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Francisco Arias Solís

María Isidra de Guzmán y de la Cerda

 

 

 

MARIA ISIDRA DE GUZMAN

(1768-1803)

 

Yo, indulgente más que justo,

en sus obras quiero hallar

algo que pueda alabar;

pero no logro ese gusto.”

R. J. de Crespo.

 

LA VOZ DE LA PRIMERA ACADEMICA

 

Entre las mujeres españolas del siglo XVIII de sólida cultura se acostumbra a citar antes que a ninguna a “la doctora de Alcalá”, sin duda porque este título le dio una fama de las que otras carecieron.

 

Mas esta preferencia es a todas luces arbitraria, ya que María Isidra de Guzmán no sólo no ha dejado ninguna obra que merezca la admiración de la posteridad (no pueden considerarse como tales sus Oraciones a la Academia Española, a la Real Sociedad de Amigos del País, y menos aún las décimas con que agradeció al Rey una cruz concedida a su marido), sino que se haya cumplidamente demostrado que sus traducciones de los clásicos griegos fueron hechas de una versión francesa.

 

María Isidra Quintina de Guzmán y de la Cerda, hija de Diego de Guzmán, conde de Oñate, y de María Isidra de la Cerda, condesa de Paredes, nació en Madrid el 31 de octubre de 1768. El 9 de septiembre de 1789 se casó con Rafael Alfonso de Sousa, marqués de Guadalcázar e Hinojares, con quien se trasladó a Córdoba, donde murió el 5 de marzo de 1803, siendo enterrada en la iglesia de Santa Marina de Aguas Santas.

 

Por su rango, María Isidra vivía muy cerca de Carlos III, quien le había cobrado, desde niña, singular cariño; quizá no le desagradase tampoco, a este monarca, por aquello de que nunca amarga un dulce, y de que las lisonjas raras veces molestan, encumbrar oficial y académicamente a una muchacha, cuyo vivo ingenio le deparaba las flores de los más rendidos ditirambos. El hecho es que Carlos III quiso ver a María Isidra doctora, para ello, por orden expresa del Rey (cual consta en una esquela de mano de Floridablanca, y en una reales cédulas) el Claustro de la Universidad de Alcalá examinó a la joven, para ver “si la consideraba acreedora a la investidura de los grados de doctora en Filosofía y Letras Humanas”.Tras examinarse es nombrada doctora, el 6 de junio de 1885, en un acto en el que se suprimió el abrazo que el rector y los doctores debían darle en señal de fraternidad, se supone que por motivos de “decencia”.

 

¿Cómo no iba a declararla el Claustro acreedora a éstos y a cuantos títulos quisiese el Rey? He aquí, pues, a María Isidra, doctora, a los diecisiete años, por la Universidad de Alcalá -investidura que se celebró con inusitada pompa, el claustro acuñó incluso una moneda de plata-, académica de la Española y miembro de la Sociedad Económica matritense. Todo lo cual cabe suponer que con gran satisfacción por parte de Carlos III, a quien, en su discurso de ingreso en la Económica, mostró su gratitud en estos términos: “El gran Carlos III, que excediendo a Camilo en el amor a la patria, a Torcuato en la igualdad de la justicia, y en el desvelo a Temistocles...”

 

Los que no recibieron de “la doctora de Alcalá” semejantes alabanzas, no pudieron por menos de considerar cuán caprichosa puede resultar la fama que aureola a una erudita, aunque no dejemos de reconocer sus méritos y las múltiples dificultades que tuvo que vencer en su época por su condición de mujer.

 

Francisco Arias Solís

Paz, queramos paz.

 

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José Celestino Mutis por Francisco Arias Solís

 

JOSE CELESTINO MUTIS

(1732-1808)

 

Ojalá volvieras salvo a Europa que por tus cartas

veo que regresarás, con plantas y las observaciones

que sobre ellas has hecho, más rico que el mismo Creso

con su tesoros. Ojalá en esta vida me fuera dado verte

personalmente siquiera una vez, ahora cuando tornas como del paraíso.”

De la última carta de Linneo a Mutis.

LA VOZ DE UN GADITANO JUSTO Y SABIO

 

Mutis nos dejó una obra de una gran dimensión científica como se ha puesto de manifiesto al publicarse en 1954 su obra Flora de la real expedición botánica del nuevo Reino de Granada. También cataloga un herbario de más de 6.000 plantas que describe minuciosamente, con láminas dibujadas en colores que se conservan en el Jardín Botánico de Madrid. Internacionalmente gozó del respeto de los más importantes científicos de su época, con muchos de los cuales mantuvo correspondencia, especialmente con Linneo, la que les permitió conocer sus respectivas investigaciones y entablar una conmovedora amistad sin haberse conocido personalmente. Para el naturalista sueco, Mutis era como su emisario en el paraíso americano.

