estos individuos sean capaces de convertir su tremendo rostro en su propia careta. Como aquel oficial de la fábula que cuenta Herodoto, que para tomar la plaza que resistía heroicamente y ser acreedor de la recompensa prometida de ser nombrado mariscal de campo y casarse con la hermosa hija del basileo, que en griego es el rey, se le ocurre una argucia monstruosa: Se mutila el rostro, se arranca orejas, nariz y labios, y de esta guisa convertida la faz en una masa informe y sanguinolenta, comparece ante las puertas de la ciudadela sitiada, diciendo que sus compatriotas le han desfigurado de aquella forma inhumana por querer pasarse al enemigo. Como la prueba de lo que declara no puede ser más convincente se le recibe como un amigo, y, una vez dentro, a favor de la noche, abre las puertas a los sitiadores. ¿No se habrán mutilado los corruptos, oportunistas y vividores también sus fisonomías para hacerse admisibles a los ciudadanos honrados? El oficial de la fábula antigua, tiene que cubrir su destrozado rostro con una careta de cuero para no horrorizar a sus compañeros de armas, y sobre todo, a la hija del basileo. ¿No necesitan también algunos caraduras  tapar con cueros sus desfiguraciones?  

A todos los ciudadanos honrados nos compete desenmascarar a los corruptos,  oportunistas y vividores, estén donde estén, pues, ellos son los verdaderos enemigos de nuestra sociedad. Y también, es preciso añadir, que son muchos los ciudadanos que siguen trabajando honradamente en la Universidad, en el libro, en la prensa, en el Parlamento, en la calle, en el taller, en el campo, para dar vida y alma, voluntad y cuerpo a la sociedad pensada y deseada. Y es que como dijo el poeta: “Si bien se mira / todo los que los ojos / ven no es mentira”.

 

Francisco Arias Solis
e-mail: aarias@arrakis.es
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WIKIPEDIA: http://es.wikipedia.org/wiki/Francisco_Arias_Sol%C3%ADs  Tolerancia cero contra la corrupción.


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RECORDANDO A MARTIN RECUERDA POR FRANCISCO ARIAS SOLIS

 JOSE MARTÍN RECUERDA (1926-2007) “¿Qué puede sentir un autor dramático, en constante lucha con la precariedad y pobreza de nuestra vida cultural y, sobre todo,  teatral, al decirle que una obra tan difícil

 –económica y artísticamente- como Las arrecogías...

 vuelve a subir a las tablas en el teatro “Rialto” de Valencia, gracias a la generosidad de un pueblo y a la valentía y honestidad de unas autoridades culturales?”

 José Martín Recuerda.

  LA VOZ CREADORA DEL TEATRO TOTAL   

José Martín Recuerda, junto con otros autores, ha venido batallando, desde  la década de los cincuenta, por una renovación de la literatura dramática española. Se le ha considerado el creador del teatro total,  “radical visión del hecho dramático como un todo armónico, donde se integran en pie de igualdad todos los elementos comunicativos presentes en la representación” y, ha sido  incluido en la nómina de la llamada indebidamente “generación realista”. Autor de más de una treintena de obras, su teatro pertenece al género de protesta y denuncia situado en una Andalucía trágica y violenta, amarga y dura.

 

José Martín Recuerda nace en Granada, en la conocida plaza de Bib-Rambla, el 17 de junio de 1926. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Granada, doctorándose en  Filología Románica. Fue profesor de literatura en un instituto de sus ciudad natal. En los años cincuenta dirigió el TEU (Teatro Español Universitario) de Granada , con cuyo trabajo obtuvo considerables éxitos representando obras del teatro clásico. Estuvo varios años como profesor en universidades de Estados Unidos. En 1977 obtuvo la cátedra teatral Juan del Encina en la Universidad de Salamanca. José Martín Recuerda fallece en Motril  el 8 de junio de 2007.

