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Francisco Arias Solís

Foro Libre: Homenaje a Juan Luis Vives

Foro Libre: Homenaje a Juan Luis Vives

 

FORO  LIBRE

ASOCIACION CULTURAL, ARTISTICA Y LITERARIA (Fundada en 1992)

 

Francisco Arias Solís - Presidente ~ Plaza San Severiano, 2 ~ 11007 - CADIZ

e-mail: pazylibertad@arrakis.es

URL: http://www.arrakis.es/~aarias

 

 

“Desterrada la justicia que es vínculo de las sociedades humanas,

muere también la libertad que está unida a ella y vive por ella.”

Juan Luis Vives

 

 

HOMENAJE DE FORO LIBRE A JUAN LUIS VIVES     

 

El próximo lunes, día 4, a las 20.30 horas, en la cafetería-restaurante El Cantábrico (Avda. Cayetano del Toro, 21 - Cádiz), la Asociación Cultural, Artística y Literaria FORO LIBRE celebrará un encuentro literario sobre la vida y la obra del humanista Juan Luis Vives (1492-1540),  con motivo del 469º aniversario de su muerte.

 
Este “maestro sapientísimo” según decía Feijoo, representa en España, además de un puro valor filosófico, el primer intento logrado de una actitud intelectual, llena de sentido experimental. Una de las cabezas liberales y nobles que España ha dado a la Humanidad y una de las figuras más interesantes del Renacimiento europeo. Su prestigio como pensador le coloca en una de las cimas del humanismo cristiano.


Este pensador y trotamundos polemista rebelde en la Sorbona, educador de príncipes y pulidor de princesas, amigo fervoroso de Erasmo, soñador de una patria universal, nostálgico perpetuo de su Valencia, siente un intenso amor por las cosas pequeñas. Juan Luis Vives ha sentido, acaso  mejor que nadie, la eterna poesía de lo pequeño y cotidiano.  

 

Tenía diecisiete años el filósofo valenciano cuando llegó a París. Su alma se rebelaba contra la rigidez de los maestros españoles y contra su falta de sentido de la realidad. La Sorbona le aburrió. Pero de París partían los caminos que conducían a todas las venturas del pensamiento.

Vives alcanzó prestigio en toda Europa. Es autor de numerosas obras, escritas en latín, de carácter filosófico, religioso, moral y pedagógico. De entre ellas destacan las siguientes: De prima philosophia, De anima et vita, De veritate fidei christianae, De institutione feminae Christianae, De causis corruptarum artium, Exercitatio linguae latinae, etc. De todos sus libros hay uno que alcanzó fama singular. Se llama De institutione feminae Christianae (Institución de la Mujer Cristiana). Cuando Vives escribe sus Diálogos, estaba ya muy enfermo, próximo a morir ya de gota y del mal de piedra. Acaso no haya libro en nuestra literatura tan íntimo y gustoso.

Cuando ya tenía cuarenta dos y años, y acaso presiente su próximo fin, le dijo amargamente, en una de sus cartas a Erasmo: “Pasamos tiempo difíciles, en los que no se puede hablar ni callarse sin peligrar”. Las persecuciones a las ideas, en todas partes redoblaban. En España gemían en el calabozo sus amigos Vergara y Tovar.

 

 

Francisco Arias Solís

 

No hagamos las paces con la guerra, ni tampoco levantemos guerras con la paz.


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Gracias.

 

José Cadalso por Francisco Arias Solis

José Cadalso por Francisco Arias Solis

 

 

JOSE CADALSO

(1741-1782)

 

“Muerta Filis, el orbe nada espera

sino niebla espantosa, noche helada,

sombras y susto como el pecho mío.”

José Cadalso.

 

 

LA VOZ DE UN GADITANO ILUSTRADO

 

“Es Cadalso –escribía Azorìn- uno de los más simpáticos ingenios del siglo XVIII, resúmese en su obra –acaso mejor que en otra alguna- todo el espíritu de aquélla época”.

 

José Cadalso y Vázquez nace en Cádiz el 8 de octubre de 1741. Huérfano muy pronto de madre. La niñez de Cadalso transcurre bajo la tutela y la dirección de la familia materna, en especial de su abuelo y de su tío José Vázquez, sacerdote jesuita y hombre de letras.

 

En torno a 1750, su padre regresa de una prolongada estancia en América. Comienza entonces, en compañía del hijo, una serie de viajes de negocios por Europa. Cadalso estudia en el colegio parisino de Louis-Le-Grand, regentado por la Compañía de Jesús.