 

José Celestino Bruno Mutis y Bosio nace en Cádiz el 6 de abril de 1732, en el seno de una familia burguesa dedicada al comercio del libro. Sus primeros años transcurren en el barrio del Pópulo. Realiza sus primeros estudios bajo al tutela de los jesuitas. En el año 1748 se matricula en la Universidad de Sevilla, donde estudia Filosofía y Medicina, y simultáneamente solicita el ingreso en el Real Colegio de Cirugía de Cádiz.

 

En marzo de 1753 toma el grado de Bachiller en Filosofía y Letras y el grado de Bachiller en Medicina en mayo del mismo año. En el Real Colegio de Cirugía amplia estudios de Teología y Botánica. En 1757 se traslada a Madrid, donde continúa sus estudios de Botánica, en el recién creado Jardín Botánico, donde contó con la ayuda del afamado botánico Miguel Barnades. También amplia sus conocimientos en Astronomía y Matemáticas.

 

Mutis regentó interinamente la cátedra de Anatomía del Hospital General de Madrid, durante tres años. El 28 de julio de 1760 emprende su viaje de regreso a Cádiz y comienza a escribir su Diario, documento insustituible para el conocimiento del naturalista. Inicia su fructífera correspondencia con Linneo. En septiembre de ese año, decidió partir para América como médico particular del virrey de Nueva Granada, Pedro Messía de la Cerda. El 29 de octubre de 1760 arribaron al puerto de Cartagena de Indias. Desde su llegada a América quedó fascinado por la flora y fauna colombiana, tomando apuntes de cuanto veía, descubriendo algunas plantas y propiedades curativas de muchas de ellas. Investiga las plantas para su aplicación farmacológica, de la que se puede considerar como uno de sus iniciadores. Desde Cartagena emprendieron viaje a Santa Fe. El 10 de diciembre de 1760, cerca de Cartagena, encontró la primera planta que le pareció nueva y la consagró a la memoria de Barnades con el nombre de Barnadesia.

 

Por el año 1761, Mutis comienza a interesarse por la potencial riqueza económica de los árboles de la quina, que como es sabido pertenecen al género Chinchona, dedicado precisamente a la condesa de Chinchón, esposa de un virrey del Perú. Mutis consideraba a la quina, como una panacea para el tratamiento de toda clase de enfermedades. Tal fue su interés, que su única obra completa conocida fue el Arcano de la Quina, una de las obras más completas que hizo en las Américas; asimismo se dedicó al análisis de los árboles de la canela.

 

Mutis es nombrado profesor de Matemáticas de la Real Universidad de Santa Fe de Bogota. Más tarde impartiría clases de Astronomía desde la cátedra del Colegio de San Bartolomé. Durante este periodo se declaraba seguidor de la teoría heliocéntrica de Copérnico, lo que le que le conlleva la acusación de la Inquisición, al no aceptar la Iglesia que el centro del universo no fuera la tierra, pero posteriormente Mutis fue absuelto. En 1770, Mutis ocupa la cátedra de Medicina en la capital bogotana. En 1772 fue ordenado sacerdote. Descubre una planta medicinal, a la que Linneo denominó Mutisia clematis, en honor al sabio gaditano.

 

En 1783, Carlos III firmó a favor de José Celestino Mutis el título y nombramiento de primer botánico y astrónomo de la Expedición Botánica de la América Septentrional. En 1784 fue nombrado miembro de la Academia de Ciencias de Estocolmo y miembro de la Real Academia de Medicina.

 

En 1801 recibe la visita de Humboldt. El sabio alemán definió a Mutis como “Patriarca de los Botánicos” y le dedicó su libro Plantas equinocciales. Mutis auspicia la creación de la Sociedad Patriótica del Nuevo Reino de Granada para impulsar la agricultura y la mineralogía. Al año siguiente inicia las obras del observatorio de Santa Fe de Bogotá. José Celestino Mutis fallece en dicha ciudad, el 11 de septiembre de 1808.

 

Su obra, sin terminar era su única herencia. Una sobria tumba en la capilla del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario sirve hoy día de reposo para los restos de este gaditano que dejó renombre inmortal como intérprete de la naturaleza.

 

La obra mutisiana, más allá de los logros científicos, constituyó un magisterio intelectual que abrió el mundo de la cultura y, por tanto, de las posibilidades de liberación a numerosos discípulos. Por todo ello, consideramos que tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace, un gaditano tan sabio y tan justo.

 

Francisco Arias Solís

 

Si quieres la paz, trabaja por la justicia.

 

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Adelardo López de Ayala por Francisco Arias Solís

 

ADELARDO LOPEZ DE AYALA

(1828-1879)

Ya no codicio fama dilatada,

ni el aplauso que sigue a la victoria,

ni la gloria de tantos codiciada...

Adelardo López de Ayala.

