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Francisco Arias Solís

Francisco Martínez de la Rosa por Francisco Arias Solis

FRANCISCO MARTINEZ DE LA ROSA

(1787-1862)

 

 

“Más florida en la vega

que el manso Genil riega;

más grata la morada

de la hermosa Granada...”

 Francisco Martínez de la Rosa.

 

 LA PRIMERA VOZ DEL TEATRO ROMÁNTICO

 

En España no se había estrenado una sola obra de enfoque romántico hasta 1834, con la célebre Conjuración de Venecia de Francisco Martínez de la Rosa. La generación romántica se da a conocer desde el más antiguo y moderado de sus representantes, la obra de este granadino mereció entonces una crítica elogiosa de Larra.

 

Los románticos de la primera generación son igualmente los encargados de amainar, reducir e incluso denostar al romanticismo. Y así lo observa Vicente Llorens cuando hace notar que el drama Amor de padre, de Martínez de la Rosa, está escrito en 1849 “contra el romanticismo y contra la revolución”.

 

Al asomar la década del 50 se había llegado al otro extremo del camino emprendido en el 34. Signo palpable de esta orientación: los viejos liberales Martínez de la Rosa, el Duque de Rivas o Alcalá Galiano son ahora conservadores y detentan altos cargos en la administración y en las letras.

 

Francisco Martínez de la Rosa nace en Granada el 10 de marzo de 1787. A la edad de dieciocho años era catedrático de filosofía moral y fue elegido diputado en las Cortes de Cádiz de 1813 a la edad de veintiséis. Según Menéndez Pelayo fue “el primer moderado español”.

 

Su fulgurante carrera se interrumpe al regreso de Fernando VII. Martínez de la Rosa, liberal constitucionalista, es condenado a prisión, que cumplirá por cinco años en el Peñón de la Gomera (1815-1820). Su nombre no se olvida, y cuando la sublevación de Riego es inmediatamente liberado, ocupando otra vez su puesto de diputado y siendo elegido transitoriamente como Presidente del Gabinete en 1822.

 

Escapado a Francia antes de la llegada de los Cien Mil Hijos de San Luis, Martínez de la Rosa mantuvo en el exilio una permanente actividad social y literaria. Durante su estancia en París se representó la versión francesa, que escribió el propio Martínez de la Rosa, del Abén Humeya. En 1831 se encuentra de nuevo en “su hermosa Granada”.

 

Fue de nuevo Jefe de Gobierno (1834) y promulgó desde ese cargo su célebre Estatuto Real, consagración del moderantismo político a través de su estamento de próceres y sus limitaciones para la elección de la cámara de representantes. Llegó a ser muy estimado por el Rey, que en cierta ocasión afirmó: “Es el hombre más honrado y más caballero que se ha acercado a mí desde que soy Rey”.

 

Jefe del Partido Moderado durante la etapa de Mendizábal y su Gobierno progresista, Martínez de la Rosa asistirá a la caída de los liberales exaltados y ocupará importantes cargos públicos, como la Embajada de París  y la Embajada de Roma.

 

Esta actividad se complementa con su faceta literaria que le hace alcanzar la Presidencia de la Real Academia de la Lengua. Elegido diputado y presidente de la Cámara de manera prácticamente consecutiva (1852, 1857, 1860, 1861), desde su regreso a España tras sus años de embajador, murió coronado por todos los éxitos mundanos en Madrid, el 7 de febrero de 1862.

 

Pese a que Martínez de la Rosa representa un caso singular de evolución literaria del neoclasicismo al eclecticismo y puede ser juzgado indistintamente como romántico o como antirromántico, según las etapas de su vida, no hay duda de que figurará siempre como uno de los primeros que en nuestro teatro hicieron triunfar el romanticismo.

 

Sus poesías, que mezclan etapas de inspiración clásicas con otras de talante romántico, se han perdido en parte. Casi medio centenar de poemas y fragmentos se conservan, no obstante, de lo que escribiera Martínez de la Rosa . Y sobre todo, destaca la variedad de temas y tonos tantos elogiosos como amorosos y festivos. Encarnó el genio amoroso de Granada, la ciudad suprema del amor  y el ensueño. Nunca olvidaría su Granada. Y como dijo el poeta: “Nacer,  Granada, en tu feliz regazo, / y crecer en tu seno, / de tantos bienes lleno...”

 

Francisco Arias Solis
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Tolerancia cero contra la corrupción.


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Gracias.
 

 

 

 

Pedro Muñoz Seca por Francisco Arias Solis

 

PEDRO MUÑOZ SECA

 (1881-1936).

 

“¿Te haces cargo, di, amor mío?