 

A su vuelta del extranjero, Cadalso completa su formación, en el Real Seminario de Nobles de Madrid. En 1760, Cadalso inicia un segundo viaje  por Europa planeado al parecer con fines educativos, pues realizó estudios de Derecho y  Política. Adquirió una sólida formación cultural y un conocimiento directo y vivo del espíritu de la Ilustración. Gran lector de los clásicos, conocía el latín, el francés, el inglés y el italiano. En 1762 ingresa como cadete en el regimiento de Caballería de Borbón y es nombrado capitán en 1764. Hasta 1776 no obtuvo el grado de Comandante y solo en 1782, un mes antes de su muerte, obtiene al fin el ascenso a coronel. Algunas damas de la aristocracia le obsequiaron con un trato de favor. Asistía asiduamente a las tertulias que la condesa-duquesa de Benavente mantenía en su palacio.

 

Con gran escándalo de la nobleza circuló por Madrid un libelo titulado Calendario manual y Guía de forasteros en Chipre, donde se hacía una descripción de las costumbres amorosas típicas de la sociedad dieciochesca. El público, confiesa el propio Cadalso, “me hizo el honor de atribuírmelo diciendo que era muy chistoso”. Como consecuencia de ello, tuvo que salir desterrado de Madrid a Zaragoza, “empeñado, pobre y enfermizo”, al finalizar el mes de octubre de 1768.

 

Pasado los seis meses de destierro, regresa Cadalso a Madrid. Donde conoce a una de las más notables actrices de la época, María Ignacia Ibáñez, la “Filis” de sus poesías. Ella había estado en la corte desde 1768, cuando la trajeron a Cádiz para ser sobresalienta en la compañía de María Hidalgo. Sus amores con la actriz han dado lugar a toda una leyenda de marcado sabor romántico. Lo indiscutiblemente cierto es la sinceridad de ese amor y su breve duración, por la muerte inesperada de María Ignacia, de tifus, a los veinticinco años, en abril de 1771, como son incuestionables las críticas de la sociedad cortesana, escandalizada porque él era un militar y por añadidura de la Orden de Santiago, mientras que ella era una “famosa cómica”, como dice el propio Cadalso, “la mujer de mayor talento que yo he conocido y que tuvo la extravagancia de enamorarse de mí cuando yo me hallaba desnudo, pobre y desgraciado”. Fue un amor de unos meses tan sólo, que hizo al poeta recuperar su fe en valores humanos de los que habitualmente dudaba. No puede extrañar la grave enfermedad que le aquejó y la soledad en que se sintió vivir; no es necesario hacer literatura para interpretar su dolor y desesperación. Se comprende que ello le haya llevado al desahogo literario de Noches lúgubres.

 

Es evidente que la leyenda de un Cadalso desenterrador del cadáver de su amada y el destierro consiguiente ha nacido de la obra en sí, o sea, de la literatura. Pero es incuestionable que a su vez esa literatura ha arrancado del dolor personal derivado de una situación real y vivida: el amor por María Ignacia, la fidelidad que ella demostró hacia el arruinado militar, la perturbación de éste y su grave enfermedad como consecuencia de su prematura muerte.

 

Entre 1770 y 1774, Cadalso publica, entre otras obras, Solaya o los circasianos, drama en el que la censura exigió grandes modificaciones, el drama Don Sancho García, estrenado sin éxito por la propia María Ignacia, Noches lúgubres y Los eruditos a la violeta, cuya primera edición se agotó en pocos días. Ante el éxito conseguido, el autor publicó en el mismo año, 1772, El buen militar a la violeta, que vería la luz póstumamente.

 

Marcha a Salamanca donde conoce a Meléndez Valdés y otros escritores. En 1773 publica Ocio de mi juventud, libro poético que muestra una afinidad con Garcilaso, y un concepto de la poesía que el escritor gaditano contagia a sus amigos salmantinos. Entre todos ellos se da un sentido roussoniano de la amistad “la pasión más noble del hombre”.

 

Tras una corta estancia en Madrid (1774), Cadalso debe seguir a su regimiento, por tierras extremeñas y andaluzas. Destinado por propia voluntad a la Marina, en 1779, es destinado al frente de Gibraltar, donde muere el 27 de febrero de 1782.

 

La obra cumbre de Cadalso es una colección de 90 cartas, Cartas marruecas, que fueron publicadas en 1789, siete años después de su muerte. “Los políticos –escribía Cadalso- son unos hombres que no sueñan noche y día sino en hacer fortuna por cuantos medios se ofrezcan”. Y añade: “Con el mimo tono dicen la verdad y la mentira. Sólo una cosa les falta. ¿Cuál es la cosa que les falta? No les falta más que entendimiento”. Es sorprendente la extraordinaria modernidad de la crítica social del ilustre escritor gaditano.

 

A pesar de su cultura, de su exquisita sensibilidad y de su extraordinario sentido crítico y de la lucidez con que supo ver los problemas de España, Cadalso vio frustradas muchas de sus esperanzas, entre ellas las del amor. Al final de su vida la nota dominante de su personalidad no es tanto el estoicismo como el escepticismo que nos recuerda a Larra. Cadalso siempre se mantuvo fiel a su lema: “Pero jamás con versos inhumanos / héroes he de llamar a los tiranos”.

