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Francisco Arias Solís

José Echegaray por Francisco Arias Solis

JOSE ECHEGARAY

(1832-1916)

 

 

“¡Detén el hierro homicida!

¡Para el brazo!... ¡Caiga inerte!

Tú no puedes dar la muerte

a quien te ha dado la vida.”

José Echegaray.  

 

LA VOZ DE UN FENÓMENO DEL TEATRO

 

Dos veces se ha otorgado a España el premio Nobel de Literatura en la persona de un autor dramático español. Primero en 1904, a José Echegaray, compartido con el poeta de Provenza, Federico Mistral; después, en 1922, a Jacinto Benavente.

 

“Echegaray –decía Clarín-, hoy como el primer día de su gloriosa aparición en la escena española, es un fenómeno del teatro; merece estudio, lo exige detenido y exento de preocupaciones”. Y añadía: “Hay que atreverse a renovar, y dejemos que se atreva ese que llaman todos los gacetilleros de la villa genio extraviado. A la larga siempre acierta el que se fía del genio”.

 

José Echegaray y Eizaguirre nace en Madrid el 19 de abril de 1832. Su formación cultural e intelectual dista mucho de la que habitualmente suele ser la de un escritor: doctor Ingeniero de Caminos, profesor de Física y Matemáticas, autor de Cálculo de variaciones, Teorías modernas de la Física y Problemas de analítica. En 1868 se le nombra director general de Obras Públicas, y luego, sucesivamente, ministro de Fomento y tres veces de Hacienda. Emigrado en Paría (1873), forma con Salmerón y Cristino Martos el partido Republicano Progresista. En 1874, siendo ministro de Hacienda, estrena El libro talonario, obra con la que inicia su labor teatral. En 1896 ingresa en la Real Academia Española de la Lengua, antes había ingresado en la de Ciencias. Fue también presidente de Instrucción Pública,  presidente del Ateneo, director del Timbre, y a él se debe, durante su gestión como ministro de Hacienda, la creación del Banco de España. José Echegaray muere en Madrid el 14 de septiembre de 1916.

 

Echegaray es el autor indiscutible de la  generación neorromántica, que siente las primeras acometidas del realismo. Formado en el drama que continúa las pautas del romanticismo (tres actos, verso, asunto histórico o legendario en que la historia se trata con libertad y la leyenda es invención del poeta), viene a triunfar cuando las influencias del tiempo, que van desde las obras de Dumas y Sardou, traducidas y divulgadas muy pronto en nuestra escena, hasta las primeras versiones de Ibsen, Hauptmann y Sudermann, imponen el abandono del verso por la prosa, como forma expresiva, y un concepto radicalmente distinto del drama. Echegaray trata de adaptarse a las nuevas tendencias; pero el realismo y aun el simbolismo se cobijan bajo la antigua capa romántica, dando una extraña sensación de hibridez.

 

Entre los títulos más relevantes de su obra teatral  se cuentan: La esposa del vengador (1874), En el puño de la espada (1875), O locura o santidad (1877), En el seno de la muerte (1879),  Mar sin orillas (1879), El gran galeoto (1881), su mayor éxito, Conflicto entre dos deberes (1882), Piensa mal y acertarás (1884), Mancha que limpia (1895), Mariana (1892), El hijo de Don Juan (1892) y A fuerza de arrastrarse (1905). Sus obras planteaban situaciones complicadas dentro de las fórmulas posrománticas, con personajes que se expresaban en lenguaje declamatorio altisonante sumidos en melodramáticas situaciones.

 

Es natural que hoy su teatro resulte desfasado. Aquella grandilocuencia y puritanismo del honor han pasado de moda y realidad, pero es indudable que resulta el máximo representante de la alta comedia enmarcada en un teatro de transición.

 

La crítica saludó al autor de La esposa del vengador como a un genio, como a un restaurador del teatro; y esa misma crítica tornadiza, cuando pasó algún tiempo, se cansó del teatro de Echegaray, y así como primero cantó las alabanzas y habló de resurrecciones, después vio culteranismo, amaneramiento, efectismo, falsedad, inverosimilitud en lo que primero enaltecía: cayó primero en el ditirambo y después no quiso ver más que horrores donde el público más consecuente, seguía viendo bellezas. Echegaray es el mismo en Mancha que limpia y Mar sin orillas  que en La esposa del vengador y En el seno de la muerte. Con razón decía Echegaray: “Difícil es hacer y hacer bien; pero ¡qué difícil es no juzgar mal!”.

 

Francisco Arias Solis
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La peor paz es mejor que la mejor guerra.

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Gracias.

 

Manuel del Palacio por Francisco Arias Solis

MANUEL DEL PALACIO  

(1831-1906)

 

“El amigo verdadero

debe ser como la sangre,

que acude siempre a la herida

sin esperar que la llamen.”

 Manuel del Palacio.

 

 

LA VOZ DEL POETA SATIRICO

 

El soneto “Amor oculto” de Manuel del Palacio figura entre Las cien mejores poesías líricas de la lengua castellana , escogidas por Menéndez Pelayo, entre lo mejor de la literatura española antigua y moderna, pero son muy pocos los que se interesan por los versos del poeta catalán. Y, sin embargo, sus sonetos deben figurar entre los más destacados de su época.

