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Francisco Arias Solís

Mercè Rodoreda por Francisco Arias Solis

 

 

MERCÈ RODOREDA

 (1909-1983)

 

“... sino el tiempo dentro de mí,

 el tiempo que no se ve y nos va arrasando.

 El que rueda y rueda dentro del corazón

 y le hace rodar con él y nos va cambiando

 por dentro y por fuera y poco a poco nos va haciendo

 tal como seremos el último día”.

Mercè Rodoreda.

                       

LA VOZ DE UNA FIGURA DE LAS LETRAS CATALANAS

 

Las extraordinarias dotes de observación y la expresión lúcida  y precisa de la escritora española en lengua catalana Mercè Rodoreda, autora de una de las mejores noveles catalanas de la posguerra La plaça del Diamant (1962),  la convirtieron en una de las figuras más relevantes de la literatura catalana contemporánea.

 

Mercè Rodoreda i Gurguí nació en Barcelona el 10 de octubre de 1908 y falleció en Gerona el 13 de abril de 1983. Hija única de un dependiente de armería y de un ama de casa, sólo asistió tres años a la escuela. Se casó con un tío, hermano de su madre, el día que cumplió veinte años. Tras el fracaso de su matrimonio, se entregó a las colaboraciones en distintos medios La Veu de Catalanya, Clarisme,  La Publicitat o Mirador. Durante la guerra provocada por la rebelión militar del general Franco colaboró con  el Comisariado de Propaganda de la Generalitat  y en 1937 se separa de su marido. El 23 de enero de 1939 emprende el camino de su largo exilio. Vivió primeramente en  Francia, Burdeos, Limoges y París, en esta etapa comienza su relación sentimental con Armand Obiols, pseudónimo del crítico literario Joan Prat. Desde 1954 reside en Ginebra, trabajando como traductora de la Unesco.  En 1972, tras la muerte de su amante en Viena, regresa a Cataluña, estableciéndose en un chalet de Romanyà de la Selva, en la provincia de Gerona. En 1980 le fue concedido el premio d’Honor de les Lletres Catalanes.

 

En sus largos años de expatriación Mercé Rodoreda colaboró en las revistas literarias del exilio español como Las Españas, Revista Catalunya, L’Espagne Républicaine, L’Espagne y La Nostra Revista.

 

Especialmente dotada para el análisis psicológico, comenzó a publicar antes de la guerra civil las novelas ¿Soy una mujer honrada? (1933), De lo que nadie puede huir (1934) y Un día en la vida de un hombre (1934). Con Aloma  (1938) inició una serie de retratos femeninos de gran hondura psicológica que perdurará a lo largo de toda su obra, pero su novela de madurez, La plaza del Diamante (1962), está considerada su obra maestra y ha sido calificada por la crítica como el relato más hermoso publicado en muchos año, narra con desgarrado dolor la peripecia vital y cotidiana de una mujer durante la República, la guerra civil y el exilio, tanto interior como exterior. Todos los críticos destacan la sencillez magistral en la elaboración y la emoción de la tragedia española a través de sus personajes. Fue llevada al cine en la década de los ochenta. Posteriormente publicó otra importante novela, La calle de las camelias (1966, premios Sant Jordi y Ramón Llull), con una acción situada en Barcelona, sin precisión de época, pero que podemos imaginar anterior a la guerra, trata la historia de una niña abandonada que se convierte en mujer “sin capacidad moral ni sentimental”, así como, Jardín frente al mar (1967), Espejo roto (1974), Cuánta, cuánta guerra (1981) y la póstuma La muerte y la primavera (1986), así como la pieza teatral En el hostal de las camelias (1979). Es autora también de los libros de narraciones: Veintidós cuentos (1958), Mi Cristina y otros cuentos (1967), Parecía de seda y otros cuentos (1978) y Todos los cuentos (1979). Y como dijo nuestra escritora: “Sólo se vive hasta los doce años. Y a mí me parece que no he crecido”.

 

 

Francisco Arias Solis
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Tirso de Molina por Francisco Arias Solis

TIRSO DE MOLINA

(1584-1648)

 

 “¡Estrellas que me alumbráis

dadme en este engaño muerte,

si el galardón en la muerte

tan largo me lo fiáis.”

Tirso de Molina.