 ¿Te haces cargo de mis males?

¿Ves ya por qué no sonrío?

 ¿Comprendes por qué este río

 brota de mis lagrimales?...”

Pedro Muñoz Seca.

 

LA VOZ  DEL TEATRO DEL ASTRACAN

 

Comediógrafo de indudable gracia, genial inventor de “astracanadas” y situaciones disparatadas. Muñoz Seca es la gracia disparatada que lograba el éxito alimentando a una sociedad que se regodeaba en su propia miseria moral.

 

Pedro Muñoz Seca nace en El Puerto de Santa María el 20 de febrero de 1881. Estudia en el colegio de San Luis Gonzága, de su ciudad natal. En ese centro docente, regido por la Compañía de Jesús, tiene como compañeros de curso a Fernando Villalón y a Juan Ramón Jiménez. Estudiante de Filosofía y de Derecho en la Universidad de Sevilla, se doctora en ambas materias en la Universidad de Madrid. En la capital de España ejerce de profesor en la “Academia Valdeavellano” y trabaja en el bufete de Antonio Maura, y, más tarde de funcionario por oposición en la Comisaría General de Seguros. Contrae matrimonio con Asunción Ariza y responde con unos versos al amigo que le hacía notar la escasa estatura de la novia: “No quiero engañar a usté / es tan chiquita Asunción, / que cuando estamos de pie / me llega hasta el corazón”. Aparte de sus colaboraciones en Blanco y Negro, Nuevo Mundo y La Ilustración, la auténtica vocación literaria de Muñoz Seca es el teatro. La rebelión militar de julio de 1936 le sorprende en Barcelona. El 26 de julio es detenido en una pensión de la calle “Lauria” y después trasladado a la Cárcel Modelo, de Madrid, de donde lo sacan, para ser fusilado, el 28 de noviembre, en Paracuellos de Jarama. Como a tantos otros españoles la vida le es truncada por la guerra.

 

Muñoz Seca cultiva  una nueva modalidad cómica, basada en el chiste verbal o en el retruécano; una predilección por los llamados “frescos”, esto es, por individuos que van sin escrúpulo a su avío; un abuso en la acción, convencional o rudimentaria, del que se podría llamar “episodio narrativo”, esto es, de la historieta o sucedido chistoso, caracterizan este teatro, llamado del astracán, que alcanzó fortuna en los años de la primera guerra mundial y en los inmediatos. Entre todas sus obras se puede preferir una parodia del teatro poético, La venganza de Don Mendo, verdaderamente graciosa en sus despropósitos. Esta obra, estrenada el 20 de diciembre de 1918, en el teatro de la Comedia de Madrid,  representa una bocanada de aire cómico en el ambiente cada vez más enrarecido del teatro histórico-poético.

 

El comediógrafo portuense gusta de la colaboración con otros autores. Los más frecuentes son Pedro Pérez Fernández, Enrique García Alvarez e incluso Azorín (El clamor). Entre la multitud de títulos de obras cómicas citamos: La frescura de Lafuente, El verdugo de Sevilla, Los cuatro robinsones, La tela, Anacleto se divorcia. Parodia también muy feliz en su primera parte, de una opereta, sin música es la obra Los extremeños se tocan. En contrapartida, frente a estas obras cómicas se pueden señalar otras que  lo cómico se mezcla con lo sentimental: La hija del rey Lear, Los chatos, El llanto, El chanchullo y El padre alcalde. De sus últimas obras, Díez-Canedo decía: “Su autor prefiere actualmente un tipo de comedia más adocenado del que se vale para defender sus ideas políticas ultraconservadoras”.

 

Dotado de una asombrosa fecundidad el comediógrafo portuense fue un copioso proveedor de los teatros madrileños, cuatro o cinco obras por temporada, y a veces más. Su humor es  alegre, contagioso, con mucho de elementos ridículos, irónicos y, a veces, de sátira despiadada. Y como dijo el autor portuense: “La vía es un mal asunto, / porque a lo mejó te acuestas / y te levantas difunto”.

 

Francisco Arias Solis
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Paz, queramos paz.


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Gracias

 

John Galsworthy por Francisco Arias Solis

JOHN GALSWORTHY

(1867-1933)

 

 

“Sólo hay una regla para todos los políticos del  mundo:

no digas en el poder los que decías en la oposición.”

John Galsworthy.