 

Manuel del Palacio nace en Lérida en 1831. Pasa luego a Soria, Valladolid y La Coruña, donde hace sus primeros estudios. A los quince años va a Madrid y es protegido por el poeta Eulogio Florentino Sanz. Poco después lo encontramos en Granada donde perteneció a la famosa tertulia “La Cuerda”. Vuelto a Madrid, se dedica a la política a y al periodismo. Funda con Luis Rivera el Gil Blas (1864), una de las publicaciones satíricas de mayor éxito en España. Por un soneto satírico, en el que hacía referencia a la vida amorosa de  Isabel II, fue encarcelado y desterrado a Puerto Rico. Eduardo de Lustonó escribiría más tarde: “Allí purgó noche y día / pecados de su soneto / por revelar un secreto / que todo el mundo sabía”. De regreso a la Península, ocupó diversos cargos oficiales: secretario de la Legación de España en Florencia, jefe de Archivo y Biblioteca del Ministerio de Estado, etc. También fue académico de la Española. Con Clarín mantuvo una de las más célebres polémicas. Sabido es que el gran crítico asturiano había dicho que en España sólo había entonces “dos poetas y medio”. Los dos poetas eran Campoamor y Núñez de Arce; el “medio” era Palacio. Manuel de Palacio murió en Madrid en 1906.

 

Las especiales corrientes ideológicas de la segunda mitad del siglo XIX, tan cargadas de sustancia positivista, encontraron su cauce adecuado en una poesía de tono moralizador y lenguaje fácil, transparente y directo. Sus cultivadores rara vez persiguen una finalidad estética; atienden más el contenido que a la expresión; de aquí que ésta sea casi siempre descuidada, llana y hasta deliberadamente vulgar. Quieren decir cosas y que esas cosas lleguen al mayor número posible de lectores. Un innegable ingenio, junto con cierto tono de displicente ironía, da mayor interés a esas producciones que alcanzaron extraordinaria boga en su tiempo. Los poetas que mejor representan estas tendencias son: Campoamor, Manuel del Palacio, José María Bartrina, Salvador Bermúdez de Castro y Eusebio Blasco.

 

La nota irónica, con cierto fondo de filosofía casera, es una de las más acusadas en la extensa producción de Manuel del Palacio, y ello nos lleva incluirle en este grupo de poetas. Pero lo mismo podía ser incluido entre los discípulos de Zorrilla, por las leyendas que forman sus Veladas de otoño; o entre los cultivadores de la sátira política, a la manera de Zeda, por las mordaces caricaturas de sus Cabezas y calabazas (1864); o, en fin, ser emparejado con los poetas sentimentales, tipo Balart, por sus excelentes sonetos amorosos. Lo mejor de su obra, muy abundante, son los Cien sonetos políticos, biográficos, amorosos, tristes y alegres, Las melodías íntimas y las Chispas (1894),  colección de versos publicados en El Imparcial.

 

Picante y burlón como Campoamor, sus epigramas rivalizan en intención y agudeza con los de éste; siente, al igual que él, la comezón filosófica  y no disimula su anhelo de parecer en todo momento intensamente humano, aspirante a reflejar en sus versos las grandezas y debilidades de nuestra pobre naturaleza. En tal sentido acertó plenamente Alonso Cortés al calificar a Palacio como el poeta más hombre del siglo XIX.

 

Con los versos de Palacio podrían formarse no menos de veinte volúmenes. Esta pasmosa fecundidad no le impidió ser correctísimo casi siempre en la forma. Manejó con especial fortuna el soneto, y los tiene muy buenos: “Mi lira”, “Stella matutina”, ”Hasta el fin “, “Al despertar”, “El néctar de los dioses”, y el que lleva por título “Amor oculto”, el más conocido del poeta: “Ya de mi amor la confesión sincera / oyeron las calladas celosías, / y fue testigo de las ansias mías / la luna, de los tristes compañera...”

 

Francisco Arias Solis
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Apostemos con el corazón en la mano por la paz.

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Enrique Díez-Canedo por Francisco Arias Solis

 

ENRIQUE DIEZ-CANEDO

(1879-1944)

 

 “Nadie podrá desterrarte;

tierra fuiste, tierra fértil,

y serás tierra y más tierra

cuando te entierren.

No desterrado, enterrado

serás tierra, polvo, germen.”

 Enrique Díez-Canedo. .

                                                                                 

                                                                                             

LA VOZ CRITICA DEL POETA

 

El crítico que previamente no sea artista, ni puede, ni sabe discernir en cuestiones estéticas. Empieza por no ser consciente, y por lo mismo, tampoco responsable. Pero ha de entenderse la condición de artista en un sentido amplio, interior, temporalmente, no en el sentido estrecho, de profesión, que suelen darle a los ejecutantes.

 

Recíprocamente, el artista, si lo es considerable, ha de ser algo crítico. Autocrítico. Poseer raíz de crítica previa. Y antes de hacer, considerar. Si autocrítica –es decir, conciencia- es la realidad primordial del artista, autoridad, en su doble sentido, resulta ser la del crítico.

 

Enrique Díez-Canedo es, ante todo, poeta. Si ha cristalizado en crítico es porque ello cae dentro del sistema, del sistema sensible. Y como crítico, gozó en nuestro país, fama de rey. De rey de críticos. Un elogio de Canedo suponía una victoria. Algo, importante. Una censura –aun templada con suave cortesía- representaba un fracaso  o por lo menos una pifia. Tal crédito, tal marcado prestigio, lo logró Canedo en una larga y constante triple prueba de sagacidad, cultura y vigilancia. Federico de Onís lo supo ver y poner en su sitio, dentro de la tipografía en crisis de la literatura española, cuando escribió inequívocamente: “Su labor  en relación con la poesía contemporánea es doble: creadora y crítica. En este último aspecto es la figura capital de toda la época”.