 

LA VOZ DEL POETA DE LA GLORIOSA

 

La Epístola a Emilio Arrieta de este poeta sevillano figura entre “Las cien mejores poesías líricas de la lengua castellana”, escogidas por Menéndez Pelayo, entre lo mejor de la literatura española antigua y moderna, pero son muy pocos los que se interesan por los versos de López de Ayala.

 

El nombre de Adelardo López de Ayala figura entre los importantes nombres de autores que se hicieron famosos en el teatro durante la segunda mitad del siglo XIX, imprimiendo a aquél una tendencia en que el recuerdo del moribundo teatro romántico se mezcla con una especie de realismo y con otros influjos de toda clase. Ayala fue aplaudidísimo en su obra Consuelo (1878) que se hizo popular, durando esa popularidad largos años, por lo sentimental de la obra, por su bella forma, por sus cualidades de fina observación que el público sentía realmente. La protagonista abandona un amor sincero, pero pobre, a cambio de otro capaz de satisfacer sus ansias de lujo: dejada por su marido y despreciada por su antiguo amador, la vida sentimental de Consuelo concluye: “cercada de ostentación, / alma muerta, vida loca, / con la sonrisa en la boca / y el hielo en el corazón”.

 

El manifiesto de Cádiz, 19 de septiembre de 1868, (que terminaba con la famosa frase “Viva España con honra”) presentando al país los acontecimientos de aquella revolución llamada Gloriosa, lo escribe Adelardo López de Ayala. Para agradecerle sus servicios la septembrina hace a López de Ayala ministro de Ultramar.

 

Adelardo López de Ayala y Herrera nace en Guadalcanal, provincia de Sevilla, el 1 de mayo de 1828. Siete años antes que Bécquer. Hasta los veinte años pasa su vida en Guadalcanal, en Sevilla y Villagarcía (Badajoz). A los catorce años comienza en Sevilla sus estudios en Leyes, pero los abandona. Se traslada a Madrid en 1849 con la idea de estrenar su primera obra dramática Un hombre de Estado, acerca de la figura de Rodrigo Calderón, favorito de Felipe III, que una vez corregida se estrena en el Teatro Español en 1851.

 

Alternó su vocación literaria con la política y fue elegido diputado por Mérida (1858), por Castuera (1863), por Madrid (1863) y por Badajoz (1871). Fue ministro de Ultramar con los gobiernos revolucionarios, con Amadeo de Saboya y con Alfonso XII (en la órbita del conservador Canovas), Presidente del Congreso en 1878, y antes de su muerte se le ofreció ser Primer Ministro. Adelardo López de Ayala muere en Madrid el 30 de enero de 1879.

 

En su tiempo estuvo considerado como un gran orador, y fue, sin duda, uno de los más importantes autores teatrales de su época. Con él alcanzó su más alto rango la llamada alta comedia, típica del teatro realista, que no estuvo exento de algunos caracteres románticos, entre ellos el efectismo y tono pasional.

 

El propio López de Ayala empezó haciendo teatro romántico más o menos adulterado, Un hombre de Estado (1851), Los dos Guzmanes (1851) y Rioja (1854); pero mayor importancia tiene su teatro realista, El tejado de vidrio (1856), El tanto por ciento (1861), El nuevo don Juan (1863) y Consuelo (1878), tal vez, su mejor obra. Ayala refleja la sociedad de la época, centrándose sobre todo en la burguesía, de la que toma argumentos y personajes; su carácter escasamente romántico y el cuidado en la construcción de sus obras supone un avance hacia el teatro moderno. Su novela Gustavo fue prohibida por la censura en 1852.

 

Los poetas realistas, al renunciar en gran modo a la fantasía y a la evocación no sólo se apartan de los motivos medievales y caballerescos o no retornan al mundo mitológico sino que también se apartan de lo sobrenatural cristiano que alentaba en la poesía romántica. Durante el periodo realista, la amargura y el desengaño romántico no llevan a la desesperación o al suicidio: se resuelven en una irónica y filosófica sonrisa. Para los poetas realistas, el mundo es tal como se muestra y así hay que aceptarlo.

 

Todavía guardo en mi memoria unos versos de López de Ayala que aprendí en la adolescencia: “Brote la clara luz del desengaño / iluminando mi razón dormida. / Para vivir me basta un año”.

 

Francisco Arias Solís

 

Detrás de un patriota hay siempre un comerciante.

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Gabriel García Tassara por Francisco Arias Solís

 

GABRIEL GARCIA TASSARA

(1817-1875)

 

¿Por qué llega en la vida un fiero instante

que, aun del amor que verdadero ha sido,

sólo queda un recuerdo agonizante

cual la luz de la tumba del olvido?”

Gabriel García Tassara.

 

LA VOZ DE UN EMBAJADOR DEL ROMANTICISMO

 

El romanticismo es algo más que “el liberalismo en literatura” como lo definió Victor Hugo. Porque esa visión, meramente política, no explicaría la existencia de un romanticismo reaccionario que va desde Bölh de Faber a García Tassara, pasando por Nicomedes Pastor Díaz y Zorrilla.