 

Martín Recuerda estrena sus primeras obras en el ámbito universitario. En 1954 dirigió y estrenó su drama La llanura , a la que siguió,  Las átridas (1955), El payaso y los pueblos del Sur (1956)...  En 1959 estrena ya comercialmente El teatrito de Don Ramón, que obtuvo el Premio Lope de Vega, pero que la crítica oficial madrileña rechaza con su brutalidad y falta de sensibilidad características. Martín Recuerda escribe después Como las secas cañas del camino (no estrenada hasta 1965) que, al igual que las anteriores se sitúa en una corriente poética postlorquiana, y, por fin, escribe y estrena con rotundo éxito, en 1963,  Las salvajes en Puente San Gil, obra grotesca, esperpéntica, que coloca el autor en una perspectiva decididamente crítica  y que versa sobre el maltrato que reciben las actrices de una revista por las señoras conservadoras del pueblo al que van a actuar. Se vengan, divirtiéndose con los hombres del pueblo, hasta terminar en el calabozo. Entre las obras posteriores se encuentran: ¿Quién quiere una copla del Arcipreste de Hita? (1965), El caraqueño (1968), El Cristo (editada en 1969) y, sobre todo, Las arrecogías del beaterio de Santa María Egipcíaca (1977), esta última tal vez su mejor obra,  que trata de la injusticia imperante en los tiempos de Mariana Pineda. La heroína convive con otras “arrecogías” liberales o prostitutas . Antes de morir en el cadalso, logra que Sor Encarnación confiese su liberalismo. Las arrecogías  fue presentada por primera vez a censura en 1971. La obra recibió como única respuesta el “silencio administrativo”, que en la  práctica equivalía a la prohibición. Ya en 1977, fue estrenada en el teatro de la Comedia de Madrid, por Adolfo Marsillach y protagonizada por Concha Velasco, convirtiéndose en uno de los mayores éxitos de la transición política. En 1976 Martín Recuerda obtuvo el Premio Lope de Vega con El engañao  -no representada hasta 1981- , sobre la vida de San Juan de Dios, fundador de un hospital en Granada. De la última producción del dramaturgo granadino citaremos los siguientes títulos: Caballos desbocados (1981), Las conversiones (1981), La Troski (1984), La cicatriz (1985) y Amadis de Gaula (1991).

 

De todos los autores de su generación , Martín recuerda es quizá el que con mayor profundidad ha asumido la herencia de Valle-Inclán y de García Lorca, en este camino de un teatro popular español, desgarrado y violento. Para el autor granadino el teatro es una revolución permanente. Y todavía, en 1990, deja ver sus quejas: “Y ahora (...) todo me parece peor , que ya es decir”.

 

Francisco Arias Solis
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Por esa libertad bella como la vida.

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LEER PARA RELEER POR FRANCISCO ARIAS SOLIS

   LEER PARA RELEER “Vuelve a cantarme la misma canción que ya me cantaste.”Miguel de Unamuno  