                                                                                                                                               

 

LA VOZ DEL GENIAL INVENTOR DE DON JUAN

 

¡Terrible estrella, tremendas estrellas, las de Don Juan! Por algo, en su primera aparición en los escenarios del mundo, al hacerlo de modo barroco, su inventor o descubridor el fraile Tirso, le hizo decir aquello: “¡Estrellas que me alumbráis...!”

 

Pocas veces la crítica ha coincidido tanto en lo favorable como en lo adverso como al enjuiciar, desde hace más de un siglo, el teatro de Tirso de Molina, a quien se considera con razón entre los autores del repertorio teatral seiscentista, como el más cercano y parecido a su creador; Lope de Vega.

 

Muy poco es lo que sabemos aún de cierto de la vida de Fray Gabriel Téllez, el gran inventor de Don Juan. El enigma biográfico de Tirso de Molina, del que tanto se ha hablado, subsiste.

 

Nacido en Madrid, sin que se haya podido precisar la fecha exacta, que parece girar en torno a 1584, Tirso fue hijo bastardo de Téllez Girón, hijo a su vez del duque de Osuna. Ingresó como novicio en la Orden de la Merced, en el convento de Guadalajara, el 14 de noviembre de 1600, profesando dos meses después. Prosiguiendo sus estudios en Toledo, donde inicia su actividad dramática, y concluirlos quizá en Salamanca; residió cierto tiempo en Galicia y Portugal. Tras un posible destierro en Aragón, en el monasterio de Estercuel, se embarca en Sevilla, en enero de 1616 para la isla de Santo Domingo, donde permanecerá hasta 1618.

 

Concurre a las justas literarias que tuvieron lugar en Madrid con motivo de la canonización de San Isidro (1622). En 1625 la Junta de Reformación vituperará su teatro como inmoral.

 

Tras la decisión de la Junta y después de un viaje a Sevilla, vuelve Tirso a Madrid en la primavera de 1626, siendo nombrado comendador del convento de Trujillo, al frente del cual permanecerá hasta 1629. Poco después se vio Tirso de nuevo confinado, esta vez en el convento de Cuenca. En 1645 es elegido comendador del convento de Soria, y, en 1646, definidor provincial de Sevilla. Retirado por último al convento de Almanza, Tirso de Molina morirá, el 24 de febrero de 1648.

 

A Tirso de Molina , “primer poeta trágico de España” se debe sin duda la más avanzada gama de perfiles psicológicos del teatro del Siglo de Oro. Las más sutiles e intensas pasiones del alma humana, se ven encarnadas en una serie de personajes inolvidables: El vergonzoso en palacio, La prudencia en la mujer, Santa Juana, Marta la piadosa, El condenado por desconfiado y El burlador de Sevilla.

 

En El burlador de Sevilla y convidado de piedra, Tirso crea un tipo de larga tradición literaria: Don Juan, mito de la agresividad sexual masculina, según Zorrilla moldeó en su creación más famosa. Don Juan personifica audacia y rebeldía, el enfrentamiento de un individuo a toda suerte de valores sociales o morales, hasta el punto que la justicia eterna tiene que recurrir al castigo de forma inexorable. Don Juan no es, pese a todo, una mera encarnación del mal, sino antes bien, una fuerza natural, ciega, soberbia, que encarna una soberbia también de clase.

 

Irónico y refinado. Tirso es también el poeta artificioso de la comedia de enredo y en la que el eterno femenino campea absoluto aunque no desprovisto de ambigüedades múltiples en su gusto por el género “travesti”. Vistiendo de hombre a la mujer se trataba, y lograba la más de las veces, desenmascararla, casi diríamos que desnudarla, por la apariencia escénica, de su más púdica intimidad y secreto. La doña Juana de Don Gil de las calzas verdes o la misma Santa Juana, no temen enmascararse engañosamente vistiendo calzas verdes.

 

Tirso de Molina se nos aparece como uno de los más españoles y al mismo tiempo de los más universales poetas –y ello no sólo por haber dado forma definitiva al mito de Don Juan- de nuestro teatro.

 

Lope dijo de Tirso: “Fénix en ti resucita” y en el Laurel de Apolo le colocó al lado de Terencio. Menéndez y Pelayo dice que El condenado por desconfiado, de Tirso, es el primero de los dramas de nuestro teatro, y que después de Shakespeare no ha habido otro creador de caracteres que haya demostrado poseer la fuerza y la energía de Tirso de Molina.