 

De un modo general -y contra la extendida opinión, que los tiene por pobres desamparados y bohemios- los románticos pertenecieron a las clases más privilegiadas del país, sobre todo si somos conscientes de que apenas un seis por ciento de los españoles era capaz de leer y escribir hasta 1840.

 

A la burguesía española más asentada y rápidamente ennoblecida, sobre todo a partir de la desamortización de Mendizábal pertenecen personas como Martínez de la Rosa, Alcalá Galiano, Juan Nicolás Bölh de Faber, Patricio de la Escosura, Gabriel García Tassara y varios más de menor relieve literario.

 

Gabriel García Tassara nace en Sevilla el 19 de julio de 1817. Su padre era contador Principal de los Reales Ejércitos y su madre pertenecía a una ilustre familia andaluza. Hizo humanidades en el Colegio de Santo Tomás de Sevilla. Conocido como poeta, pues había publicado en El Artista, se traslada a Madrid en 1839, sin terminar su carrera de Leyes que había iniciado en Sevilla. Fue muy bien recibido, desde un principio, por el círculo de Donoso Cortés. No es extraño, por tanto que colaborara con Pastor Díaz y Ríos Rosas en todos los proyectos periodísticos del moderantismo. En principio en El Correo Nacional, luego en El Heraldo y en El Conservador y, finalmente, en El Sol, del que fue socio fundador. Inmerso en una teoría firmemente católica de justicia humana, fustigó los vicios y las corrupciones morales, lo que no impidió que sostuviera escandalosas relaciones. Como buen Tenorio sevillano no se casó nunca. Gertrudis Gómez de Avellaneda, nacida en Puerto Príncipe y llegada clamorosamente a Madrid como poetisa le dio una hija. Él le correspondió con una inconstancia perfecta.

 

La notoriedad de Tassara como periodista y hombre de letras le sirvió, en el seno de su partido, para ser nominado y conseguir la elección de diputado en 1846. Traduce a Camoens, en los momentos que le deja libre la política y participa en las contiendas literarias del ya decaído romanticismo, siendo uno de los poetas que inician la separación estética y el cambio hacia los temas de preocupación del realismo.

 

Cuando su gran amigo Nicomedes Pastor Díaz llegó a Ministro de Estado, con el Gabinete O’Donnell, García Tassara fue nombrado embajador en los Estados Unidos. Estuvo diez años en el cargo, pero una queja norteamericana sirvió para que se relevara a Tassara por otro embajador más comprensivo hacia los intereses yanquis.

 

En 1869 Tassara fue reintegrado a sus funciones diplomáticas como Embajador de Londres, pero lo es por poco tiempo. A su regreso recopiló sus Poesías, y las dio a la imprenta en 1872, precedidas de un interesante prólogo que tiene implicaciones literarias y políticas a la par. El poeta sevillano escribe una poesía grandilocuente influida en la forma por Herrera y en el tono por Espronceda, en la que predominan los temas religiosos y los socio-políticos. En las primeras (“La Noche”, “Dios”, “Himno al Mesías”) expresa su ferviente cristianismo; en las segundas (“Epístolas a Donoso”, “El nuevo Atila”), su pesimismo y visión apocalíptica ante los hechos desencadenados por la Revolución de 1848.

 

Desilusionado y enfermo, viendo la trayectoria política que seguían los acontecimientos de la I República, fue a recluirse a Sevilla. Peregrinó luego por Castilla y se detuvo en Ávila, donde escribió sobre la mística ciudad una de sus composiciones más célebres

 

Restaurada la Monarquía volvió a Madrid, pero sus dolencias se agravaron y murió el 14 de febrero de 1875.

 

Tassara vidente de la Historia y de la Naturaleza, es de aquellos románticos que entrevén, tras de las ruinas, las transformaciones radicales que conformarán el mundo en un nuevo y profético respeto de la Ley de Dios. Ya lo dijo nuestro poeta: “Estos versos no son, Dios me es testigo, / los que hoy pone una musa sin aliento: / Hijos son del ilustre pensamiento / que aún en mi frente y en mi pecho abrigo”.

 

Francisco Arias Solís

 

La libertad no la tienen los que no tienen su sed.

 

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Ventura de la Vega por Francisco Arias Solís

 

VENTURA DE LA VEGA

(1807-1865)

 

Pon en olvido profundo

esa experiencia fatal;

que no basta pensar mal

para ser hombre de mundo.”

Ventura de la Vega.

LA VOZ DE LA ALTA COMEDIA

 

Iniciador de la llamada “alta comedia”. Liberal en su juventud, formado en el colegio de San Mateo, que regentaba Lista y Hermosilla, participó en las luchas contra los absolutistas. Ventura de la Vega está considerado como el iniciador del drama “realista” y señala más que una oposición al romanticismo, la evolución y término de éste.