Francisco Arias Solis
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No se puede ser libre más que entre libres.

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Armando Palacio Valdés por Francisco Arias Solis

 

 

ARMANDO PALACIO VALDES

(1853-1938)

 

“Triste es llegar a una edad en que todas las mujeres

 agradan y no es posible agradar a ninguna.”

Armando Palacio Valdés

Triste es llegar a la edad en 
 

 

LA VOZ DE UN APOLOGISTA DE LA VIDA CAMPESTRE

 

Las obras de Armando Palacio Valdés alcanzaron en tiempo extraordinaria difusión, tanto en España como en el extranjero, hasta el punto que se puede afirmar que fue uno de los novelistas más leído y traducido.

 

Palacio Valdés, como la Pardo Bazán, comienza a escribir en la década del 80, la gran década realista, pero lo mismo que la escritora gallega, intenta, desde el primer momento, buscar nuevos caminos a un realismo floreciente pero, al parecer, sin futuro. Toda la obra novelesca de Palacio Valdés, anclada en este descubrir caminos, adolece de una falta de unidad notable. El escritor asturiano publica novelas naturalistas, realistas, psicológicas, dualistas y hasta novelas  “rosas”. Sin embargo, todo a lo largo de su extensa obra, se va perfilando un mundo personal, e incluso personalísimo. Palacio Valdés es el primer novelista subjetivo de la generación del 68.

 

Armando Palacio Rodríguez-Valdés nace en Entralgo, aldea asturiana, el 4 de octubre de 1853. De familia acomodada, pasó su infancia en Avilés y Entralgo, estudió el bachillerato en Oviedo, donde trabó íntima amistad con Clarín. Pasa luego a Madrid para cursar la carrera de Derecho Se dio a conocer como crítico, colaborando en la Revista Europea, de la que llegó a ser director. En 1906 fue elegido académico, pero no ingresó en la Academia hasta 1920. Antes, y durante la primera guerra europea, había actuado como corresponsal en París; sus artículos fueron recogidos en el libro La guerra injusta. En los años 1927 y 1928 se le propuso para el premio Nobel. Palacio Valdés murió en Madrid el 28 de enero de 1938.

 

Desde 1881, fecha de la aparición de El señorito Octavio, hasta 1931, en que se publica Sinfonía pastoral, la producción novelística de Palacio Valdés se desarrolla en dos docenas de obras de tema y ambiente distintos. Acaso la nota predominante sea la regional y costumbrista; y atendiendo a ella, es decir, a los diversos escenarios en que sitúa la acción, se establecen los siguientes grupos. Novela asturiana: El señorito Octavio, El idilio de un enfermo, El cuarto poder, La fe, La aldea perdida, Marta y María, Sinfonía pastoral; novela madrileña, La espuma Riverita y Maximina, Papeles del doctor angélico, Tristán o el pesimismo; novela andaluza, La hermana de San Sulpicio, Los majos de Cádiz y Los cármenes de Granada. Completan la producción de Palacio Valdés: La novela de un novelista, El gobierno de las mujeres y La alegría del capitán Ribot.

 

La novela de Palacio Valdés nos ofrece un amplio panorama de la vida española durante la segunda mitad del siglo XIX y primeras décadas del siglo XX. Casi todas las clases sociales y profesiones u oficios hallan en ella representación. Sorprende un poco en esta producción la ausencia de problemas políticos, sin duda Palacio Valdés considera la política como algo secundario en la vida de una nación, algo vinculado en sus manifestaciones al nivel cultural y moral del pueblo.

 

A pesar de sus méritos, la estimación de Palacio Valdés ha sufrido un gran descenso en los últimos años. Sin duda ello se debe al profundo cambio operado en el concepto tradicional de la novela. Palacio Valdés no fue, nunca quiso ser, ni un estilista ni un psiquiatra. Simplemente se propuso, entretener y distraer. Si de paso aventaba en el alma del lector ciertas inquietudes o planteaba problemas, mejor para él.

 

El paisaje sirve a Palacio Valdés para justificar muchas cosas; no es un fin, es un medio. Novela de exaltación de los elementos de la Naturaleza, mar o montaña, valle de pradería pone en contacto y en contraste dos tipos de vida y de civilización: la natural y la artificial de la ciudad y el campo. Nos hallamos, quizá sin propósito deliberado del autor, ante una novela de tesis desarrollada siempre con un ideario similar: apología de la vida campestre.

 

El realismo que defiende Palacio Valdés no debe entenderse como copia fiel de la realidad, sino como recreación poética de la misma: el artista depura lo que haya debajo y repugnante de la vida. “No hay que olvidarse –decía Palacio Valdés- de que el novelista es, ante todo, un poeta”.