 

 

LA VOZ DEL MAESTRO DE LA NOVELA ANALÍTICA

 

El novelista y dramaturgo inglés John Galsworthy, premio Nobel de Literatura en 1932, era tenido al morir, por una gran figura literaria y ha sido considerado como uno de los escritores   más famosos y populares del primer tercio del siglo XX. Como novelista, lo que parece ser su obra maestra definitiva es la serie titulada La saga de los Forsyte  (1906-1921), que ha sido llamada el poema épico de la propiedad. Como su título indica, se narra en ella la historia de una dinastía familiar, perteneciente a la alta burguesía inglesa de principios del siglo XX, clase social a la que el mismo pertenecía y a la que critica desde su grandeza a su decadencia, con un tono evocador y elegíaco y con un estilo realista. En esta obra se hace una investigación minuciosa y bastante severa de las clases más altas de la sociedad, situando decisivamente a su autor entre los maestros de la novela analítica.

 

Galsworthy es duro, agresivo, irónico, de una penetración y una finura digna de Meredith y, al mismo tiempo, con una visión más directa aún y con más sencillez en la forma. Con sus influencias ya ibsenianas, ya rusas y francesas, principalmente de Turguenev, Chéjov, de Maupassant y otros (la misma familia Forsyte que él estudia recuerda los Rougon-Macquart, de Zola); con su afición, más bien que amor, a toda clase de desheredados, y su aversión contra los mimados de la fortuna, entre los cuales hay que contarle a él mismo, Galsworthy, dentro de la novela moderna, resulta no sólo el novelista de más talla que ha tenido Inglaterra en los primeros años del XX, junto con su amigo Joseph Conrad, sino el más representativo de una sociedad que evoluciona sin saber a donde va, que está en guerra consigo misma. Es el que más ha vivido en cierto mundo que describe; es un burgués en pleito con la burguesía o un atrabiliario,  riguroso fiscal , que acusa a la época y al país del que forma parte. Según Galsworthy en La cuchara de plata, el gentleman es un animal que no existe en la mentalidad moderna, aunque de él quedan fragmentos mediante los cuales cabe reconstruirlo; y es palabra que no puede usarse “porque hace reír”. Antes había dicho que la fórmula de la moralidad moderna se reduce a esto: “no seas torpe, no seas anticuado”.

 

John Galsworthy nació en Coombe, Surrey, el 14 de agosto de 1867 y falleció en Hampstead, Londres, el 31 de enero de 1933. Perteneciente a una clase elevada estudió leyes en Harrow y en el New College de Oxford. En 1890 ingresa en el colegio de  abogados. Se especializó en Derecho marítimo, viajó por Oriente y mantuvo una larga amistad con Joseph Conrad. En 1905 contrajo matrimonio con Ada Pearson, esposa de su primo A. J. Galsworthy, con la que había mantenido durante diez años relaciones extramatrimoniales. Recibió la Orden del Mérito en 1929 y el premio Nobel de Literatura en 1932.

 

Galsworthy publicó en 1899 su primera novela, Jocelyn, bajo el seudónimo de John Sinjohn, con el que aparecieron sus primeros trabajos literarios. Su obra maestra es el ciclo de novelas conocido como  La saga de los Forsyte (1906-1921). El ciclo, que en 1967 inspiró una exitosa serie televisiva realizada por la BBC, lo forman una conjunto de  novelas sobre la familia Forsyte, entre las que se incluyen El propietario (1906), El veranillo de San Martín de un Forsyte (1918), En el tribunal (1920), Despertar (1920) y Se alquila (1921). Estos cinco títulos se publicaron conjuntamente en 1922 con el título La saga de los Forsyte. Después de la primera guerra mundial, Galsworthy prosigue  la historia de la familia Forsyte  con las novelas El mono blanco (1924), La cuchara de plata (1926) y El canto del cisne (1929), publicadas  en 1929 bajo el título de Una comedia moderna. A estas novelas les siguen, a su vez Esperanzas juveniles (1931), Prado florido (1932) y Más allá del río (1933), que fueron reunidas y publicadas póstumamente bajo el título El final del capítulo (1934). En su producción narrativa destacan, además, las novelas Casa de campo (1907), Fraternidad (1909) y El patricio (1911), y la colección de relatos Por los cuatro vientos (1897). Escribió, además, unas treinta piezas teatrales de contenido fundamentalmente social, como La caja de plata (1906), su primer gran éxito, Disputa (1909), Justicia (1910), en la que hace una severa crítica del código penal inglés, La paloma (1912), Una pizca de amor (1915), Lealtades (1922) Un viejo inglés (1924) y El tejado (1929). Su obra poética fue editada póstumamente con el título de Poemas escogidos (1934). Y como dijo el escritor británico: “El idealismo aumenta en proporción directa de la distancia que nos separa del problema”.

 

Francisco Arias Solis
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Paz y libertad. 


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Gracias.
 