 

Buenaventura José María de la Vega y Cárdenas, más conocido por Ventura de la Vega, nace en Buenos Aires el 4 de julio de 1807. Aunque argentino de nacimiento, siempre se preció del doble título americano-español, fundiendo en uno sólo sus dos grandes amores: el de la patria nativa y el de la patria de sus progenitores: “La madre España en su seno / me dio acogida amorosa: / suyo fui; más siempre yo / recordé con noble orgullo / que allá mi cuna, al arrullo / de las auras, se meció”. Al quedar huérfano de padre a los cinco años, su madre, para darle educación esmerada, lo envía a España bajo el cuidado de un tío suyo. Asiste en Madrid al colegio de la calle de San Mateo, y, al ser clausurado éste por orden de Calomarde, continúa recibiendo lecciones en casa de don Alberto Lista. Es uno de los fundadores de la Academia del Mirto, que preside el mismo Lista. Tiene por condiscípulo en esta época a Espronceda, con quien le uniría siempre entrañable amistad. Forma parte de la sociedad secreta Los Numantinos, lo que le ocasiona un arresto de tres meses que cumple en el convento de los Trinitarios. Se abre camino en el mundo literario con traducciones y arreglos de piezas del teatro francés. Obtiene pronto un empleo como auxiliar del ministerio de la Gobernación. En 1836 se le nombra secretario del Conservatorio, y allí conoce a la cantante doña Manuela de Lema, con la que contrae matrimonio, y que había de influir notablemente en el cambio de sus ideas, según testimonio de Valera. Profesor de literatura luego de Isabel II y más tarde su secretario particular. Agregado a la Embajada Española de París y, sucesivamente, director del Teatro Español, del Conservatorio y subsecretario de Estado. Fue también desde 1842 académico de la Española y Gran Cruz de Isabel la Católica. Murió en Madrid el 28 de noviembre de 1865. Hijo suyo fue Ricardo de la Vega, autor de numerosas obras del llamado “género chico”, entre ellas la famosísima La verbena de la Paloma.

 

Aunque Ventura de la Vega cultivó la lírica con notable fortuna su fuerte estriba es el teatro. Escribe libretos de zarzuela, alguno tan conocido como Jugar con fuego (1853). Menos fama alcanzaron El marqués de Caravaca y La cisterna encantada. Compone una feliz imitación de los autos sacramentales: La tumba salvada; y una Crítica de El sí de las niñas. Procura imitar el teatro de Moratín, si bien acomodándolo a su época, en El hombre de mundo (1845). En esta obra se introduce la alta clase media como tal –terratenientes que viven en Madrid de sus rentas y sin trabajar-, clase pudiente que no tiene que ocuparse en nada y habla de celos, de amor, de matrimonio; habla de eso filosóficamente como el título indica. Su tono y estilo son naturales; su relación con los criados también. Los señoritos aluden al “demi monde” con modales que le convienen y que son si no más auténticos por lo menos tanto como los de salón. Pese a la intención del autor, penetramos en ese mezquino mundillo socio-moral. En cambio, la intención del comediógrafo es evidente por lo que se refiere a la renovación espacial y al manejar una acción sencilla con personajes de sus días. Con El hombre de mundo alcanza Ventura de la Vega su mayor éxito y uno de los triunfos mayores de la época. El hombre de mundo preludia la “alta comedia” y es el paso obligado para llegar desde Bretón a López de Ayala o a Tamayo y Baus.

 

El hombre de mundo, juntamente con Don Fernando de Antequera (1847) y La muerte de César (1865), son los tres dramas que otorgan a Ventura de la Vega un puesto avanzado en nuestro teatro del siglo XIX. Es autor asimismo del libreto de la zarzuela Jugar con fuego.

 

Lo mejor de su obra lírica hay que buscarlo en algunos poemas de su juventud: Orillas del Pusa, Imitación de los salmos, El canto de la Esposa y su oda A mis amigos.

 

Ventura de la Vega es uno de los buenos dramaturgos de su siglo, y en muchos aspectos superior a cualquiera de aquellos a quienes hizo la honra de traducir. “Ventura de la Vega -escribe Menéndez Pelayo- ha pasado ya a la categoría de los clásicos modernos”. Y añade: “El más correcto, atildado y pulcro, y el más académico, en suma, de todos los artistas literarios de la generación a que perteneció”. Y como dijo el poeta americano-español: “Hoy, que a coyuntura tirana / suceden fraternos lazos, / y España tiende los brazos / a la América, su hermana: / bañado en júbilo santo, / yo, americano-español, / a la clara luz del sol / la unión venturosa canto”

 

Francisco Arias Solís

 

Se ama la libertad como se ama y se necesita el aire, el pan y el amor.

 

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Gregorio Romero Larrañaga por Francisco Arias Solís

 

GREGORIO ROMERO LARRAÑAGA

(1814-1872)

 

Yo soy la flor de Sevilla

y en Jerez donde nací,

me llaman su maravilla

y aquí, en Granada, la hurí.”