OLVIDAR PARA RECORDAR
 “Olvidado de puro sabido”, es dicho habitual español. Olvidar de puro saber. ¿Qué olvidar, qué saber es ése? Entiendo que este dicho se refiere al hecho de que olvidamos con facilidad aquello mismo que mejor creemos saber. Que creemos saber, digo. Pues si lo supiéramos tanto, ¿lo olvidaríamos? Esto de olvidársenos algo de puro sabido me parece a mí cosa grave. Pues tan puro pudiera ser el olvido como el saber. Nos sucedería como a aquel del cuento, que se marchó a una isla desierta para olvidar, y cuando, transcurridos muchos años, le encontraron allá unos navegantes, abandonado y solo, preguntándole qué quiso olvidar en aquellas soledades, contestó: “No lo sé, ya se me ha olvidado”. Un puro olvidar que corresponde con exactitud a un puro saber, queda, en definitiva, en nada. No extrememos tanto la sutileza. Lo olvidado de puro sabido es, según el decir popular, lo que todavía puede recordarse.  Lo primero que se enseña al niño son las letras para que lea: y a leer, por consiguiente. Lo segundo que habría que enseñarle es a releer; cuando no aprenda sólo. Enseñar literatura no es otra cosa que esto. Enseñar a releer lo que ya se ha leído y olvidado de puro leído. “Yo no enseño, señalo”, decía el filósofo matemático Husserl. Es igual. Enseñar es señalar. A veces, sencillamente, subrayar. Subrayar, que es volver sobre lo leído con repetición y atención dobladas. Releer, en suma.  El que quiere saber lo que lee, y por saberlo puramente quiere no olvidarlo relee y no lee solamente. Y el que lee y relee de ese modo es hombre de relectura, esto es, de religión, es hombre religioso. Pues el que lee se liga a sí mismo en lo que lee, para releyéndolo, religarse -religiosamente- con ese propósito o voluntad, santísima voluntad humana, de un puro saber que no quiere olvidarse por tan puramente saberse. Saberse a sí mismo: saborearse.  Entonces, ¿de qué saber se trata? “Sapiente”, sabio, nos dice el santo etimologista, san Isidoro de Sevilla, es el “hombre de paladar delicado que conoce el sabor de las comidas; y así se dice sápido; lo contrario es insípido”. Cuidado, lector, no sonrías. No soy yo que el que está jugando ahora con el vocablo. Saber es sabor. Se trata de un saber que es sabor. El que lee y relee lo que gusta o paladea de esa manera, el hombre que decimos religioso, es como un gourmet espiritual, un gustador de la sabiduría -de una sabiduría sabrosa-; lo contrario, la ignorancia es insípida. Leer es tomarle gusto, saber al sabor mismo; que es el saber mismo. No basta leer, hay que releer. Releer siempre. Mientras más hayamos leído, más y mejor, podremos ser hombres que saborean, gustan, paladean, la vida, las cosas.  ¿Qué nos dice un saber, que es un sabor, a más de serlo? Por de pronto, que, por serlo, tan puramente, lo olvidemos con igual pureza; para tener que volverlo siempre a repetir, a recordar. Repetir, recordar, releer... Por principio, cualquier lectura es una llamada de atención sobre sí misma: un léeme para volverme a leer, para releerme. Desconfiemos de una lectura -decía Dostoievski- que nos entrega enteramente su ser de buenas a primeras: de un escritor que en una primera lectura se nos entrega. No podremos nunca releerle. Y si nos podemos releerle no podremos hacerlo nuestro -y a nosotros suyo- religiosamente, por saberlo, por saberlo saber, por saborearlo. Un libro es duradero, perdurable, por la capacidad de relectura que nos ofrece.  

Leer para releer. Olvidar para recordar. Y recordar es como despertar después de haber dormido: o de haber soñado. Del dormir se dice, habitualmente, conciliar el sueño con la muerte, su enemiga. Por lo que despertar es reconciliar -el sueño- con la vida: su natural y sobrenatural engendradora. Y recordar es despertar. “Recuerde el alma dormida”... Que es y no es solamente despertar, porque si sólo fuera esto, el poeta, ni aun por ripio, repetiría “avive el seso y despierte”. Recordar es más que despertar todavía: es, tal vez, seguir soñando, seguir viviendo; releerse y no solamente leerse uno a sí propio. Y para esto hay que leerse y releerse en los otros, en los demás. Esto es lo que nos enseña el novelista de novelistas Cervantes. Porque en el corazón de la novelería late esa sangre luminosa de la que se nutre y enciende la ficción viva: la del cuento de nunca acabar. El corazón de la novela, de la novelería, del novelar, es siempre cuento; y ese cuento es el que siempre se repite, igual y diferente siempre, el que leemos y releemos sin cesar, el cuento que nunca se acaba. ¡Y qué bien nos lo contó Cervantes en su Don Quijote! Como en sus Novelas ejemplares, como en su Persiles y Sigismunda. El cuento de nunca acabar. Olvidar de puro saber, para recordar. Leer para releer: para ligarnos y religarnos, religiosamente, a los otros, al mundo: a la vida, a la verdad. Para no estar solos. Y es que, como dijo el poeta: “Si te he visto no me acuerdo. / Pero si otra vez te miro / te seguiré siempre viendo”.

           

Francisco Arias Solis
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La paz pide una oportunidad.

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Gracias.