 

Francisco Arias Solis
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La peor paz es mejor que la mejor guerra.

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Eugenio D'Ors por Francisco Arias Solis

 

 

EUGENIO D’ORS

(1881-1954)

 

“El conocimiento concreto, la noticia

 nos da la mitad del saber; la clasificación,

 el orden, la otra mitad. Lo primero satisface

 a nuestro ímpetu de curiosidad; lo segundo,

 a nuestra exigencia de razón.”

Eugenio de D’Ors.

 

 

LA VOZ DEL ESPECIALISTA EN  IDEAS  GENERALES

 

La generación de escritores españoles para quienes D’Ors acuñó el concepto de novecentismo, está integrada principalmente por ensayistas, historiadores, críticos y novelistas de sólida formación y cultura amplia que pretenden enseñar e influir con sus ideas en el porvenir de España; unas ideas para las que buscan la forma más cuidada y literaria.

 

Los caracteres del novecentismo español fueron expuestos por Eugenio D’Ors, inventor del concepto; en principio, hacia 1910 crece con carácter ciertamente homogéneo otra generación hija del 98 pero diferente de ella, que posee ideas propias  y si no enfrentadas a las de sus padres literarios al menos opuestas; cumplen más o menos, con los requisitos generacionales y se agrupan en torno a una fecha clave: la guerra del 14 que les presta una orientación común, salvando siempre las individualidades.

 

Eugenio D’Ors y Rovira nace en Barcelona el 28 de septiembre de  1881; su padre era catalán, doctor en medicina y su madre cubana. D’Ors evoca el paisaje isleño con palabras ilusionadas. “Cuando cierro los ojos y pienso en los días de mi niñez y en las imaginaciones que primeramente me he complacido, veo confusamente un paisaje tropical, con grandes árboles de hoja lasciva y siestas doradas sobre el azul...”.

 

Era un niño de gabán de pieles, y él nos contó que se extravió un 1º de mayo: “Me encontré entonces solo por primera vez en mi vida, solo en medio de todo un pueblo de manifestantes, con mi famoso gabán forrado de piel, por el cual  sentía tanta vergüenza... pero la corriente de la manifestación que pasaba me incorporó en seguida a sus olas tumultuosas. Y fue así cómo he pedido, sin sospecharlo y lloriqueando, la jornada de ocho horas”.  A las dieciséis años comienza a escribir firmando  Xenius, declinación familiar de Eugenio.

 

D’Ors estudió en la Universidad de Barcelona Derecho y Filosofía.  En 1906 se trasladó a París para continuar sus estudios en la Sorbona y en el Colegio de Francia. Se doctoró en Derecho la Universidad de Madrid  y en Filosofía en la Universidad de Barcelona. Fue catedrático de Historia de la Cultura y miembro de la Real Academia.

 

En 1910 le nombran director de Instrucción Pública de la Mancomunidad y funda el Instituto de Estudios Catalanes y la Escuela de Bibliotecario, cargo que desempeñó hasta 1920.

 

Cultiva la novela, el ensayo, la glosa, la crítica de arte, la didáctica con su contenido filosófico, pero él se niega a ser adscrito a un determinado género literario e insiste en llamarse “especialista en ideas generales”. Colaboró en varias revistas literarias de su época, entre ellas, Quatre Gats, La Creu del Montseny, Pèl y Ploma o Auba, y en El Poble Catalá publicó sus escritos de crítica de arte.

 

Entre su producción destacan: La muerte de Isidro Nonell (1905), Glosario (1906), su obra más notable y a la cual está ligada su fama, en la que recoge una serie de “glosas” o comentarios sobre literatura, arte, política, etc. El Glosario es para D’Ors algo así como una especie de “memorias” de su propia vida. Recogido el Glosario en libros, forman más de treinta volúmenes, que los han llamado “summa de los tiempos nuevos”.

 

“La glosa de Eugenio d’Ors es el resto de un naufragio. Ni filósofo reconocido -escribía Francisco Umbral-,  ni poeta ni narrador, d’Ors es todas esas cosas en catalán, francés y español, dentro de un recuadro de periódico… Eugenio d’Ors aporta al periodismo un tonelaje de filosofía y de humor, una cultura pasada por la calle, pasada y paseada, haciendo familiares los grandes nombres a los lectores de periódico. Todo el periodismo literario que se ha hecho después de d’Ors, o se asemeja a la glosa o cae en el editorial”. 