 

Enrique Díez-Canedo nace en Badajoz el 7 de enero de  1879 y muere exiliado en Cuernavaca, México, el 7 de junio de 1944. Poeta, crítico, ensayista y traductor, fue una de las figuras intelectuales más influyentes de la primera mitad del siglo XX tanto en España como en Hispanoamérica. Fue miembro de la Real Academia Española (1937), profesor de la Escuela central de idiomas y en la de artes y oficios de Madrid., ministro de Uruguay y embajador en Argentina. En poesía empezó dentro de las corrientes modernistas en boga, de las que más tarde se fue distinguiendo por el matiz de intimidad y la pulcritud de forma, para terminar decantándose por la problemática social. Durante la guerra civil dirigió la revista Madrid, colaboró en la revista Hora de España y participó en el Congreso internacional de escritores para la defensa de la cultura celebrado en Valencia en 1937. En 1938 se exilió y continuó su actividad en México.

 

Canedo se dio a conocer con el poema Oración de los débiles al comenzar el año. Sus primeros libros de poemas Versos de las horas (1906), La visita del sol (1907) son claramente rubenianos. Su intuición crítica y el espíritu alertado hacia lo francés le convierten en un introductor de la nueva poesía francesa que traduce (La nueva poesía francesa, 1913). Más próximo a Juan Ramón Jiménez (a quien dedicará su extenso estudio) es su libro La sombra del ensueño (1910). Sarcástico, próximo al esperpento son Algunos versos (1924) y Epigramas americanos (1928), para muchos su mejor obra. Díez-Canedo favoreció siempre la nueva poesía y reseñó objetivamente los movimientos  de vanguardia. Durante el exilio publica su último libro de poemas, El desterrado (1940), que es  un volumen brevísimo de poesía honda, “inteligente” y hasta “intelectual”.

 

De su obra en prosa, reseñemos: Sala de retratos (1920), Conversaciones literarias (1921), compilación de artículos, Los dioses en el Prado (1931), crítica de arte. En México escribió Juan Ramón Jiménez en su obra (1944),  y dedicó penetrantes páginas a la literatura hispanoamericana, recogidas en Letras de América (1944). En México, en la editorial de su hijo, Joaquín Díez-Canedo han aparecido reunidos en volumen cientos y cientos de sus artículos, entre ellos, los cuatro volúmenes de sus crónicas dramáticas, El teatro español de 1914 a 1936 (1968), que no sólo ponen en  evidencia que Díez-Canedo ha sido el mejor crítico del teatro de su época, sino que constituyen un documento valiosísimo para el conocimiento de la historia del teatro español del siglo XX.

 

Díez-Canedo no exageró, no alabó más allá de su gusto. Mesurado. Tuvo quizá, como único pero, el quedarse a veces corto teniendo toda la baraja en la mano por miedo de pasarse. Nunca murmuró del mal que le hicieron, ni se vengó con la pluma: por gusto, tacto y decencia. Juzgó sin murmurar, censuró sin hiel, notó sin vituperar. “Un día me recogió Enrique Díez-Canedo -decía León Felipe-, como se recoge a un mendigo y me llevó de la mano a la revista España, donde me presentó a sus amigos y más tarde a los amantes de la poesía de la Península y de Hispanoamérica. Su voz ya tenía crédito y autoridad entre los mejores”. Y continúa León Felipe: “Pero en su mundo y defendiendo los principios de su mundo, fue el hombre más honrado y más valiente que he conocido”.

 

Amigo de sus amigos, de tertulias, de cafés, de las calles, de las revistas, de los jardines,  de los museos, de las redacciones, de todos los teatros. Y si hay librerías de viejo en el otro mundo, allí andará. Imposible no recordar la limpia bondad de este hombre de corazón firme, su callada grandeza, su serena mansedumbre que dio un ejemplo a intelectuales de aquellos que cambiaron la dignidad del hombre por el plato de lentejas. Díez-Canedo no pudo experimentar ni la franciscana ambición de ambicionar poco, porque se sentía colmado de gozosa conformidad, de acuerdo feliz con la vida: le bastaba lo suficiente. “Y como síntesis de todas estas virtudes –un poeta nos dijo-, su condición heroica de hombre de letras que sólo se supeditó, con refinado señorío, a la servidumbre de la pluma”. A la muerte de Díez-Canedo, Enrique González Martínez escribió: “Adiós, amigo fiel e inolvidable, fiel a los tuyos  y fiel a tu arte como la hiedra. Que la tierra mexicana te cubra y te bendiga. Que bajo su amparo se estremezcan tus huesos cuando tu España resucite”. Y el poeta malagueño Moreno Villa nos dejó dicho: “Fue jovial, animoso, erudito y poeta, jugó limpio, vivió en impecable lealtad y ponderación, no dejó un solo enemigo”.