 

No olvidemos que el genial inventor de Don Juan, lo fue también de Santa Juana. Para lo primero le bastó un señaladísimo botarate sevillano. Para lo segundo , una insignificante beatilla madrileña, que nunca se canonizó. Porque en lo que el fraile Téllez aventaja tal vez a todos los comediógrafos de su tiempo –incluido Lope- es en el buen humor.

 

Francisco Arias Solis
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Si quieres la paz, trabaja por la justicia.

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Jean Cocteau por Francisco Arias Solis

JEAN COCTEAU 

(1889-1963)

 

“Yo soy una mentira que dice la verdad.”

Jean Cocteau.  

 

 
LA VOZ DEL VANGUARDISMO

 

 
Jean Cocteau fue una de las figuras más representativas de la vanguardia francesa del primer tercio del siglo XX. Aparte de haber seguido los pasos de Apollinaire y del cubismo en sus comienzos, y arroparse un extraordinario disfraz literario, siempre vivo y cambiante, ha formado en todos los “ismos”, de todos se ha detractado mas o menos veladamente y, en definitiva, ha propugnado ciertas formas de renacimiento clasicista. El mismo dijo: “Yo soy una mentira que dice la verdad”.

 

Cocteau ha abordado todos los géneros literarios, dando siempre muestra de un innegable ingenio. Poeta ante todo, ha escrito guiones cinematográficos, novelas, teatro, ha colaborado en obras musicales y aportado su punto de vista sobre las más diversas cuestiones de arte. Ha ejercido una gran influencia literaria en el periodo entre las dos guerras mundiales. La característica general de su obra es el ingenio, el gusto por lo insólito  y una gran penetración psicológica.

 

Jean Maurice Eugène Clément Cocteau nació  en Maisons-Laffitte el 5 de julio de 1889 y falleció en  Milly-la-Fôret, Fointainebleau, el 11 de octubre de 1963.  Cuando sólo tenía nueve años su padre se quitó la vida. No demasiado brillante en sus estudios, fue expulsado por indisciplina  del Liceo Condorcet  en 1904 y dos años más tarde ingresó en el Liceo Fénelon, donde tampoco logró un rendimiento regular. En 1909 publicó su primer libro de poesías La lámpara de Aladino. Participó en la Primera Guerra Mundial como conductor de ambulancias de la Cruz Roja. La muerte súbita del joven poeta Raymond Radiguet, en 1923, afectó horriblemente a Cocteau, que aumentó su adicción al opio. En 1955, Jean Cocteau fue elegido  miembro de la Acadamia francesa y de la Academia belga,  y,  dos años más tarde, miembro honorario del Instituto Nacional de Artes y de Letras de Nueva York.

Atraído al principio por los encantos de la sociedad aristocrática publicó el libro de poesías Príncipe frívolo (1910); sostuvo después un breve idilio con los dadaístas, con los que organizó espectáculos como el famoso Parade. Cultivó todas las artes y frecuentó asiduamente todos los círculos artísticos del París de aquella época: fue amigo del pintor Picasso, del músico Stravinski y del poeta Apollinaire, entre otros. Cercano al simbolismo y al surrealismo, dirigió las películas La sangre del poeta (1931), La bella y la bestia (1945), Orfeo (1949) y El testamento de Orfeo (1960). Colaboró con Picasso, Poulenc, Stravinski y otros en ballets y libretos dramáticos, incorporando el jazz y ciertos elementos cubistas y dadaístas. Preocupado por la originalidad de sorprender, es el poeta de lo inesperado, de lo arbitrario, de lo paradójico. Entre sus obras figuran: los poemas recogidos en Poesías (1916-1923) (1924): las novelas Tomás el impostor (1923), Los niños terribles (1929) y Opio (1930): diversas piezas teatrales: Romeo y Julieta (1924), Orfeo (1926), Antígona (1927), Edipo, rey (1928), La voz humana (1930), Los caballeros de la mesa redonda (1937),  Los padres terribles (1938), Monstruos sagrados (1940), La máquina de escribir (1941), El águila de dos cabezas (1946) y Baco (1952); y el libro de crónicas La corrida del primero de mayo (1957). En 1952 publicó el Diario de un desconocido. Y como dijo el poeta vanguardista: “Yo sé que la poesía es imprescindible, pero no sé para qué”.