 

Eugenio D’Ors quiso llevar a Cataluña por el camino de la “regeneración”. Esta regeneración quiso hacerla Xenius por el camino de la ética y de la estética. El Sócrates de la moderna España, como llamó Eberhard Vogel  a Xenius, quiso establecer un orden jerárquico dentro de la ciencia. Hay que vivir según una ley de armonía. Los últimos románticos aconsejaron: ordena tu propia vida como un poema. La novela La bien plantada (1912), modelo del ideario “noucentista”,  aconseja: ordena tu propia vida como la elegante demostración de un teorema matemático. Sin esta elegante ordenación el hombre persiste en el caos combatido por la realidad. En 1936 D’0rs apoyó la sublevación militar contra la II República y más tarde defendió el clasicismo y el catolicismo ecuménico y combatió el modernismo a favor de “la obra bien hecha” y de una cultura aristocrática, elitista y minoritaria.

 

Otros títulos relevantes de la obra de Xenius son: Filosofía de un hombre que trabaja y que juega (1914), Nuevo glosario (1921), Novísimo glosario (1947) y las publicaciones póstumas, La verdadera historia de Lidia Cadaqués (1954) y La ciencia de la cultura (1964). Xenius fue, además, un lúcido crítico de arte, como bien demuestran Tres horas en el Museo del Prado (1923)  o Lo barroco (1935). Eugenio D’Ors murió en Vilanova i la Geltrú el 25 de septiembre de 1954.

 

La filosofía dorsiana es esencialmente dualista. En su obra Filosofía del hombre que trabaja y que juega, expone que el hombre no puede consagrarse al trabajo o al juego sin que haya en él una lucha entre su libertad interior y la resistencia o fatalidad exterior.

 

Narrador  y artista Xenius lo es de cuerpo entero, narra fugazmente, con precisión, con sutileza y cuando crea, el artista se yergue con un estilo inimitable. Gran lanzador de frases, unas con suerte y otras sin ellas ha abundado en apotegmas de escándalo, es decir, contrarios a su propia naturaleza, siempre castigada por la prudencia. Así contra toda renovación dice: “Lo que no es tradición es plagio”.

Francisco Arias Solis
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Será vano el intento de humanizar las guerras. Lo humano es evitarlas.


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Gracias



Marqués de Santillana por Francisco Arias Solis

MARQUES DE SANTILLANA

(1396-1458)

 

 “Oyó los secretos de la Filosofía

y los fuertes pasos de la Naturaleza,

obtuvo el intento de la su pureza

y profundamente vio la Poesía.”

Marqués de Santillana.

                                                                                             

LA VOZ DEL PRIMER CRITICO LITERARIO DE  POESIA

 

Muchas veces se ha repetido esta mágica estrofa de la Comedieta de Ponza –del admirable poeta, Iñigo López de Mendoza, nacido en Carrión de los Condes, el 19 de agosto de 1398-, de donde destaca este verso “... y profundamente vio la Poesía”.

 

El elogio se refiere al rey caballero don Alfonso de Aragón; y lo hace su madre dolorida: doña Leonor, contestando a Juan de Bocaccio, al lamentar la derrota de Ponza. Y esta estrofa sigue a la que empieza por el verso: “las sílabas cuenta e guarda el acento...”; y añade evocando a Euclides (“pues en Geometría Euclides no tuvo gran sentimiento...”). Es decir, que en muy poco espacio, muy pocos versos, el primer crítico literario de poesía de nuestra lengua (primero cronológicamente) encierra una poética, y hasta una retórica, cuyo alcance se prolongará siglos, llegando diría que hasta nosotros intacta en su vigencia fundamental.

 

El autor de tan mágica estrofa, durante su juventud, se consagró con éxito al servicio de las armas, cooperando en las guerras de la Reconquista, habiendo figurado en la batalla de Olmedo, en 1445, año en que recibió el título de Marqués de Santillana. En poesía fue discípulo del duque de Villena, siendo un gran protector de poetas en la corte. El Marqués de Santillana murió en 1458.

 

Detengámonos en estos versos. Y en sus versos, verdaderamente finales, por su medida aconsonantados: filosofía, naturaleza, pureza, poesía. El último se nos afirma, ante todo, como visión: y visión profunda. Tan profunda que su musicalidad se transparenta en ella y por ella luminosamente. Y ésta es, para el poeta la poesía. Admirable “visionario” y “oidor” o “escucha” de poesía, este elegantísimo Santillana. “hablando como extranjero, armado o vestido como francés...” como se le cantó satíricamente en su tiempo por las famosas Coplas de Panadera.

 

La figura de este poeta se ha ido agrandando y afinando, perfilando cada vez más “pura”, firme, poderosa, con los siglos. Es tiempo de darle en la historia y tradición de la mejor poesía española el sitio que le corresponde y merece. Situar su nombre poniéndole junto a Juan Ruiz, a quien sucede como la mayor figura literaria de su siguiente siglo; y al lado de Manrique y Ausias March; al lado, en los siglos siguientes, de fray Luis, de Herrera, de Lope, de Góngora, de Quevedo... Pues, como todos ellos acompaña a su creación, a su poesía e invención poética, una conciencia crítica, reflexiva, poderosísima. Conciencia o reflexión igualmente poética. “El arte –escribe Menéndez Pelayo- como toda obra humana digna de este nombre es obra reflexiva; sólo que la reflexión del poeta es cosa muy distinta de la reflexión del crítico y del filósofo”. Esta “cosa muy distinta”  que es la reflexión crítica de la poesía que nos puede y debe, dar el poeta, esa cosa muy distinta de las reflexiones que sobre la poesía nos hacen los críticos más o menos filosóficos o cientificistas.