Gregorio Romero Larrañaga.

 

LA VOZ EXALTADA DEL ROMANTICISMO

 

La lírica de Romero evoluciona desde el romanticismo tremebundo hacia una poesía mucho más íntima y emotiva, hacia “un idealismo melancólico y apacible”, según el comentario del poeta sevillano Gabriel García Tassara.

 

Gregorio Romero Larrañaga nació en Madrid el 12 de marzo de 1814. Estudió en el Colegio Imperial de San Isidro y luego Leyes en Alcalá, pero se dedicó por entero a la literatura. Andando el tiempo obtuvo un puesto en la Biblioteca Nacional de Madrid y tras un traslado de cinco años a Barcelona como archivero-bibliotecario, regresó a su antiguo puesto de Madrid, donde murió en noviembre de 1872.

 

Participó desde muy joven en las reuniones del Parnasillo y con todos sus componentes se incorporó al Liceo, a cuya vida estuvo estrechamente ligado. A mediados de 1836 comenzó a colaborar en el Semanario Pintoresco Español con varios poemas del más “explosivo romanticismo”, fúnebre y tremendista: Aventura nocturna, La noche de tempestad, A un alguacil muerto de perlesía, y un cuento romántico en verso titulado, El Sayòn, que fue muy elogiado por sus colegas de promoción. A la misma época pertenecen dos composiciones, El de la cruz colorada y Alcalá de Henares. El de la cruz colorada se parece mucho a la Oriental, de Zorrilla, aunque Romero varía las circunstancias: no es el moro quien enumera las bellezas de Granada, sino la cautiva a cambio de la libertad de su cristiano, “el de la cruz colorada”. Conmovido el moro, deja libres a los dos, que se alejan en su mismo caballo. “Pero, ¡ay! que fuera Granada / más hermosa y celebrada / cantándola mi cristiano / el de la cruz colorada”.

 

En 1841 reunió Romero en un volumen de Poesías muchas de sus composiciones dispersas por revistas y periódicos. Casi a la vez publicó una colección de Cuentos históricos, leyendas antiguas y tradiciones populares, que fue también muy elogiada por la crítica; y en 1843, un pequeño volumen de Historias caballerescas españolas, con tres leyendas.

 

Escribió también Romero una novela, La enferma del corazón, y en su última época de producción publicó en La América varios relatos en prosa – Un misterio en cada flor, Recuerdos poéticos y La ofrenda de los muertos- que Varela califica de “verdaderamente dignos y finos”, de un romanticismo soñador y sentimental.

 

Cultivó Romero con gran tenacidad el teatro. Su primer drama, Doña Jimena de Ordóñez, no consiguió ser representado. Con Felipe el Hermoso, estrenado en marzo de 1845 y escrito en colaboración con Eusebio Asquerino, obtuvo Romero su primer éxito teatral; éxito que se repitió con Juan Bravo, también a medias con Asquerino. Con Eduardo Asquerino esta vez –no con Eusebio- estrenó en 1847 El gabán del rey, centrado en la conocida anécdota de la venta del gabán por Enrique III para poder cenar. En estas tres últimas obras se multiplican las alusiones a la perfidia de los nobles y las llamadas a la libertad, al honor y al pueblo –fácilmente relacionables con circunstancias políticas contemporáneas-, que le dieron a Romero renombre de “avanzado” y que quizá no fueron ajenas al éxito de las obras ni tampoco a los juicios desfavorables de que le hizo objeto el padre Blanco García.

 

 

Francisco Arias Solis

La primera condición para la paz es la voluntad de lograrla.

 

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Juan Luis Vives por Francisco Arias Solís

 

JUAN LUIS VIVES

(1492-1540)

 

 

Yo no estaré contento hasta saber que hay en España

una docena de imprentas que editen y propaguen

los mejores autores; sólo así los demás países

se van limpiando de la barbarie.”

Juan Luis Vives.

 

LA VOZ DEL MAESTRO SAPIENTISI MO

 

Este “maestro sapientísimo” según decía Feijoo, representa en España, además de un puro valor filosófico, el primer intento logrado de una actitud intelectual, llena de sentido experimental. Una de las cabezas liberales y nobles que España ha dado a la Humanidad y una de las figuras más interesantes del Renacimiento europeo.

 

Este pensador y trotamundos polemista rebelde en la Sorbona, educador de príncipes y pulidor de princesas, amigo fervoroso de Erasmo, soñador de una patria universal, nostálgico perpetuo de su Valencia, siente un intenso amor por las cosas pequeñas. Juan Luis Vives ha sentido, acaso mejor que nadie, la eterna poesía de lo pequeño y cotidiano.