Francisco Arias Solis
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Alejandro Casona por Francisco Arias Solis

 

ALEJANDRO CASONA

(1903-1965)

 

“Nunca sabemos el camino, pero siempre

llegamos a donde debemos ir.”

Alejandro Casona.

                                                                                               

 

LA VOZ DE UN GRAN MAESTRO DEL TEATRO

 

“No recuerdo –escribía Sainz de Robles-, en todo el teatro español de lo que va de siglo, una obra en la que el lenguaje poético alcance la culminación y el encanto sugerente que alcanza en La dama del alba”. En efecto recordemos que Casona llega al teatro por el camino de la poesía. Ahí están para probarlo sus romances El peregrino de la barba florida o La flauta del sapo. Casona nunca deja de “sentir en poeta”. Ahora bien su obra más intensamente poética es justamente La dama del alba, que fue escrita para la eximia actriz española Margarita Xirgu, y en la que el autor se propuso expresar de la forma más convincente y verosímil “la belleza de la muerte”.

 

Alejandro Rodríguez Alvarez, que desde la publicación de La flauta del sapo -1930- utiliza en su vida artística el seudónimo de Casona, nace el 23 de marzo de 1903, en Besullo, concejo de Tineo (Asturias). Sus primeros años transcurren en tierra asturiana, junto a sus padres, maestros los dos. En el Instituto Jovellanos de Gijón comienza sus estudios de bachillerato, que termina en Murcia. Alejandro se hace maestro como todos sus hermanos. En Murcia, en los últimos cursos del Instituto, durante el preparatorio en la Facultad de Filosofía y Letras y en el Conservatorio de Música y Declamación empieza a perfilarse un nuevo y para él decisivo ambiente. Sus nacientes aficiones literarias encuentran allá maestros que le aconsejan y orientan.

 

La primera publicación de Alejandro es La empresa del Ave María, romance histórico premiado en unos juegos florales de Zamora y aparecido en la revista Polytechnicum, de Murcia –1920-. Dos años más tarde ingresa en la Escuela Superior de Magisterio, de Madrid; allí se hace Inspector. En 1928 es destinado al Valle de Arán. En octubre de ese mismo año contrae matrimonio con Rosalía Martín Bravo.  En esta comarca pirenaica permanece Casona tres años, en los que escribe La sirena varada, Premio “Lope de Vega”  en 1934, y El crimen de Lord Arturo. Después de unos meses de estancia en la Asturias natal, obtiene por oposición, una plaza en la Inspección Provincial de Madrid. Ese mismo año -1931- se proclama la II República Española y el recién creado Patronato de Misiones Pedadógicas le encarga, juntamente con Rafael Marquina y Eduardo M. Torner, dirigir una empresa tan significativa como fue “El teatro del pueblo”.  En 1932 alcanza el Premio Nacional de Literatura con Flor de leyendas. El 1934 es seguramente un año clave en la vida de Casona, La sirena varada, es estrenada triunfalmente en el teatro Español –17 de marzo- por la compañía Xirgu-Borrás. Después se suceden otros estrenos: El misterio del”María Celeste”, Otra vez el diablo, Nuestra Natacha, esta última con enorme éxito de público.

 

En su vida, como en la de tantos otros, se produce un doloroso paréntesis: estalla la guerra civil. Casona marcha a Francia, y desde allí, como director artístico de la compañía Díaz de Artigas-Collado, emprende una gira artística por diferentes países de Hispanoamérica. En julio de 1939 establece su residencia en Buenos Áires, en donde permanece hasta su definitivo regreso a España.

 

Radicado en Buenos Aires, Casona se plantea su oficio de dramaturgo sobre la previa autoexigencia de llegar, a toda costa, al público de los teatros. Las obras maestras de este período son: Prohibido suicidarse en primavera, La dama del alba, La barca sin pescador, Los árboles mueren de pie, La tercera palabra y La casa de siete balcones.

 

En 1962, después de veinticinco años de silencio, vuelve a representarse su teatro en España. El 22 de abril de ese año tiene lugar en Madrid un acontecimiento memorable: el estreno en el teatro Bellas Artes de La dama del alba que es recibida con entusiasmo unánime. En 1964 se ofrece al público español El caballero de las espuelas de oro, “retrato dramático” de Quevedo. Casona es ya un clásico en vida, uno de los maestros del teatro contemporáneo. Desgraciadamente se extingue a los sesenta y dos años la vida fecunda, alegre, apasionada y generosa de Alejandro Casona, el 17 de septiembre de 1965. Y como dijo nuestro poeta: “Se había ido a vivir  a las casas profundas donde los peces golpeaban las ventanas como pájaros fríos, y fue inútil que el pueblo entero le llamara a gritos desde arriba”.