 

 

 

 

 

Foro Libre: Homenaje a Tirso de Molina

 

FORO  LIBRE

ASOCIACION CULTURAL, ARTISTICA Y LITERARIA (Fundada en 1992)

 

Francisco Arias Solís - Presidente ~ Plaza San Severiano, 2 ~ 11007 - CADIZ

e-mail: pazylibertad@arrakis.es

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“¡Estrellas que me alumbráis

dadme en este engaño muerte,

si el galardón en la muerte

tan largo me lo fiáis.”

Tirso de Molina.

 

 

 

HOMENAJE DE FORO LIBRE A TIRSO DE MOLINA   

 

El próximo lunes, día 23, a las 20.00 horas, en la cafetería-restaurante El Cantábrico (Avda. Cayetano del Toro, 21 - Cádiz), la Asociación Cultural, Artística y Literaria FORO LIBRE celebrará un encuentro literario sobre la vida y la obra del poeta y dramaturgo español Tirso de Molina (1579-1648), con motivo del 430º aniversario de su nacimiento.

 

Pocas veces la crítica ha coincidido tanto en lo favorable como en lo adverso como al enjuiciar, desde hace más de un siglo, el teatro de Tirso de Molina, a quien se considera con razón entre los autores del repertorio teatral seiscentista, como el más cercano y parecido a su creador; Lope de Vega.

 

Muy poco es lo que sabemos aún de cierto de la vida de Fray Gabriel Téllez, el gran inventor de Don Juan. El enigma biográfico de Tirso de Molina, del que tanto se ha hablado, subsiste.

 

Nacido en Madrid, sin que se haya podido precisar la fecha exacta, aunque algunos la sitúan el 24 de marzo de 1579.  Tirso fue hijo bastardo de Téllez Girón, hijo a su vez del duque de Osuna. Ingresó como novicio en la Orden de la Merced, en el convento de Guadalajara, el 14 de noviembre de 1600, profesando dos meses después. Prosiguiendo sus estudios en Toledo, donde inicia su actividad dramática, y concluirlos quizá en Salamanca; residió cierto tiempo en Galicia y Portugal. Tras un posible destierro en Aragón, en el monasterio de Estercuel, se embarca en Sevilla, en enero de 1616 para la isla de Santo Domingo, donde permanecerá hasta 1618. Fue nombrado comendador del convento de Trujillo,  al frente del cual permanecerá hasta 1629. Poco después se vio Tirso de nuevo confinado, esta vez en el convento de Cuenca. En 1645 es elegido comendador del convento de Soria, y, en 1646, definidor provincial de Sevilla. Retirado por último al convento de Almanza, Tirso de Molina morirá, el 24 de febrero  de 1648.

 

A Tirso de Molina , “primer poeta trágico de España” se debe sin duda la más avanzada gama de perfiles psicológicos del teatro del Siglo de Oro. Las más sutiles e intensas pasiones del alma humana, se ven encarnadas en una serie de personajes inolvidables: El vergonzoso en palacio, La prudencia en la mujer, Santa Juana, Marta la piadosa, Don Gil de las calzas verdes, El condenado por desconfiado y El burlador de Sevilla.

 

En El burlador de Sevilla y convidado de piedra, Tirso crea un tipo de larga tradición literaria: Don Juan, mito de la agresividad sexual masculina, según Zorrilla moldeó en su creación más famosa. Don Juan personifica audacia y rebeldía, el enfrentamiento de un individuo a toda suerte de valores sociales o morales, hasta el punto que la justicia eterna tiene que recurrir al castigo de forma inexorable.

 

Lope dijo de Tirso: “Fénix en ti resucita” y en el Laurel de Apolo le colocó al lado de Terencio. Menéndez y Pelayo dice que El condenado por desconfiado, de Tirso, es el primero de los dramas de nuestro teatro, y que después de Shakespeare no ha habido otro creador de caracteres que haya demostrado poseer la fuerza y la energía de Tirso de Molina.

 

 

Francisco Arias Solís

 

No hagamos las paces con la guerra, ni tampoco levantemos guerras con la paz.


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Gracias.

 

Miguel Mihura por Francisco Arias Solis

 

MIGUEL MIHURA

(1905-1977)

 

 

“Prefiero conocer al pueblo sencillo, a los hombres,

 a las mujeres de toda condición social y escuchar

 su problemas, antes de perder el tiempo charlando

 con un señor que a lo mejor me suelta una palabra

 en latín y me habla de humanidades.”

Miguel Mihura.