 

El suyo era, según Moreno Villa, “... rostro sin nubes / donde la noche encenderá sus astros / luces que nunca apagará el olvido”. Y Alfonso Reyes, nos dejó dicho: “Era uno de los hombres más sabios y más buenos de nuestra época... Nunca reclamó lo mucho que todos le debíamos...”. “En Moguer, 1908 –nos contaba Juan Ramón Jiménez-, al frente de una Elejías puras y de su vida en Madrid, escribí esta segura dedicatoria: “A Enrique Díez-Canedo, poeta sin mancha”. Hoy treinta y seis años después, yo en Washington, al frente de su muerte en Méjico puedo escribir con orgullo y amor un epitafio: “Enrique Díez-Canedo, poeta y amigo sin mancha”. Y como nos dijo,  su gran amigo el poeta malagueño Emilio Prados: “Laurel real: / Mientras que tú, ya tierra en tu destierro, / un árbol dejas libre del olvido: / laurel real, / allá en España, un eco desolado / crece junto a la mar, laurel de sangre”.

 

Francisco Arias Solis
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Paz y libertad. 


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Gracias.
 

 

 

Foro Libre: Homenaje a Vicenta Maturana

 

FORO  LIBRE

ASOCIACION CULTURAL, ARTISTICA Y LITERARIA (Fundada en 1992)

 

Francisco Arias Solís - Presidente ~ Plaza San Severiano, 2 ~ 11007 - CADIZ

e-mail: pazylibertad@arrakis.es

URL: http://www.arrakis.es/~aarias

 

 

“Soy mujer, y también tengo

mi malicia sin segunda,

y como hijita de playa

algo de sal en mi pluma.”

Vicenta Maturana.

 

HOMENAJE DE FORO LIBRE A VICENTA MATURANA    

 

El próximo lunes, día 11, a las 20.30 horas, en la cafetería-restaurante El Cantábrico (Avda. Cayetano del Toro, 21 - Cádiz), la Asociación Cultural, Artística y Literaria FORO LIBRE celebrará un encuentro literario sobre la vida y la obra de la poetisa  gaditana Vicenta Maturana  (1793-1859),  con motivo del 150º aniversario de su muerte.

 

“Cádiz fue su cuna -escribía Adolfo de Castro y Rossi, escritor gaditano y director del Diario Constitucional de Cádiz-; Cádiz, donde la vivacidad de ingenio no es mérito, sino naturaleza...”.

 

Vicenta Maturana y Vázquez nació en Cádiz el 6 de julio de 1793. Siendo todavía niña, escribía pequeños poemas y, según Adolfo de Castro, hubo de enfrentarse a la oposición de sus padres, que no consideraban fuera éste, un pasatiempo adecuado para una señorita. En 1809 murió su padre,  el Mariscal Maturana,  en la batalla de Bailén y su familia tiene que huir a Lisboa. Allí murió a los seis meses de su llegada la madre de Vicenta, y ésta permaneció sola en aquella ciudad hasta 1811 en que vuelve a residir en España. En 1816 fue nombrada camarista de la reina María Josefa Amalia de Sajonia, hasta 1820 en que se une en matrimonio con el Coronel José María Gutiérrez Pérez Gálvez.

 

En 1814 y hasta 1819 comienzan a aparecer en el Diario Mercantil de Cádiz, sus primeras colaboraciones: algunos sonetos y letrillas bajo el seudónimo de Celmira. Su primera obra larga que publicó anónima, fue la novela Teodoro o el huérfano agradecido. Por esos años se había divulgado el rumor de que las poesías que se atribuían a la reina María Josefa Amalia, en realidad eran creación de doña Vicenta,

 

En el volumen de los Ensayos Poéticos encontramos reunidas alrededor de ochenta composiciones: odas, letrillas, sonetos y romances en los que predominan los temas sentimentales y algunas poesías “de circunstancias”. Desde 1828 hasta 1830 colabora esporádicamente en el Correo Literario y Mercantil y publica otra novela Sofía y Enrique, dedicada a la infanta María Francisca de Asís. De todas sus obras es quizá a esta, a la que más atención prestó la crítica.

 

En 1830 comienza a trabajar en el Himno a la Luna, obra poética en prosa, inspirada por la lectura del Himno al Sol del Abate de Reyrac, y que dejaría inconclusa hasta 1836. Pío Baroja nos diría: “... doña Vicenta, la poetisa gaditana, había publicado varias novelas, entre ellas Teodoro, el huérfano agradecido, Amar después de la muerte y acababa de dar a luz el Himno a la luna, en cuatro cantos, que el Gobierno carlista prohibió, no se sabe si por resentimiento contra doña Vicenta o contra la luna”.

 

 

Francisco Arias Solís

 

No hagamos las paces con la guerra, ni tampoco levantemos guerras con la paz.


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Gabriel Miró por Francisco Arias Solis

 

GABRIEL MIRO

(1879-1930)

 

“Oliendo a ciprés pasó...

Se hundió oliendo a penas suaves.

Y el Mar dijo al Campo:¿Sabes?

¡Ha muerto Gabriel Miró!”.

Miguel Hernández.                                                                               

 

LA VOZ DEL SEÑOR DE LAS PROSAS

 

Si hay un punto de coincidencia en todos los críticos cuando se refieren a Gabriel Miró es el de considerarlo como un supremo artífice de la sensación, la máxima figura de nuestras letras en el difícil arte de transmutar lo sensorial  en materia de arte. Nadie como él ha sabido compaginar la novela con la poesía, la prosa con el lirismo. Jorge Guillén llega a parangonarlo con Prouts en su analogía entre la sensación y el recuerdo.

 

Nació Gabriel Miró Ferrer en Alicante el 28 de julio de 1879. La edad escolar la pasa en su ciudad natal, primero, y después en el colegio que  la Compañía de Jesús, tenía en Orihuela.