 

Francisco Arias Solis
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La guerra es un mal que deshonra al género humano.

 


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Luis Bagaría por Francisco Arias Solis

 

 

LUIS BAGARÍA

(1882-1940)

 

“¡Tras larga ausencia,

con qué placer te miro!

¡En tus orillas

tan solo yo respiro!”

Luis Bagaría.

 

LA VOZ DEL GENIAL CARICATURISTA

 

Bagaría es un miembro especialmente lúcido del grupo de intelectuales que, a partir de la crisis del 98, buscan un supuesto para un orden de libertad, paz y fraternidad, quebrado definitivamente por la rebelión militar de julio de 1936.

 

Nacido en Barcelona, en 1882, su vida va a sufrir un cambio radical a los diecisiete años, con la muerte del padre. Es el paso de una situación tranquila, acomodada, a otra de inseguridad permanente, abierta con un viaje a México con su madre en busca de fortuna, hacia 1899, que no termina en desastre por verdadero milagro. Madre e hijo fracasan en todos sus empeños en la Puebla de los Ángeles, cambiando el adolescente Luis Bagaría de un oficio a otro –mozo de billar, panadero, sereno, vendedor de tabaco-, sin suerte en ninguno. Y para supervivir acepta el encargo de pintar las paredes de un bodegón, lo que le lleva a descubrir sus dotes intuitivas para la representación gráfica.

 

Luis Bagaría se hace artística e intelectualmente,  a la sombra de Santiago Rusiñol, en la Barcelona de 1900. Cuando Bagaría regresa a Barcelona, Rusiñol es ya un polo de la vida intelectual catalana: él le introduce en sus círculos de relaciones y descubre su genialidad como caricaturista. Gracias a Rusiñol, Bagaría se coloca en la estela del modernismo.

 

Sus primeros dibujos los realiza en La Tomasa, un semanario de Barcelona. Luego en La Tribuna. Las caricaturas personales constituyen el género en que Bagaría logra una precoz madurez. De ellas se compondrá la exposición inaugurada en París a fines de enero de 1905. Algunos críticos valoraron ya la obra de Bagaría como la del primer caricaturista del país.

 

En 1908, Luis Bagaría cruza de nuevo el océano, esta vez recala en La Habana, iniciando unas colaboraciones en el Diario Español y en el semanario Fígaro. A su regreso a España las páginas de La Tribuna incluyen, sin periodicidad fija, una gran caricatura de Bagaría, de los artistas y políticos destacados del momento.

 

Conforme discurre el año 1912, la caricatura de Bagaría sobre el mundo cultural madrileño se intensifica. Había roto el fuego su ilustración de la críticas relativas al estreno de La marquesa Rosalinda, de Valle-Inclán, culminando años después, en 1915, con la crónica del Amor brujo, de Manuel de Falla.

 

En 1916, Luis Araquistain asume la dirección del semanario España, en el que Bagaría juega un importante papel. Casi treinta años después, el periodista Rivero Gil, lo seguirá evocando desde el exilio mexicano: “Su campaña antialemana fue, quizá la más violenta y efectiva que se realizó en España. El Kaiser y sus aliados protagonizaron la mayoría de sus caricaturas...”

 

En el número cero de El Sol, ya figura una caricatura de Bagaría. En lo sucesivo, y hasta la ruptura de marzo del 31, la vida de Bagaría transcurre en torno a El Sol.

 

“Primo de Rivera –cuenta Bagaría- un día, mandó una nota a la empresa El Sol, advirtiéndole que si seguían, publicando caricaturas mías, suspendería el periódico o todos los periódicos que publicasen mis cosas”. El caricaturista tuvo que salir hacia América y prepara una exposición de caricaturas que exhibirá, en Buenos Aires, con éxito legendario.