 

LA VOZ DEL HUMOR DISPARATADO

 

El caso de Miguel Mihura es revelador de la miseria comercializada del teatro español, a lo largo del siglo XX. Su primera obra, Tres sombreros de copa, si bien escrita en 1932, no pudo ser estrenada hasta veinte años después, tras varios intentos fracasados de llevarla a las tablas. Como declara el mismo autor, “a mí no me conocía nadie”. En efecto, cuando Jardiel Poncela apenas iniciaba su carrera teatral, Tres sombrero de copas rompía brutalmente con todo el convencionalismo teatral  y abría un nuevo camino que, por desgracia, no habría de conducir a ninguna parte. Un humor total y  radical, disparatado, unas situaciones en apariencia absurdas y sin sentido, unos diálogos inconcebibles, ocultaban un fondo en verdad serio y trascendente: el de la imposibilidad de la comunicación, del amor y de la libertad, todo ello cegado por una sociedad clasista y deshumanizada. La libertad de la pareja protagonista durante una sola noche es una “libertad condicional”, destruida por último por la fuerza de los convencionalismos, de las instituciones y de la moral dominante. Tres sombrero de copa fue una obra irrepetible, que se convirtió en una referencia de los grupos universitarios; lo que halagó al autor que invocaba el sagrado valor del inconformismo al hablar de este valor juvenil: “Una bandera de inconformismo contra la rutina que (los jóvenes) tremolaban con entusiasmo”.

 

Miguel Mihura Santos nace en Madrid el 21 de julio de 1905. Es autor de una serie de comedias que saben unir la ironía y la poesía con el humor y la ternura. Sigue la línea de Jardiel Poncela en cuanto a diálogos disparatados y las situaciones absurdas de sus personajes. Busca el sinsentido y lo inesperado como recurso humorístico, pero lo hace con más  finura y sutileza literaria que aquél.

 

Mihura estrena la comedia Ni pobre ni rico sino todo lo contrario, escrita en colaboración con Antonio Lara (Tono), y, más tarde, El caso de la mujer asesinadita, escrita en colaboración de con Alvaro de Laiglesia. Antes de su dedicación teatral casi exclusiva, Mihura escribe cuentos, artículos e historietas publicadas en los principales diarios madrileños, así como en las revistas de humor, que Mihura dirige, como La Ametralladora (1936-1939) y La Codorniz (1942-1945), que después fue feudo de Álvaro de Laiglesia. Escribe también guiones de cine, como Bienvenido Mr. Marshall. Fue Premio Nacional de Teatro en tres ocasiones, y Premio Nacional de Literatura en 1946. Treinta años más tarde es nombrado Académico de la Española. Miguel Mihura muere en Madrid el 28 de octubre de 1977.

 

En 1953, un año después de la presentación de Tres sombreros de copa, inicia su nueva etapa de creador autónomo, es ya una etapa que incide en la bien conocida tónica gris del teatro de la época. Cabría hacer una excepción con Sublime decisión (1955), obra que ambientada en los finales del siglo XIX, plantea, no sin valentía, la situación de la mujer de clase media que se independiza y trabaja en una oficina. Entre sus últimos éxitos recordemos: Mi adorado Juan, Melocotón en almíbar, Maribel y la extraña familia, Sólo el amor y la luna traen fortuna, Ninette y un señor de Murcia y Ninette, modas de París.

 

El teatro de Mihura tiene una doble cara, conformista e inconformista; en su sustancial contradicción, al querer responder el autor a las exigencias de un público burgués, de mentalidad adocenada, y a las exigencias de su singular e indiscutible talento, que a veces se sobrepone a cualesquiera concesiones, se diría que con la misma ansia de libertad y de realización personal que ha proyectado en sus personajes principales.

 

Frente a la censura teatral de la época  que funcionaba de modo tan implacable como aparentemente irracional, pero en todo caso, de forma bien eficaz; frente a la crítica oficial que no tiene empacho en considerar tan sobrecogedora censura incluso de modo positivo, el teatro de Mihura propone además del humor y de la risa renovada, algo tan fantástico, como es siempre la libertad. Con la máscara del humor, Mihura logró romper las asfixiantes mallas de la censura teatral. A pesar de que en la dictadura,  como escribía  Mihura: “El hombre libre está considerado como un sospechoso o como cobarde”.

 

Francisco Arias Solis
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La libertad no la tienen los que no tienen su sed.                                                           

 


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Joaquín Dicenta por Francisco Arias Solis

 

JOAQUIN DICENTA

(1863-1917)

 

“Vivir sin ti no es vivir

 y sin ti no vivo yo;

más vale esperanza en ti

que no andar en procesión.

hoy aquí, mañana allí.”

Joaquín Dicenta. Juan José.