 

En 1893 el padre de Gabriel, ingeniero de caminos, canales y puertos, pasa a Ciudad Real y allí vive Miró unos meses. En 1894 retorna a Alicante. Se gradúa de bachiller en el Instituto de Alicante; y en la Universidad de Valencia inicia los estudios de Derecho, terminándolos en la Universidad de Granada. Pero sus preferencias no están en la carrera de Leyes, sino en la literatura. Su nombre, uno de los primeros de la literatura contemporánea, suele estar unido al movimiento del novecentismo.

 

De 1901 es su primera novela La mujer de Ojeda. En ese mismo año contrae matrimonio con Clemencia Maignon, hija del cónsul de Francia en Alicante. Un año después escribe Hilván de escenas, y en 1903 aparece Del vivir, libro en que ya se dan en gran relieve las acusadas características de la obra mironiana. Aquí aparece por primera vez el personaje llamado Sigüenza, “doble” literario del autor.

 

En 1906 Miró consigue un cargo administrativo en el Hospital Civil San Juan de Dios de Alicante. Tres años más tarde, es nombrado cronista provincial de Alicante. De esta época destacan Nómada (1908), narración breve, premiada en el concurso de “El Cuento Semanal”, y Las cerezas del cementerio (1910), que es la historia de una pasión entre un joven y una mujer madura en el marco del  sensual paisaje alicantino.   En 1911,  Miró pasa a Barcelona e inicia sus colaboraciones en Diario de Barcelona y La Vanguardia. Allí entra al servicio de una casa editorial que preparaba la publicación de una enciclopedia sagrada. La documentación manejada por Miró es aprovechada para preparar una de sus mejores obras: Figuras de la Pasión del Señor (1916). Obra fundamental, de un arte refinado y una maravillosa sensación de vida. Ningún libro de espiritualidad religiosa del siglo XX nos ha dado una fusión tan bella del elemento poético con el ideológico cristiano.

 

Nuevo traslado esta vez a Madrid, donde consigue un empleo en el Ministerio de Instrucción Pública  y Bellas Artes. A lo largo de estos años aparecen las grandes obras mironianas: Libro de Sigüenza (1917),  El humo dormido (1919),  Nuestro padre San Daniel (1921), Niño y grande (1922), El obispo leproso (1926) y Años y leguas (1928). El 27 de mayo de 1930, a los cincuenta años de edad, fallece en Madrid a consecuencia de una operación de apendicitis. “Gabriel Miró era un hombre bueno –nos dijo Rafael Alberti-, lleno de santidad como Antonio Machado”.

 

Miró no es un novelista en la acepción vulgar de la palabra. Para Miró novelar es “sugerir”. La técnica mironiana de decir por insinuación merma interés a la novela por el carácter de intermitencia que imprime a la acción y por el aislamiento aparente en que coloca a unos seres cuyas vidas están ligadas entre sí por un mismo conflicto.

 

Miró es un enamorado del paisaje, muchas de sus obras son un culto al paisaje levantino, hacia esas aldeas “torradas de sol”. Miró crea una región literaria, Levante, como Azorín creara antes otra. Castilla. “Tanto en Levante como en Andalucía –le dijo Miró a Alberti- todo es preciso, transparente. La luz perfila hasta las cosas más lejanas. Hasta lo laborioso allí se vuelve nítido, brillante...”

 

Gabriel Miró pone en el estilo un extraordinario énfasis. Es el estilista más refinado de la generación novecentista  y uno de los más grandes de todos los tiempos. Tiene el poder mágico de la palabra exacta. Nada hay improvisado ni casual en su prosa.

 

Miró nos dejó en una docena de libros la prosa más tersa y trabajada que se haya compuesto en lengua castellana. Y como exclamó el poeta: “¡Viento! ¡Ciego  de las rosas! / Anda horizonte adelante, / y dile a todo Levante / que ha muerto el Señor de las prosas”.

 

Francisco Arias Solis
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Si quieres la paz, prepárate a vivir en paz con todos los hombres.

 


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Francisco Largo Caballero por Francisco Arias Solis

 

EN EL 140º ANIVERSARIO DEL NACIMIENTO  DE

FRANCISCO LARGO CABALLERO

 (1869- 1946)

 

No queremos ni la perpetuación de las oligarquías

 históricas ni dictaduras de la derecha ni de la izquierda,

sino una democracia integral: la democratización del poder,

 de la riqueza y de la cultura. E internacionalmente,

 no una paz armada, sino una paz jurídica”.

Francisco L. Caballero. XVI  Conferencia de la OIT.

 

 

LA VOZ INCONFUNDIBLE DEL SOCIALISMO

 

Largo Caballero  fue toda su vida un marxista apasionado, de cuya fuerte convicción intelectual ardía el fuego de la indignación ante la injusticia, y del deseo de emancipar a sus compañeros de clase de las humillaciones e infamias que había sufrido en su carne.

 

Se ha dicho que si Pablo Iglesias fue el socialismo fundacional, y Julián Besteiro, su inteligencia, y Fernando de los Ríos, su sensibilidad; Largo Caballero fue su acción.

 

Largo Caballero se enfrentó en actitud revolucionaria con el régimen burgués en cuatro crisis que él mismo llama “Revoluciones”: las de 1917, 1930, 1934 y 1936, y en las cuatro observó que otros compañeros dirigentes de las organizaciones socialistas adoptaban posiciones a retaguardia de las suyas. Era, pues, natural que considerase como la verdadera causa de la divergencia con algunos de sus compañeros la que le dictaba a él su propia experiencia de proletario. Largo Caballero  en estas cuestiones se reveló marxista ejemplar. Era, en efecto, firme, dogmático, inflexible, en cuanto a su estrategia: llegar al socialismo por todos los medios; pero era adaptable, maleable y flexible en cuanto a la táctica.