 

Crisol sale a la calle el 4 de abril de 1931. Sólo hay tiempo para cuatro caricaturas de Bagaría hasta que sobreviene el cambio de régimen. A lo largo de 1932 el caricaturista catalán publica sus caricaturas en Luz. El 26 de septiembre de 1934 Bagaría regresa a El Sol. La inesperada actuación de Bagaría como reportero, permite que haga una deliciosa entrevista a García Lorca. El poeta granadino no hurta el cuerpo a la cuestión del arte por el arte y declara que “en este momento dramático del mundo, el artista debe reír y llorar con su pueblo; hay que dejar el ramo de azucenas –añade- y meterse en el fango hasta la cintura para ayudar a los que  buscan a las azucenas”. Bagaría confiesa ser un “salvaje con dolorida materia”, lo que le vale una puntualización por parte del poeta: “Las plumas de tu salvajismo son plumas de ángel, y detrás de tu danza macabra hay una lira rosa que pintaron los primitivos italianos”.

 

La guerra provocada por la rebelión militar  del 36, es para Bagaría un auténtico tiempo de destrucción. No tiene nada de extraño que la primera reacción, tras el 18 de julio, fuera el silencio. Entre 1936 y 1938 Bagaría realiza su colaboración en La Vanguardia. Desde distintos ángulos,  la denuncia a la destrucción causada por la guerra constituye el hilo conductor de la última etapa barcelonesa.

 

Su exilio comienza en Francia. “Siempre fue enemigo de las guerras” –confesará a un corresponsal de Regards, en julio de 1938-. En París, comienza su colaboración en el órgano de la resistencia republicana, Voz de Madrid.

 

Bagaría toma el barco en mayo de 1940, con destino a La Habana. Tres semanas más tarde, la muerte, sobrevenida en La Habana, el 26 de junio de 1940. En Madrid quedó la placa que Bagaría ya tenía preparada para el caso: “Aquí yace el caricaturista / Bagaría / que una noche, sin pensar / se olvidó de respirar. / ¡Adiós, muy buenas!”

 

Francisco Arias Solis
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Si quieres la paz, prepárate a vivir en paz con todos los hombres.

 


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Gracias.
 

                                                                                               

                                                                                               

                       

                                              

 

                                                                                            

 

Alberto Sánchez por Francisco Arias Solis

 

 

ALBERTO SÁNCHEZ

(1895-1962)

 

“Vengo a decirte: A caminar, hermano.

Que muy pronto en la palma de tu mano

con nueva luz se amasará Toledo.”

Rafael Alberti.

 

LA VOZ DEL PANADERO DE TOLEDO Y ESCULTOR DE ESPAÑA

 

“Era un hombre muy grande, un hombre muy grande, nuestro Alberto –nos dijo Picasso-. Todos le llamábamos Alberto y ya casi nadie se acordaba de su apellido. Alberto, a veces era suficiente, porque sólo había un Alberto”.

 

Pero Alberto sigue siendo en este país en el que nació un ser desconocido y, sin embargo, Alberto ha sido quizá en la escultura lo que Picasso en la pintura.

 

Alberto Sánchez nace en Toledo el 8 de abril de 1895. Comienza a trabajar como porquero a la edad de siete años. Cuando tenía doce años se trasladó a Madrid, donde ya se encontraba su familia. Allí ejerció los oficios de aprendiz de zapatero, escayolista y, por fin, desde los veinte años, pasó a ser panadero, como su padre. Sólo pudo asistir a la escuela de párvulos cuatro meses. Tenía ya quince años cuando un amigo empezó a enseñarle por las noches a leer, a escribir y algo de cuentas. En adelante, hasta el fin de sus días fue Alberto incansable lector.

 

Su afición al arte le llevó a frecuentar los museos madrileños, y sobre todo el Museo del Prado. Hizo el servicio militar en Melilla. Allí talló en piedra caliza dos cabezas; una de moro y otra de mora. En 1925 participa en la Exposición de Artistas Ibéricos, la crítica le trató con unánime encomio. Poco después, la Diputación Provincial de Toledo concede a Alberto una pensión que le permite consagrarse por entero al arte. Hace amistad con Miguel Hernández, con Lorca, con Neruda, con Maruja Mallo, conoce a Unamuno, Alberti...  Funda con Benjamín Palencia la Escuela de Vallecas. “Con el deliberado propósito de poner en pie el nuevo arte nacional –nos dice Alberto-, que compitiera en el de París”. El arte de Alberto es profundamente popular. Nunca dejó de ser un campesino, ni nunca dejó tampoco de ser español.