 

En Santillana, esta “reflexión del poeta” se nos ofrece con singularísimo interés literario. Leámosle. Releámosle, tomando como “punto de partida” su reflexión critica; la que en estas estrofas a que aludo nos expresan su poética con tan clara evidencia: oír, escuchar “los secretos de la filosofía” y “los fuertes pasos de la naturaleza”; obtener con pureza ese intento, obtenerlo poéticamente: viendo, mirando, en profundidad, con profundidad la poesía. ¡Y con qué puro mirar y oír reflexionó este lírico poeta español, extraño, del siglo XV!

 

Francisco Arias Solis
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Paz y libertad. 


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Germán Bleiberg por Francisco Arias Solis

 

GERMAN BLEIBERG

(1915-1990)

 

“Sólo el dolor, amor, de no tenerte

desnudo y clausurado en mi mirada

sin el temblor antiguo que era el verte.”

Germán Bleiberg,. 

 

LA VOZ DEL CANTOR DE LA NOCHE

 

Hora de España –escribía Arturo Serrano Plaja en 1938- ofrece hoy a sus lectores con las páginas de un diario sobre la guerra en el Norte, la colaboración de Germán Bleiberg. Este joven poeta formado culturalmente en la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid, era ya antes de la guerra conocido y estimado en los medios literarios...”

 

Germán Bleiberg nace en Madrid en 1915. Se doctoró en Filosofía Moderna en la Universidad de Madrid. En 1935 aparece en la Tertulia Poética de Manuel Altolaguirre y Concha Méndez su poema largo El cantar de la noche. En el número de enero de 1936, Revista de Occidente publica su Oración de la muerte.

 

Poeta perteneciente a la  generación del 36. De 1936 es su primera colección de sonetos, a los que llamó, precisamente, Sonetos amorosos, de línea garcilasista, y las experiencias de la guerra y la cárcel, encuentra una expresión propia, de amplia frecuencia, de raigambre en cierto modo romántica en Más allá de las ruinas (1947). Sonetos aquellos de lo mejor de su época: “Encuentro en ti la luz estremecida...” , “Toda la luz esposa en tu mirada...”., “Sólo aquel tembloroso viento amado...”, “¡Oh mi amada, entre pájaros ilesa!”, cántico exquisito de amor, al borde de la herida.

 

En 1938 recibe compartido con Miguel Hernández, el Premio Nacional de Literatura, por una obra dramática perdida, Sombras de héroes, un poema dramático, que se representó con gran éxito en el Teatro de Arte y Propaganda de Madrid. Participó en la guerra civil, defendiendo la legalidad republicana  y estuvo encarcelado desde 1939 a 1943. 

 

Aparte de otros estudios, como su contribución a la biografía de Mateo Alemán o su temprano acercamiento literario a las revistas literarias de 98, que data de 1948, contribuye a las letras con obras de referencia: dirige el Diccionario de Historia de España y con Julián Marías, el Diccionario de Literatura Española.

 

En 1941 aparece el encanto misterioso de su admirable Elegía de las hojas otoñales y posteriormente el potente Himno del hombre, hecho con semilla y ceniza, abrazo y clamor y amor y desventura. Tarde de otoño y sobre todo Himno de la transfiguración –1945- revelan la plenitud de un poderoso poeta de raíces en la mejor tradición nórdica e hispana. En El poeta ausente (1948) y La mutua primavera (1948), sin renunciar a la ternura estilística de los primeros momentos, Bleiberg pasa a una poesía existencial, abordando  temas trascendentales y hasta se aventura de cuando en cuando por las zonas del surrealismo.

 

Es autor de una Antología de Elogios de la Lengua Española (1941)  y de una Antología de la Literatura Española. Exiliado en Estados Unidos, desde 1961 fue profesor en dicho país, y desde 1967, desempeñó la cátedra de Humanidades “Andrew W. Mellon” en Vassar College. Germán Bleiberg falleció en Madrid el 31 de octubre de 1990.

 

Bleiberg ha sido riguroso enjuiciador de su obra al publicar en 1975, una Selección de poemas 1936-1973, en la que se recogen muestras de sus otros libros.

 

“Siempre lo seguía con verdadero cariño –le dice Juan Ramón Jiménez en una carta desde Ríos Piedras, isla de Puerto Rico-, desde los tiempos finales de mi vida en Madrid, cuando empecé a leer lo suyo; sino recuerdo mal, en las revistas de Altolaguirre”.