 

LA VOZ DEL TEATRO SOCIAL

 

La tendencia socializante de nuestro teatro tuvo a finales del siglo XIX un afortunado intérprete aragonés Joaquín Dicenta, que cultivó también el periodismo, la poesía y el cuento. Pero fue en el teatro donde cosechó los mayores triunfos; y, dentro del teatro, en el drama social, que representa lo más granado de su producción. Tiene asimismo dramas románticos: El suicidio de Wherter, Honra y vida, La mejor ley y piezas musicales (zarzuelas y sainetes): El duque de Gandía, Curro Vargas, La cortijera, Raimundo Lulio, Juan Francisco, Entre rosas, casi todo ello en verso. De los dramas sociales, ya en prosa cabe destacar: Juan José, El señor feudal, Daniel, El lobo y Aurora. Todavía se pueden señalar varias obras de carácter educativo o si se quiere mejor, de intención psicológica: Los irresponsables, Sobrevivirse y Confesión.

 

Joaquín Dicenta Benedicto nace en Calatayud el 3 de febrero de 1863. Aprende las primeras letras en Getafe, y estudia bachillerato en Alicante. Huérfano de padre, se traslada a Madrid e ingresa en la Academia Militar, de la que es expulsado por su carácter indisciplinado y anárquico. Entregado de lleno a la bohemia cultiva en varios periódicos, la poesía y la crónica. En 1887 se da a conocer al gran público con el drama El suicidio de Wherter. Siguen unos cuantos estrenos poco afortunados y para subvenir a las necesidades más apremiantes acepta la dirección de un periódico en San Sebastián; pero el cargo se aviene mal a su carácter, y pronto lo abandona para volver a Madrid (1892) e ingresar en la Redacción de El Resumen. A partir de este momento su actividad literaria es muy intensa: zarzuelas, comedias, crónicas, cuentos, novelas se suceden rápidamente. Enferma y se traslada a Alicante en busca de mejor clima. Joaquín Dicenta muere en la ciudad levantina el 21 de febrero de 1917.

 

Dicenta parte del drama romántico para recalar pronto en el social. Es aquí donde ha de buscarse la peculiar personalidad de este escritor. Juan José es su primer drama social, no sólo cronológicamente, sino también por su mayor éxito y significación. Juan José, sin embargo, no es el más social entre los dramas de su autor. En 1896, se estrena El señor feudal, drama de carácter enteramente socialista. Todavía el socialismo aparece más claro en Daniel (1906).

 

Como novelista, Dicenta se mueve en la misma línea sociológica de sus más características obras dramáticas. Sus novelas más logradas son Los bárbaros, Encarnación, De la vida que pasa y Mi venus.

 

Joaquín Dicenta merecerá una mención en la historia literaria como introductor del pueblo en el teatro. Entiéndase bien: introductor del pueblo con una función muy distinta de la que le habían asignado nuestros dramaturgos del Siglo de Oro. Los personajes de Dicenta se rebelan contra unos usos, unas instituciones y un estado vigente, porque tienen conciencia del papel que desempeñan dentro de la sociedad, papel fundamental al que la misma sociedad no responde; al menos así lo creen ellos, en la forma justa y debida.

 

Cuando en la noche del 25 de octubre de 1895 se alza el telón del Teatro de la Comedia de Madrid, los espectadores se encuentran con gran asombro, ante una taberna de los barrios bajos madrileños, unos personajes de alpargatas y blusa que deletrean, penosamente, el editorial de un periódico que clama por la libertad y contra la opresión. La obra era  Juan José. En esa obra Dicenta se hace eco del malestar social generalizado y, al mismo tiempo, haciendo suyas las protestas de los trabajadores con peores condiciones de vida y de trabajo, aúna sus intereses, desde un punto de vista moral y ético, con aquel sector. “El drama del señor Dicenta –escribía Unamuno- es bueno artísticamente por revelar la esencia de la vida social de hoy en uno de sus aspectos, por su resplandor de la verdad, por revelarnos la honda significación de un mundo”. El éxito no se hizo esperar, al final del estreno la ovación fue unánime. El autor tuvo que salir varias veces al escenario a petición del público.

 

Toda la prensa madrileña se hizo eco de la representación, conservadores y progresistas alabaron la obra. Juan José respondía a todos los gustos: los unos la exaltaban por su realismo nada convencional, los otros por el hecho de hacer subir por primera vez, al obrero a un escenario representando su vida, sus costumbres y su lenguaje. El público no tardó en hacer suya la obre. Los trabajadores la tomaron como estandarte representándola todos los primeros de mayo desde la muerte de Dicenta (1917) hasta 1936. El éxito popular de Juan José es evidente, habiéndose convertido junto con Don Juan Tenorio, en la obra más representada en nuestro país.