 

Alberto se casó con Clara Sancha. Poco después estalla la guerra civil. Su casa y casi toda su obra escultórica es destruida. Desde Valencia, el Gobierno le envía a Moscú encomendándole las clases de dibujo en las escuelas donde recibían instrucción los niños españoles evacuados a la URSS. El 12 de octubre de 1962 falleció Alberto en Moscú, con la nostalgia de no haber vuelto nunca a casa.

 

La obra de Alberto es impresionante. Desde ese pájaro que bebe a su grandiosa escultura para el pabellón español de la Exposición Internacional de Paría de 1937, titulada El pueblo español tiene un camino que conduce a una estrella. Desde el Monumento a los pájaros a sus Mujeres castellanas a sus Toros Ibéricos  o su Perdíz del Cáucaso. Desde sus telones del Puente del diablo de Tolstoi a La gitanilla de Cervantes o Bodas de sangre de Lorca, o sus decorados del Quijote que permiten a Kozintser realizar aquella maravillosa película de España desde Moscú. De Alberto se han dicho las cosas más hermosas, las más poéticas, las más entusiastas. “Es el único escultor del rayo –escribía Miguel Hernández-, el único que graba el color de la madrugada, el único que ha hecho un monumento a los pájaros y una estatua al bramido...”.

 

Alberto deja una obra desperdigada, en parte perdida, pero con unos cimientos muy profundos para el arte, con una endiablada personalidad, con un sentido de anticipación, con una auténtica revolución sobre la forma. Se alargó con una pasión mística y revolucionaria hasta proporcionar una estrella al pueblo español sin importarle por ello estrellarse. Se estrelló con su pueblo, ya que ambos tenían la misma estrella.

 

Pablo Neruda decía que “nunca Alberto se hizo ilusiones sobre los que podían entenderlo, ni dónde ni cuándo. Todo el tiempo para admirarlo es justo: entonces y mañana”. Y Alberto nos dejó dicho: “Yo deseaba que todos los hombres de la tierra disfrutaran esta emoción que me causaba el campo abierto. Por eso siempre he considerado este arte un arte revolucionario, que busca la vida”.

 

Francisco Arias Solis
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Malcolm Lowry por Francisco Arias Solis

EN EL CENTENARIO DE MALCOLM LOWRY

(1909-1957)

 

“Malcolm Lowry

Difunto de Bowery

Su prosa era florida

Y a veces reñía

Vivió, de noche, bebió, de día,

Y murió tocando el ukelele.”

Malcolm Lowry. Epitafio.

 

 

LA VOZ ROTA POR EL ALCOHOL

 

Pocos son los autores que nos han contado las miserias del alcohol con tanto lirismo, intensidad y objetividad como lo hizo Lowry. Su técnica narrativa consiste en una serie de flashbacks y yuxtaposiciones de elementos contrastantes que debe mucho al cine. Escritor minucioso, desesperado, corregía sus originales incesantemente.

 

El escritor y poeta británico Malcolm Lowry nació  en New Brighton, Cheshire, el 28 de julio de 1909 y falleció en Ripe, Sussex, el 26 de junio de 1957.  De espíritu aventurero, a los dieciocho años abandonó los estudios y se enroló en la marina, embarcándose hacia China.  Posteriormente cursó estudios en la Universidad de Cambridge. En 1933, en su viaje a España, visitó Ronda y Granada, donde conoció a  la actriz cinematográfica  norteamericana Jan Gabrial, con la que contrajo matrimonio en París  el 6 de enero de 1934. Un año más tarde el matrimonio se traslada a México, viviendo en Cuernavaca, escenario de su exitosa novela, Bajo el volcán (1947), una de las mejores novelas del pasado siglo. Lowry  vivió algunos años en Hollywood trabajando como guionista. En 1939 se trasladó a Canadá y un año más tarde se casó con la actriz y escritora Margerie Bonner, viviendo durante un tiempo en una cabaña de una playa de la Columbia Británica, aunque la pareja no cesó de viajar por Estados Unidos, el Caribe y Europa. La muerte de Lowry fue ocasionada por la ingestión de alcohol y posiblemente por una sobredosis de antidepresivos.