    

SUEÑOS DE LIMPIEZA POR FRANCISCO ARIAS SOLIS

 SUEÑOS DE LIMPIEZA   “-No tengáis pena, amigo Sancho –dijo la duquesa-, que   yo haré que mis doncellas os laven, y aún os metan en colada, si fuera menester. -Con las barbas me contento –respondió Sancho-, por ahora a lo menos; que, andando el tiempo, Dios dijo lo que será.”Miguel de Cervantes.   CERVANTES HACE UN VERDADERO HIMNO AL SOL COMO EL MAYOR FAVORECEDOR DE LA HIGIENE  El gran consejo que da Don Quijote a Sancho es el siguiente: “Lo primero que te encargo es que seas limpio y que te cortes las uñas sin dejarlas crecer como algunos hacen”. Cervantes amaba la limpieza. Sin embargo, no es probable que el amor por la pulcritud naciera del ejemplo extraño, pues no lo daban las costumbres de la época, ni la más de la gente que trató, ni los lugares por donde discurrió su vida daban de sí ejemplos saludables de higiene.  Efectivamente, las posadas que recorrió, las ventas, las cárceles, las prisiones berberiscas ni el escenario de la batalla de Lepanto debieron ser lugares muy higiénicos. Cervantes no debió sentirse muy a gusto entre tanta suciedad y por ello sale al paso en El Quijote con frases alusivas a la higiene. Al mismo Don Quijote lo describirá como un hombre no muy limpio. Durante toda la novela, Don Quijote se baña sólo dos veces al menos voluntariamente. “Antes de todo, con cinco calderos o seis de agua se lavó la cabeza y el rostro, y todavía se quedó el agua de color de suero”. Esto de que el agua se quedara de color de suero nos da que pensar. La segunda vez que se baña Don Quijote es completamente involuntaria y acontece cuando navega por el Ebro, con Sancho, con una embarcación que por su mala fortuna zozobra, cayendo amo y escudero al agua.  Durante la aventura de los pellejos de vino en la famosa venta, a pesar de los golpes que le daban, no despertaba Don Quijote “hasta que el barbero trajo un gran caldero de agua fría del pozo y se lo echó por todo el cuerpo de golpe”. Es un baño también involuntario. Pero si no vuelve a bañarse, al menos si le lava la cara. “Enjuagóse la boca, lavóse Don Quijote el rostro”..., pero de ahí no pasaba. En cuanto a Sancho Panza, aunque él diga “que tiene más de limpio que de goloso”, hay que ponerlo en tela de juicio, pues, sólo la caída al Ebro le hizo mojarse de pies a cabeza, lo que no parece que le hiciera mucha gracia. Sin embargo, Don Quijote, aunque él no lo sigas, dará, frecuentemente, consejos sobre higiene a Sancho. La fantasía de Don Quijote le hace ver sueños de limpieza, como cuando al relatar las hazañas de un supuesto caballero cree que llegaría a un suntuoso palacio o castillo “donde le harán desnudar como su madre le parió, y bañarán con templadas aguas”. A este mismo caballero, por si fuera poco, “le echarán agua a manos, toda de ámbar y de olorosos perfumes” y al terminar de comer “se mondará los dientes como es costumbre”.  Sancho dirá en cierta ocasión: “No hay tanta diferencia de mí a mi amo que a él le laven con agua de ángeles y a mí con lejía del diablo”. Por algo será lo de usar lejía para el escudero.  El agua de ángeles era un líquido que se empleaba para suavizar la piel o para friccionarse como loción por todo el cuerpo y que se componía de treinta ingredientes diferentes. En cuanto a las damas de la venta, jamás se menciona que se bañaran. La única que parece preocuparse por su limpieza personal es Dorotea que “se lavaba los pies por el arroyo que por allí corría y al acabar de lavar los hermosos pies, con un paño de tocar que sacó debajo de la montera, se los limpió”. Doña Rodríguez nos habla de su hija y “de su limpieza no digo nada, que el agua que corre no es más limpia “, pero como del dicho al hecho va un buen trecho, tampoco nos convence mucho la dueña de la veracidad de sus afirmaciones.  Dice un viejo refrán: “Donde entra el sol no entra el doctor”. Cervantes, precursor de la Higiene, hace un verdadero himno al sol como fuente de energía y como el mayor favorecedor de la higiene, cuando dice de él: “con cuya ayuda el hombre engendra al hombre”.  Francisco Arias Solis
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Paz, queramos paz.

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