 

Francisco Largo Caballero nace en la plaza Vieja de Chamberí, de Madrid,  el 15 de octubre de 1869. Hijo de un obrero y de su mujer, que tuvo que hacerse cargo del cuidado del niño  al eludir su marido sus deberes conyugales y paternos. La instrucción primaria del chico, sólo duró tres años, de sus cuatro a sus siete de edad, porque tuvo que ponerse a trabajar para coadyuvar a lo poco que su madre ganaba. Ingresa en la Unión General de Trabajadores de España en 1890 y con veinticinco años  se afilia al Partido Socialista. Después de pocos años de trabajo como estuquista llegó a ser uno de los hombre de confianza de Pablo Iglesias, y su primer lugarteniente. Fue secretario general de la Unión General de Trabajadores de España desde 1918 a 1937. Su rápida ascensión en la escala del poder social por vía del poder obrero se explica por su formidable voluntad, su insobornable honradez  y limpieza de propósito y su talento natural y eficiencia como organizador y cumplidor de su obligación. Este joven que tuvo que ir mendigando de niño jornales de miseria, llega a penas rebasados los veinte años a enfrentarse con cualquiera de sus compañeros de lucha en pro del pensamiento de Marx, y se revela tan capaz de apoyarse en los clásicos del socialismo como el más pintado de sus rivales.

En 1925, el editor Javier Morata inicia su colección “Vanguardia”, con publicaciones de izquierda, del sector socialista. En ese año publica la obra de Largo Caballero, Presente y futuro de la Unión General de Trabajadores.

 

Con  Besteiro,   Saborit   y Anguiano formó parte del comité socialista que declaró la huelga general revolucionaria en agosto de 1917. Condenados  todos ellos por un tribunal militar a cadena perpetua  fueron encarcelados en el penal de Cartagena, de donde saldrían al año siguiente para ocupar sendos escaños en las Cortes, amnistiados por el voto popular. Largo Caballero fue elegido diputado por Barcelona. Durante la dictadura de Primo de Rivera es nombrado consejero de Estado. Es encarcelado a raíz del fracaso del golpe de Jaca (1930). En 1932 es elegido presidente del PSOE. En el Gobierno provisional del  bienio azañista (1932-33) ocupó la cartera de Trabajo y Previsión Social.

 

A comienzos de septiembre de 1936, encabezó el Gobierno de unidad de todas las fuerzas que integraban o apoyaban el Frente de Popular. En noviembre de ese año, Largo Caballero formó su segundo Gobierno que ya contó con la participación de cuatro ministros de la CNT. Largo Caballero durante la batalla de Madrid, trasladó la capital de la República a Valencia. Calificado en esta época, con obvia inexactitud, de “el Lenin español”, supo desempeñar su cargo sin doblegarse a las presiones estalinistas.

 

Exiliado en Francia desde 1939, vivía en París con su familia, atenido a la modesta ayuda de la Sindical Internacional Socialista. Detenido por la policía del Gobierno de Vichy,  fue entregado,  el 20 de febrero de 1943,  a la Gestapo  y trasladado, enfermo y septuagenario,  al campo de concentración de Oranienburg, en las cercanías de Berlín. Largo Caballero vivió la vida abominable de preso corriente, a veces algo atenuada por su estado de salud; y cuando llegó la libertad, se le hizo marchar en filas, estando en tan mal estado de arteriosclerosis de una pierna, que cayó al suelo en la carretera, donde un soldado lo apaleó y pateó a su placer. Largo Caballero muere en París el 23 de marzo de 1946.

 

En 1946, ya en cama, Largo Caballero escribía: “Hace años, en un mitin celebrado en el Cine Pardiñas, en el que hablamos Saborit, Besteiro y yo y cuyos discursos se publicaron en un folleto, decía yo que si me preguntasen qué quería mi respuesta sería ésta: ¡República! ¡República! ¡República! Si hoy me hicieran la misma pregunta contestaría. ¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad!”.

 

Francisco Arias Solis
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Gracias.

 

 

 

 

 

 

 

 

Rafael Cansinos-Asséns por Francisco Arias Solis

Rafael Cansinos-Asséns por Francisco Arias Solis

 

RAFAEL CANSINOS-ASSÉNS

(1882-1964)

 

 “Allí me aduermo silencioso,

frente al Sur invisible

hacia el que está imantado mi cuerpo,

frente al Sur donde soy

eternamente niño.”

Rafael Cansinos-Asséns.

                                                                                 

                                                                                             

LA VOZ DE UN HIJO DEL SUR

 

“Me vuelvo hacia el Sur- escribía Cansinos-Asséns-, y veo caras tristes  y hurañas; ¿por qué en la tierra más rica esas caras de indigentes?”.  Y añadía: “El Sur es la efusión, la llama viva, el cielo que lanza sin cesar estrellas errantes a todo los puntos del horizonte... El Sur es la eterna seducción generosa que incita al Norte a ser florido y pródigo. Para defenderme de la aridez, yo exprimo la esponja empapada en dulzuras de mi corazón del Sur”.