 

Juan José está idealizado, piensa Unamuno por el oportunismo, quizá no deliberado de Dicente. “¿Por qué entonces se ve en el drama del señor Dicenta una cosa que la hay en todo fenómeno social? La cosa es clara –decía don Miguel-: porque es una buena obra de arte y el arte abre los ojos a la tesis a los que los tienen cerrados...”

 

Francisco Arias Solis
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No se puede ser libre más que entre libres.

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Vicente Blasco Ibáñez por Francisco Arias Solis

VICENTE BLASCO IBÁÑEZ

(1867-1928)

 

 

“Si la cosecha era mala, se hacían economías

 sobre el trabajo de los braceros y sobre

 los gazpachos que los alimentaban.”

  Vicente Blasco Ibáñez.

 

 

LA VOZ DE UN NOVELISTA CON LUZ PROPIA

 

 

Blasco Ibáñez estaba predestinado a asumir la más evidente representación del naturalismo español. Y de su “hecho diferencial”. Comenzó imitando a Zola. Nunca se recató de decirlo ni quiso disimular el origen mimético de su estilo. El materialismo vital, que según dijo, a raíz de publicar su primera novela Arroz y tartana (1894), “alimentaba” su pensamiento.

 

Releer hoy a Vicente Blasco Ibáñez nacido en Valencia el 29 de enero de 1867 es una experiencia muy interesante. Y muy aleccionadora. Por lo pronto observamos que si nos hallamos lejos de su manera de ver y hacer en muchas ocasiones, a lo largo de la lectura, en otras, nos sentimos captados y sorprendidos al descubrir valores estéticos que no sospechábamos.

 

Blasco sabe exponer, contar. Sabe colocar a cosas y seres en sus términos justos y domina la perspectiva en el paisaje. Gracias a Blasco Ibáñez tenemos estas páginas descriptivas de ese trozo espléndido de la naturaleza y el paisaje español que es la tierra valenciana.

 

Cuando tenía dieciséis años, Blasco se matricula en la Facultad de Derecho de la Universidad de Valencia. Escribe  en varias revistas literarias y políticas y se graduó en derecho en 1888. Blasco organizó varias manifestaciones políticas, contra los gobiernos de Sagasta y Cánovas y de la guerra cubana. A veces Blasco fue exiliado por su radicalización y en 1896 fue encarcelado durante seis meses. A pesar de su actividad política, Blasco Ibáñez era el novelista más popular y de más éxito de su época.

 

Blasco Ibáñez en su obra no fue nunca cursi. Era lo suficientemente rudo para compensar con ello en sus libros toda la tendencia a la cursilería. Jamás tuvo la mentalidad de nuevo rico, aunque llegó en muy pocos años, de un mediano pasar de forzado de la pluma, al asombro de una riqueza escandalosa.

 

Las obras de Blasco, clasificadas como arqueológicas o históricas, que son las menos logradas de su producción adolecen de falta de veracidad y de vida. Es el caso de Sónnica la cortesana, El Papa del mar, En busca del Gran Kan, A los pies de Venus, etc.

 

Lo que verdaderamente queda y tiene un valor permanente en la numerosísima producción del autor son ante todo sus novelas del país valenciano. En esta línea se encuentran: Flor de Mayo, Entre naranjos, Cañas y barro, Arroz y tartana y La barraca. En ellas, además, nos encontramos frente a frente con una estupenda galería de retratos en la que se hallan las más variadas tipificaciones humanas, el usurero de Arroz y tartana; el bárbaro Pimentó, de La barraca, una de las novelas de más cruel realismo de toda la literatura española, en la que Blasco, a partir del personaje Batiste, va convirtiendo en protagonista a toda la huerta valenciana; la Neleta de Cañas y barro, a solas con sus remordimientos, mientras su amante se suicida....

 

Más que novelas de tesis, La catedral, La bodega (el campo andaluz con su señoritismo feudal, jerezano por más señas), y otras, son novelas doctrinales que dejan ver demasiado su perfil de arenga.

 

Su libro de mayor éxito internacional, Los cuatro jinetes del Apocalipsis, escrito en París durante la guerra del 14 y que, por el clima psicológico existente en la Europa de entonces y otras circunstancias de índole editorial, dio, varias vueltas al mundo. Libro al galope, se fue como vino, y hoy no lo lee nadie.

 

Vicente Blasco Ibáñez muere en Menton (Francia) el 28 de enero de 1928. “Vicente Blasco Ibáñez –escribía Ramón Gómez de la Serna-, el animador del habla y de la vida, ha muerto”.