 

Nace Juan Luis Vives en Valencia el 6 de marzo de 1492 y muere en Brujas el 6 de mayo de 1540. Hijo de judíos conversos –la efigie de sus padres fue quemada en Valencia por la Inquisición-, él mismo tuvo que sufrir frecuentes recelos por su espíritu reformista. Su vida fue silenciosa y modesta: trazó libros considerables; profesó en las cátedras de París, Oxford, Brujas y Lovaina, vivió una temporada en la corte de Inglaterra siendo confidente de los reyes; Enrique VIII y de doña Catalina de Aragón, y preceptor de su hija, María Tudor, la que más tarde reinaría en España. Trató en París al padre Vitoria y a Ignacio de Loyola.

 

Tenía diecisiete años el filósofo valenciano cuando llegó a París. Su alma se rebelaba contra la rigidez de los maestros españoles y contra su falta de sentido de la realidad. La Sorbona le aburrió. Pero de París partían los caminos que conducían a todas las venturas del pensamiento.

 

Tenía Vives treinta años, cuando al morir Nebrija, el andaluz, que convertía la fragancia universal del Renacimiento en puro espíritu español, le ofrecieron la gloriosa cátedra vacante. Tras mucha meditación, decidió quedarse en Brujas, acaso con la conciencia de que era ya para siempre. No, no iría a la cátedra solemne. Prefería la vida errante y sin trabas del emigrado.

 

Vivió el gran valenciano diecisiete años de matrimonio con Margarita Valdaura, hasta la muerte de él. Margarita fue la compañera de su vida de emigrado.

 

Vives alcanzó prestigio en toda Europa. Es autor de numerosas obras, escritas en latín, de carácter filosófico, religioso, moral y pedagógico. De entre ellas destacan las siguientes: De prima philosophia, De anima et vita, De veritate fidei christianae, De institutione feminae Christianae, De causis corruptarum artium, Exercitatio linguae latinae, etc. De todos sus libros hay uno que alcanzó fama singular. Se llama De institutione feminae Christianae (Institución de la Mujer Cristiana). La primera edición apareció en Basilea, el año 1538, dos años antes de la muerte de su autor. En este libro hace el maestro de Valencia un retrato de la mujer perfecta, de la perfecta casada, menos atrayente, más severo que el que trazara cuarenta y cinco años después fray Luis de León. Margarita Valdaura es el modelo de la mujer perfecta que escribió Vives.

 

Cuando Vives escribe sus Diálogos, estaba ya muy enfermo, próximo a morir ya de gota y del mal de piedra. Acaso no haya libro en nuestra literatura tan íntimo y gustoso.

 

Cuando ya tenía cuarenta dos y años, y acaso presiente su próximo fin, le dijo amargamente, en una de sus cartas a Erasmo: “Pasamos tiempo difíciles, en los que no se puede hablar ni callarse sin peligrar”. Las persecuciones a las ideas, en todas partes redoblaban. En España gemían en el calabozo sus amigos Vergara y Tovar.

 

A veces a Juan Luis Vives le asaltaba la tentación de hacer el último, el supremo viaje hacia el Sur; de reposar sus últimos días bajo el sol de la costa luminosa de Levante. Como diría el poeta: “Ávido de reposar / en ese lugar último, / tibio y amplio hacia el Sur...”.

 

Francisco Arias Solís

El futuro se gana, ganando la libertad.

 

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Ramón Pérez de Ayala por Francisco Arias Solís

 

RAMON PEREZ DE AYALA

(1881-1962)

 

Una vivienda pobre y aldeana,

cerca del bosque, y que del mar, amigo

de mi risa infantil, no esté lejana.

En su quietud a solas, sin testigo.”

Ramón Pérez de Ayala.

 

LA VOZ DE LA INVENCIÓN NOVELISTICA

 

Ramón Pérez de Ayala conoce muy bien el idioma castellano: lo maneja con flexibilidad, soltura y elegancia. Pocas palabras bastarán para definir su obra literaria: es uno de los primeros novelistas contemporáneos. Reúne en sus obras las cualidades de las dos generaciones a la que sirve de nexo: la del 98 y la que viene inmediatamente después. Tal vez por eso y porque representa el tránsito entre dos edades –siglo XIX y siglo XX- que aparecen sin posible conexión y enlace, le toca a Pérez de Ayala realizar, en el orden puramente intelectual, una parte del ambicioso programa que los hombres del 98 habían lanzado al viento con signo de rebeldía, de protesta.

 

Cuando el siglo XX comienza, la literatura española quiere huir de las formas ampulosas que dominaba y predominaba en los días de la Restauración. Fiel a su tiempo Pérez de Ayala, de inquietud renovadora, quiso combinar con el apego a lo local y regional, el sentido español, y éste con lo universal. Su formación intelectual, las experiencias y azares de la vida hicieron de él uno de los escritores de su tiempo más europeo.