 

Germán Bleiberg es un intelectual humanísimo, lleno de emoción y especulación, síntesis perfecta de sensibilidad y razón. Sin embargo, la inmensa losa del olvido ha caído sobre El cantor de la noche.  Y es que, como dijo nuestro poeta: “Cuando llegó la noche poderosa, /  hermética tiniebla, inmensa losa / sepultando principios de hermosura”.

 

Francisco Arias Solis
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El futuro se gana, ganando la libertad.

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José Luis Hidalgo por Francisco Arias Solis

EN EL 90º ANIVERSARIO DEL NACIMIENTO DE

JOSE LUIS HIDALGO

(1919-1947)

 

“Mira ese árbol seco,

sin sangre y sin abrigo,

batido por tus vientos

por tus vientos, herido;

hasta las ramas secas

de su tronco ha perdido.”

José Luis Hidalgo.

 

LA VOZ PROFUNDA DE LA MAS PURA POESIA

 

José Luis Hidalgo es uno de los poetas importantes de la generación del 40. Junto con Vicente Gaos y José Hierro se da a conocer en torno a los poemas que aparecen en la revista santanderina  Proel. Publica también en otras revistas (Espadaña, Escorial, Corcel). Hidalgo crea una poesía existencial y metafísica, en la que el poeta dialoga con un Dios que es incapaz de responder  a sus preguntas. Poesía existencial, de desgarramiento religioso, en la que el hombre, en su profunda soledad, se enfrenta con Dios y en la que alienta constantemente un presentimiento de muerte, ante la que el poeta  se rebela. Poesía meditativa y metafísica, del hombre y de Dios, de la vida y de la soledad, de la muerte. Para Julia Uceda, estudiosa de Hidalgo, el poeta “ama la vida, aunque pudiera parecer que hay en su obra elementos necrófilos, porque en las raíces del libro (Los muertos) hay un supremo grito de rebeldía ante la muerte y la destrucción”.

 

José Luis Hidalgo contaba veintisiete años en el momento de su muerte, tras una estancia de un año en el sanatorio. En el momento de cesar toda actividad José Luis vivía una etapa de gran dinamismo y de esperanza en sí y en su doble obra de pintor y escritor.

 

José Luis Hidalgo nace en Torres, una localidad próxima a Torrelavega, el 10 de octubre de 1919. Su madre murió siendo él todavía muy niño. Estudia bachillerato en el Instituto de Torrelavega. En julio de 1936 se hallaba en Madrid con motivo de una competición internacional. Presenció en esta ciudad las primeras jornadas de la conmoción que sacudió a España. Para volver a Santander tuvo que dar un rodeo por Barcelona y Francia.

 

La conclusión de la guerra civil lleva a José Luis a Valencia, al ser destinado a aquella guarnición –el 1 de octubre de 1939-. La vida del cuartel no le suponía grandes obligaciones y se matricula en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos. No es aventurado suponer que en esta temporada veía más claro ante él el camino de la pintura que el de las letras.

 

Un grupo de amigos del poeta funda la revista Corcel, en la que aparece su poema “Hay que bajar”, el más significativo de su primer libro Raíz (1944). Libro que presentó a la primera convocatoria del premio Adonais y por el que recibió mención honorífica. Publica su segundo libro, Los animales (1945), que descubre la fina sensibilidad del poeta.

 

Alterna los días de Madrid con estancias en Valencia y Santander. En Valencia se hallaba su novia con la que pensaba casarse en cuanto consolidara un poco su situación económica. Trabaja en una novela, En la escalera, que venía escribiendo en unos grandes cuadernos.

 

José Luis Cano ha cogido el próximo libro Los muertos en la colección Adonais, y son otros dos constantes  amigos del poeta José Hierro y Ricardo Blasco, los que hacen la ordenación y selección definitiva. Otros, Ramón de Garcíasol  y Vicente Aleixandre, corrigen las pruebas. Y así, con las pausas o pequeñas esperanzas que da el curso de la enfermedad cuyo fatal fin conocen los amigos, van adelantando la edición del libro que por muy pocos días no llegó a ver el poeta, que murió de tuberculosis en Madrid el 3 de febrero de 1947.

 

Ricardo Blasco ha contado la génesis de Los muertos, pensado en su primera idea como un canto a la guerra civil española, vista desde sus muertos. La llanura de los muertos era su título inicial. “Al final ya no sabemos –decía Gerardo Diego- si hemos leído un libro de muertos o un libro de vida plenaria y gozosa; si hemos sobrevolado el santo campo de las tumbas o el celeste campo de las estrellas”. Y añade: “El poeta es de esa egregia familia”, refiriéndose a la que ha nombrado anteriormente, y que va desde Job a Unamuno y Antonio Machado.