 

Se ha equiparado con frecuencia y con acierto el arte literario de Blasco Ibáñez con el arte pictórico de Sorolla. Existe, indudablemente, esa semejanza, a condición de que admitamos que el naturalismo de Blasco es un naturalismo soleado, como es también soleado el impresionismo de Sorolla. La fuerza de Blasco Ibáñez fue su vocación. Es decir, la sangre, también soleada, porque en verdad que tanto Sorolla como Blasco llevaban la luz de su tierra en ella. Y como dijo el poeta: “Tierra donde la luz radiosa y brava / se desborda de un sol de oros sutiles, / y donde nunca acaba / de ahitarse el florecer de los abriles”.

 

 

Francisco Arias Solis
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Apostemos con el corazón en la mano por la paz.

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Gracias.

 

Mercè Rodoreda por Francisco Arias Solis

 

 

MERCÈ RODOREDA

 (1909-1983)

 

“... sino el tiempo dentro de mí,

 el tiempo que no se ve y nos va arrasando.

 El que rueda y rueda dentro del corazón

 y le hace rodar con él y nos va cambiando

 por dentro y por fuera y poco a poco nos va haciendo

 tal como seremos el último día”.

Mercè Rodoreda.

                       

LA VOZ DE UNA FIGURA DE LAS LETRAS CATALANAS

 

Las extraordinarias dotes de observación y la expresión lúcida  y precisa de la escritora española en lengua catalana Mercè Rodoreda, autora de una de las mejores noveles catalanas de la posguerra La plaça del Diamant (1962),  la convirtieron en una de las figuras más relevantes de la literatura catalana contemporánea.

 

Mercè Rodoreda i Gurguí nació en Barcelona el 10 de octubre de 1908 y falleció en Gerona el 13 de abril de 1983. Hija única de un dependiente de armería y de un ama de casa, sólo asistió tres años a la escuela. Se casó con un tío, hermano de su madre, el día que cumplió veinte años. Tras el fracaso de su matrimonio, se entregó a las colaboraciones en distintos medios La Veu de Catalanya, Clarisme,  La Publicitat o Mirador. Durante la guerra provocada por la rebelión militar del general Franco colaboró con  el Comisariado de Propaganda de la Generalitat  y en 1937 se separa de su marido. El 23 de enero de 1939 emprende el camino de su largo exilio. Vivió primeramente en  Francia, Burdeos, Limoges y París, en esta etapa comienza su relación sentimental con Armand Obiols, pseudónimo del crítico literario Joan Prat. Desde 1954 reside en Ginebra, trabajando como traductora de la Unesco.  En 1972, tras la muerte de su amante en Viena, regresa a Cataluña, estableciéndose en un chalet de Romanyà de la Selva, en la provincia de Gerona. En 1980 le fue concedido el premio d’Honor de les Lletres Catalanes.

 

En sus largos años de expatriación Mercé Rodoreda colaboró en las revistas literarias del exilio español como Las Españas, Revista Catalunya, L’Espagne Républicaine, L’Espagne y La Nostra Revista.

 

Especialmente dotada para el análisis psicológico, comenzó a publicar antes de la guerra civil las novelas ¿Soy una mujer honrada? (1933), De lo que nadie puede huir (1934) y Un día en la vida de un hombre (1934). Con Aloma  (1938) inició una serie de retratos femeninos de gran hondura psicológica que perdurará a lo largo de toda su obra, pero su novela de madurez, La plaza del Diamante (1962), está considerada su obra maestra y ha sido calificada por la crítica como el relato más hermoso publicado en muchos año, narra con desgarrado dolor la peripecia vital y cotidiana de una mujer durante la República, la guerra civil y el exilio, tanto interior como exterior. Todos los críticos destacan la sencillez magistral en la elaboración y la emoción de la tragedia española a través de sus personajes. Fue llevada al cine en la década de los ochenta. Posteriormente publicó otra importante novela, La calle de las camelias (1966, premios Sant Jordi y Ramón Llull), con una acción situada en Barcelona, sin precisión de época, pero que podemos imaginar anterior a la guerra, trata la historia de una niña abandonada que se convierte en mujer “sin capacidad moral ni sentimental”, así como, Jardín frente al mar (1967), Espejo roto (1974), Cuánta, cuánta guerra (1981) y la póstuma La muerte y la primavera (1986), así como la pieza teatral En el hostal de las camelias (1979). Es autora también de los libros de narraciones: Veintidós cuentos (1958), Mi Cristina y otros cuentos (1967), Parecía de seda y otros cuentos (1978) y Todos los cuentos (1979). Y como dijo nuestra escritora: “Sólo se vive hasta los doce años. Y a mí me parece que no he crecido”.

 

 

Francisco Arias Solis
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Paz y libertad. 


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Gracias.