 

La prosa de las principales figuras de la generación novecentista, también conocida como generación de 1914, es el resultado de una selección que se hizo por un camino distinto del que se esperaba: el del estilo trabajado, brillante, más o menos esteticista, pero barroco. Esta generación fue predominantemente universitaria y poseyó una decidida voluntad política. Muchos de sus miembros –Ortega y Gasset, Pérez de Ayala, Gregorio Marañon, Américo Castro, Manuel Azaña, Luis Araquistaín, Salvador de Madariaga- actuaron en el terreno político, y de ella surgirían eminentes personalidades de la Segunda República. Se trata también de una generación de corte abiertamente europeísta y proclive a las tendencias formales e ideológicas que presidían la vida intelectual de los grandes focos culturales del extranjero.

 

Ramón Pérez de Ayala nace en Oviedo el 9 de agosto de 1881. Estudió con los jesuitas en Gijón y Carrión de los Condes. A los diez años compone en el colegio sus primeros poemas; a los doce escribe en latín como en su lengua materna. Era, como lo fue en su día Ortega en el colegio de los jesuitas de Málaga, el discípulo predilecto.

 

En 1896, ingresa Pérez de Ayala en la Universidad de Oviedo, donde estudia Derecho y donde tuvo como profesor a Leopoldo Alas, “Clarín”. Terminó la licenciatura en la Universidad de Madrid. Colaboró ya por entonces en El Imparcial, El Gráfico, etc. Amplió estudios en Londres y estudió estética en Alemania e Italia. Durante la primera guerra mundial fue corresponsal de La Prensa de Buenos Aires. Con Ortega y Gasset fundó la Liga de educación política española. En 1928 fue elegido miembro numerario dela Real Academia Española. Firmó, junto con Ortega y Marañón y otros el “Manifiesto de los intelectuales al servicio de la República”. Fue embajador de la República en Londres. Vivió exiliado, después de la guerra en Argentina, volviendo a Madrid en 1954. En 1960, recibió el premio March de Literatura. Ramón Pérez de Ayala muere en Madrid el 5 de agosto de 1962.

 

Su primera obra fue un libro de poemas, La paz del sendero (1904), de carácter modernista. Su segundo libro de versos fue El sendero innumerable (1916), publicando después El sendero andante (1921). Cultivó además de la poesía, el ensayo, la crítica, el periodismo y, especialmente, la novela. Entre sus ensayos se cuentan Hernán, encadenado (1917), Las máscaras (1917-1919), que recoge sus críticas teatrales, Política y toros (1918), el volumen de memorias Amistades y recuerdos (1961) y Fábulas y ciudades (1961).

 

El propio Pérez de Ayala clasificó sus novelas en tres grupos: el primero, de carácter autobiográfico y matiz lírico, aunque realista y descriptivo de la andadura vital iniciada con su educación entre los jesuitas y acabada en la vida madrileña. A este ciclo pertenecen: Tinieblas en las cumbres (1907), A.M.D.G. (1910), La pata de la raposa (1912) y Troteras y danzaderas (1913). A. M. D. G. es una crítica feroz de la educación de los jesuitas, a la que el autor culpa de su pérdida de fe, así como de su excesivo interés por las cuestiones sexuales.

 

El segundo ciclo de la narrativa de Pérez de Ayala está constituido por tres novelas cortas agrupadas bajo el acertado subtítulo de “Novelas poemáticas de la vida española”: Prometeo, Luz de domingo y La caída de los Limones (las tres publicadas en 1916). Tres narraciones en las que el autor se sumerge de lleno en ese espíritu doloridamente denunciador de los males de España que informaba a los hombres del 98, pero con un grado tal de ponderación expresiva y de equilibrio en sus diversas partes, que hacen inevitable el calificativo de clásicas que les han aplicado algunos críticos que ven en ellas la más lograda cumbre de la narrativa del autor.

 

El último periodo narrativo de Pérez de Ayala se caracteriza por una libertad creadora que, en un proceso de intelectualización coincidente con la novela europea de su tiempo, le permite abordar temas de carácter universal, no específicamente españoles. La primera novela de este ciclo es Belarmino y Apolonio (1921), su obra más lograda. De obra pedagógica se ha calificado a dos novelas, Luna de miel y Los trabajos de Urbano y Simona (aparecidas en 1923). Tigre Juan y El curandero de su honra, las últimas novelas de Pérez de Ayala, aparecidas en 1926, constituyen un solo conjunto novelesco.

 

“El novelista -dice Ayala- no puede pintar, únicamente puede describir, enumerar”. De este modo, la novela, al crear un mundo irreal, nos enseña a ver la realidad. Lo fantástico se mezcla a lo real. El mundo de lo que no es se introduce en el mundo de lo que es. Tal es su misión artística. Pocos escritores han cumplido esa misión de una manera tan perfecta como Ramón Pérez de Ayala. Y como dijo el poeta: “Veremos en sus flores el rocío / y Asturias estará como una rosa / recién nacida. Yo diré: -Dios mío / que no nos haya nunca tanto bien. / Y al yo leerte, me dirás: Amén”.

 

Francisco Arias Solis

Paz y libertad.


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