 

Todos los poetas, sin reservas, han considerado a José Luis Hidalgo la voz más profunda de su generación. La poesía se hace con pasión –creía José Luis Hidalgo-, y la pasión puesta en el puñado de poemas que fueron naciendo en él durante los dos últimos años de su vida, se unió a una madura meditación poética sobre el hombre y su fin. Y como dijo nuestro poeta. “¿Qué piedad por los muertos vas  a tener, Señor, / si ya tu voluntad los ha matado, / si ya los ha hundido para siempre / en un silencio eterno y sin descanso?”.

 

Francisco Arias Solis
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Si quieres la paz, prepárate a vivir en paz con todos los hombres.

 


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Gracias.
 

 

 

Elena Quiroga por Francisco Arias Solis

ELENA QUIROGA

(1921-1995)

 

“Yo he escrito siempre con libertad

 y no   hubiera permitido que me la quitaran.”

Elena Quiroga.           

 

LA VOZ DEL ARTE DE NOVELAR

 

Elena Quiroga perteneció a la generación de las posguerra. “Creo que todos (los de esta generación) nos caracterizábamos por la sensación de incomunicación, insolidaridad y soledad. Más exactamente: falta de libertad”, dijo en cierta ocasión. La palabra libertad tenía una gran significación para la autora. “He escrito siempre desde mi libertad”, dijo en otra ocasión.

 

Cuando en la escena literaria española dominaba el realismo social, se le consideraba, con cierta displicencia, una autora culta. Fue Elena Quiroga una de esas escritoras que se revelaron después de la guerra civil, como Carmen Laforet, Ana María Matute o Dolores Medio. Quiroga fue una de las escritoras que cambiaron, frente a la generación anterior, la manera de ver lo femenino, y que intentaron y consiguieron un género  que sobrepasaba lo testimonial para adentrarse en lo psicológico.

 

Elena Quiroga de Abarca nace en Santander el 26 de octubre de 1921. Hija de los condes de San Martín de Quiroga,  pasa parte de su infancia en Galicia. Aunque no estudió ninguna carrera universitaria, Quiroga se dejó guiar por su insaciable curiosidad intelectual atendiendo como alumna libre las clases que más le interesaban. Disciplinada y estudiosa, trabajó durante años unas cuatro o cinco horas diarias en sus novelas y o escritos.

 

Elena Quiroga ganó el Premio Nadal en 1950 con una obra a la que debió durante años su prestigioso literario, Viento del Norte, donde hay algunas resonancias de la Pardo-Bazán. Con Algo pasa en la calle se adentró Quiroga en un universo urbano y abordó  temas más candentes, línea que prosiguió con títulos como  La careta, La última corrida, Tristura, Escribo tu nombre y Presente profundo, su última novela , de 1973, de tonalidades abiertamente trágicas.

 

Su producción literaria se centra en los años cincuenta y sesenta, publicó diez novelas en catorce años. El ambiente gallego impregna la mayoría de sus novelas. También ha dejado algunos escritos en gallego.

 

Fue la segunda mujer –la otra es Carmen Conde- en entrar en la Real Academia Española; elegida en 1983, su discurso de ingreso un año después giró en torno a Alvaro Cunqueiro, de quien fue amiga personal. De su elección dijo Rafael Lapesa al recibirla en la ceremonia de ingreso que “entra en esta casa, no por ser mujer, ni por que es hermosa, linajuda y distinguida, sino sólo por su obra literaria; y en ella se manifiesta el don de sabiduría como conocimiento del alma humana, sagaz observación de lo significativo, rechazo de la desmesura y dominio del arte de novelar”.

 

Sus últimos años lo vivió a caballo entre el pazo de Nigrán (Pontevedra) y Madrid donde no solía faltar a la reuniones de la Academia. El 31 de agosto de 1995 sufrió una caída en el pazo de Nigrán y se fracturó la cadera. La muerte le sobrevino el 3 de octubre de 1995, y  sus restos fueron trasladados a Villafranca del Bierzo, donde fue enterrada en el mismo panteón que su esposo, el académico de la Historia Dalmiro de la Válgoma.

 

Elena Quiroga evolucionó desde la estructura muy tradicional de su primera novela, Soledad sonora, hasta la mayor complejidad de las ulteriores, aunque se mantuvo fiel a una temática basada en la introspección, en la creación de personajes solitarios  y problemáticos, en el protagonismo femenino. Elena Quiroga ha sido durante años una presencia indispensable cuando se hablaba de novela femenina. Otra cosa es la pertinencia del concepto –más que discutible- y si la misma sensibilidad de la obra está en sintonía con lo que hoy piensan y escriben las más destacadas narradoras españolas. Y como dijo Buero Vallejo: “Era una mujer del pueblo en la Academia”. 

 

Francisco Arias Solis
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Se ama la libertad como se ama y se necesita el aire, el pan y el amor.

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Gracias.