 

Crítico, novelista y poeta,  Cansinos-Asséns fue el propulsor de los movimientos vanguardistas, en especial del ultraísmo. Movimiento que nace alrededor de Cansinos-Asséns, en su tertulia del café Colonial, de Madrid. El manifiesto ultra se publicó en otoño de 1918. Lo encabezaba la firma de Cansinos-Asséns  e iba firmado -entre otros- por Xavier Bóveda, Cesar A. Comet, Pedro Garfias y J. Rivas Panedas. Inmediatamente las revistas controladas por  Cansinos, excelente crítico literario apoyaron el movimiento: Cervantes y Grecia. Pero el auténtico portavoz del movimiento será la revista Ultra que aparece en enero de 1921 y finaliza en febrero del año siguiente. El ultraísmo constituye una veta que influirá más o menos subterráneamente no sólo en los poetas de movimiento sino en los de la generación de los años 20, especialmente en Gerardo Diego, Juan Larrea, Pedro Salinas e incluso, tangencialmente, en el propio Juan Ramón Jiménez.

 

Rafael Cansinos-Asséns nace en Sevilla el 24 de noviembre de 1882. En el colegio de los padres escolapios realiza sus primeros estudios. A los once  años  fallece su padre. A los doce años se traslada a Madrid. Allí comienza a estudiar idiomas y entra en el periódico La Correspondencia de España.

 

Su primer cuento aparece en la revista literaria El Arte hacia 1898, también aparecen cosas suyas en Vida Nueva, revista de la generación del 98, dirigida por el gaditano Dionisio Pérez, y en el periódico El País.

 

Cansinos fue desde muy pronto un modernista convencido, colabora en Helios (1903), Revista Latina y Renacimiento (1907). Su primer libro El candelabro de los siete brazos, considerado como una de las primeras tentativas de implantar la prosa poética, data de 1914. Coincidiendo con los inicios del Ultraísmo , Cansinos pasa a dirigir la revista Cervantes, al tiempo que figura como redactor de la prestigiosa revista sevillana Grecia.

 

Cansinos fue el introductor en España de Vicente Huidobro, Jorge Luis Borges y Miguel Ángel Asturias. “Cuando se queda sin esos brillantes huéspedes –decía Gómez de la Serna-, vuelve a su calle solitaria y le acompañan los perros de pastor que encuentra”. Entre 1918 y 1925, la estrella de Cansinos llega a su cenit. Su actividad literaria es ingente e incesante. Mantiene tertulias en viejos cafés como “El Colonial” o “El Pilar”. Autor prolífico, dio a la imprenta multitud de estudios literarios  y ensayos, libros de poesía, novelas, evocaciones, etc.  Entre sus novelas, citaremos: El secreto de la sabiduría, La que tornó de la muerte,  La huelga de los poetas, En la tierra florida, Los sobrinos del diablo, La pobre Meca y El movimiento V.P., novela en clave que señala su ruptura con el ultraísmo. Entre sus ensayos destacan: España y los judíos españoles, Ética y estética de los sexos, Poetas y prosistas del Novecientos, El divino fracaso, El amor en El Cantar de los Cantares y la serie La Nueva Literatura. Las novelas de Cansinos representan un esfuerzo considerable de innovación. En la tierra florida exalta su nostalgia y su amor por Andalucía y Sevilla, designadas bajo los términos “la tierra florida” y “la ciudad florida”.

 

En 1925, Cansinos entra en La Libertad, periódico de tendencia republicana, y hasta la guerra civil sólo mantuvo una entrega semanal. En ese mismo año la Real Academia Española le otorga el premio Chirel por sus trabajos de crítica, hubo quien se opuso alegando que la Academia no podía conceder un premio a un judío, al año siguiente, el Gobierno francés le condecora con las Palmas Académicas.

 

Aislado de sus compañeros de generación, olvidado por los antiguos ultraístas y el grupo de Pombo, desconocido por los más jóvenes, Cansinos se va recluyendo en su desdeñosa soledad, en su divino fracaso. “En el Sur efusivo, en nuestro Sur –nos dice el poeta-, hay hombres que callan largamente, y cierran los labios, como si hubieran hecho un voto de silencio”. Cansinos va a ir sumiéndose extrañamente en un silencio que, tras la guerra civil, le vendría impuesto por el franquismo, en el informe de un tal Julio Padillano, falangista,  aparece  la razón para privarle del carnet de prensa: “Periodista y escritor judío, habiendo escrito varios libros y folletos en defensa del judaísmo”.

 

Cansinos fue siempre un hombre de ideas avanzadas. Ni la guerra ni la posguerra significaron un cambio fundamental para este escritor que llevaba ya varios años exiliado de la literatura.

 

Su labor a favor de lo sefardí fue gigantesca. Sin facilidades para publicar nada en España, fue envejeciendo silenciosamente, sin claudicaciones ni sarcasmos. En América que se le recordaba, se publicaron sus últimos libros: Los judíos en la literatura española, Los judíos en Sefard, Mahoma y el Corán.

 

Cansinos tenía al morir 81 años. En Madrid, el 7 de septiembre de 1964 emprende su último viaje: “Ávido de reposar / en ese lugar último / tibio y amplio hacia el Sur...”.

 

Francisco Arias Solis
e-mail:
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Paz y libertad. 


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Gracias.
 

 

 

Rafael Laffón por Francisco Arias Solis

 

RAFAEL LAFFON

(1895-1978)

 

“Sonaba tu melodía.

¿Sonó? ¿Sonaba en mi puerta?

La calle estaba desierta,

y  en mi puerta nadie había.”

Rafael Laffón.

 

LA VOZ DEL ESPIRITU ANDALUZ

 

Rafael Laffón, amigo y colaborador de la infancia de Joaquín Romero Murube, su obra está llena hasta el rebose de ese espíritu lírico, que sabe de matices, que caracteriza al poeta andaluz y, naturalmente, al sevillano. Son muchos los que recuerdan y conservan como una joya aquellos primeros números de la revista Mediodía que fundara con Joaquín Romero, en 1926, y que tanta importancia tuvo como exponente de la nueva literatura y como punto de unión entre la poesía de Sevilla y las grandes figuras del 27.

 

Rafael Laffón es uno de los poetas más representativos de la poesía sevillana contemporánea, pues encarna en su amplia obra la variedad de tendencias que caracteriza la labor literaria de su generación.

 

Rafael Laffón Zambrano  nació en Sevilla el 20 de abril de 1895. En  su ciudad natal  estudió el bachillerato y realizó también los estudios de Derecho y de Filosofía y Letras. Residió siempre en Sevilla, entregado de lleno a la creación literaria y al desempeño de sus tareas de funcionario técnico de la Administración. Colaboró en muchas revistas andaluzas de poesía y en otras muchas publicaciones españolas y extranjeras. Sus obras han sido traducidas al francés y al italiano. Rafael Laffón muere en Sevilla el 4 de noviembre de 1978.

 

Su actividad literaria abarca la creación poética, la prosa  y la crítica, aunque es en la primera donde se sitúan sus mejores logros. Su poesía –como la de otros autores del 27 hunde sus raíces en el modernismo. Después de un primer libro de corte modernista, Cráter: versos de ingenuidad y violencia (1921)  -otra obra de iguales características, El sol desaparecido (1922-1924), permaneció inédita hasta 1977-.

 

La evolución hacia el vanguardismo se consuma en los dos libros siguientes: Signo + (1927) e Identidad (1934). Se trata de una poesía hermética, dirigida a un público que sintoniza con las mismas claves estéticas de su autor, por lo que los matices de sus obras son sólo accesibles a una minoría. Las características de las mismas responden por lo demás a la corriente ultraísta. En esta época se registra también en Laffón una aspiración panteísta, que tiende a integrar la obra poética en la armonía del universo

.

Tras este ciclo inicial, la poesía laffoniana avanza hacia el que será su camino más característico. La tradición popular y la clásica –tanto la renacentista como la barroca- será el vehículo elegido después de la guerra para expresar su devoción religiosa, su pasión por Sevilla y el dolor y la soledad, provocados en 1949, por la muerte de sus esposa y, más tarde, por la de su madre. Entre los títulos más relevantes de esta  época se cuentan: Romances y madrigales (1944), Poesías (1945), Adviento de la angustia (1948), Cantar del Santo Rey (1948) y Romances del Santo Rey (1951), dedicados a Fernando III. Estos libros se distinguen por su impresionismo colorista  y juguetón. En ellos se incluyen poemas de tema religioso junto a composiciones plenas de musicalidad y colorido, de hondo sevillanismo  -lo que se ha llamado “barroquismo” de Rafael Laffón-.

 

La última época de la poesía laffoniana se abre con Vigilia del jazmín (1952), libro clave que expresa la magnitud de un tiempo de dolor que podríamos calificar de lírica de testimonio personal. La comunicación directa, el tono confidencial sustituyen al grácil retoricismo anterior. La poesía de Laffón adquiere así la nota distintiva del intimismo. El ciclo se completa con   A dos aguas (1962), La cicatriz y el reino (1964) y. Sinusoides y puzzle (1970).

 

En  1959 obtiene el Premio Nacional de Literatura por su obra antológica La rama ingrata.

 

Su obra en prosa está llena de lirismo y de amor a su Sevilla. Entre los títulos más relevantes de su obra en prosa se cuentan: Jardines de Sevilla (1921), Maternidad (1924), Ditirambo a las Cofradías (1926), Discurso de las Cofradías de Sevilla (1941) y Sevilla del buen recuerdo (1970).

 

Pero todo esto no tendría importancia si no fuera unido a  una inmensa gama de valores humanos. Como hemos dicho manifestó la altura superior de su alma, llevando siempre de la mano aquel niño sensible que giraba y volaba en los caballitos,  “tiovivos”, el carrusel..., de la calle del infierno de la Feria de Abril de Sevilla. Precisamente “fue una noche en que mis padres decidieron dar una vuelta por la feria (...). Cuando mi madre salvaba una cuneta  entre dos paseos de los varios que corrían paralelos el arrecife de coches, se sintió enferma repentinamente en forma apremiante, inaplazable. Se cobijaron bajo una acacia, perplejos y sobresaltados. Ella no podía tenerse de pie, lívida, demacrada. Acudieron varias señoras, intentando transportarla a una caseta. Y en esto, providencialmente, cuando ya los feriantes se daban cuenta del lance, llegó el coche de unos amigos que a escape llevaron a mis padres a casa. A compás de las primeras claridades del alba, a las cuatro de la mañana de un día 20 de abril, fue el punto y hora en que un hombrecito comenzaba a llorar”.

 

Este poeta, tan sevillano, que nació a las cuatro de la mañana, a las cuatro en punto de la mañana,  en la Feria de Abril, cuando la feria estaba en el Prado de San Sebastián, nos dice: “Para morir es buena cualquier hora / porque el tiempo se para mientras crece / la hierba o se espera / un golpe sin remedio en el costado”:

 

Francisco Arias Solis
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¡Necesitamos vivir en paz!


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