 

En 1933 Lowry publica su primera novela Ultramarine, nacida de la experiencia de su viaje a China, y donde ya se apunta el complejo mundo interior del auto, enfrentado con el exterior, como expresa en su obra maestra Bajo el volcán (1947), con la que alcanzó uno de los primeros puestos de la novelística del siglo XX, y que posteriormente dio origen a un exitoso filme, novela de avanzada técnica y de ricos contenidos sobre la autodestrucción, la soledad, la desesperación amorosa, la indagación de la mente y el pasado, y la lucha contra el subconsciente y el tiempo. En ella crea un mundo cabalístico y simbólico protagonizado por un alcohólico, trasunto del propio autor buscando lo propiamente humano en la degradación. Entre las obras que aparecieron póstumamente destacan: los  libros de relatos Escúchanos, señor, desde el cielo, tu morada (1961) y Oscuro como la tumba donde yace mi amigo (1968), la novela Lunar caustic (1963) y una recopilación de sus poemas, Poemas selectos (1963). También es notable su epistolario. Y como dijo el poeta británico: “La única esperanza es el próximo trago. / Si te apetece puedes dar un paseo. / Sin tiempo de pararse a pensar,  / La única esperanza es el próximo trago”.

 

Francisco Arias Solis
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Paz y libertad. 


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Gracias.

 

 

 

 

 

Luis Fernández Ardavín por Francisco Arias Solis

LUIS FERNÁNDEZ ARDAVIN
(1892-1962)

 

“Este dolor de vivir no viviendo

y este sufrir de saber que no vivo,

quieren hacerme querer no queriendo

y desear no escribir lo que escribo...”

Luis Fernández Ardavín.

 

LA VOZ DEL MODERNISTA OLVIDADO 

 

Luis Fernández Ardavín es el autor de la letra del célebre cuplé-chotis “Rosa de Madrid”, y  de la obra de teatro del mismo nombre que se estrenó en Bilbao en 1925. También se hizo muy popular su poema “Aquel día...”:  “Ni sonaron campanas, / ni tronaron cañones;  / pero lucieron flámulas /  sobre los torreones / y un clamor jubiloso / se alzó en la ciudad ... / ¡Gentes arracimadas / en sucios camiones / desfilaban frenéticas / de gritos y canciones, / en un desbordamiento / de triunfo y libertad!... / Los mástiles pedían / banderas tricolores...”

 

El dramaturgo y poeta modernista Luis Fernández Ardavín nació en Madrid el 16 de julio de 1892 y falleció en la misma ciudad, en 1962. Fue hermano del director de cine Eusebio Fernández Ardavín. Escribió numerosos artículos periodísticos  y trabajó como libretista de zarzuelas. Presidió la Sociedad General de Autores de España, desde 1952 hasta su muerte. Tradujo al castellano, obras de Alfred de Musset, Honoré de Balzac, Goethe y Sófocles.

 

Alumno predilecto de Eduardo Marquina, Fernández Ardavín publicó en 1913 su primera colección de poemas Meditaciones y otros poemas, a la que siguieron Láminas d e folletín y de misal (1920), La eterna inquietud, A mitad del camino...

 

Su obra teatral fue la que le hizo famoso. Con trazas de tragedia rústica se estrenó en 1919 La campana, ya antes de este estreno era un autor conocido por algunas colaboraciones dramáticas, como  El delito, escrita en colaboración con Federico García Sanchiz y estrenada en 1915. En 1921 estrena La dama de armiño, obra en la que según Díez-Canedo, Fernández Ardavín, “trata” de retratar el universo del Greco, dando vida a la figura de uno de sus cuadros. Un año más tarde estrena  El bandido de la sierra, o la historia folletinesca de Salvador Peñalara, bandido generoso. Cultivó también la adaptación y actualización de obras clásicas; así Hecyra, comedia, se convierte en el drama Lupe la malcasada (1924). En 1925 estrena La estrella Justina (“comedia a media voz, de asunto doméstico”, según Díez-Canedo y Doña Diabla, obra que como, como dice el mismo crítico, “pudo ser un buen drama español y es una mala película italiana”, y, finalmente, La nave sin timón, estampa bretona. Otras obras suyas posteriores son La vidriera milagrosa (1925), Rosa de Madrid (1925), La hija de la Dolores (1927), La cantaora del puerto (1927), La espada del hidalgo (1930),  Las llamas del convento (1931) y La florista de la reina (1939). A una colección de canciones Cuentos de Abate  de Ardavín  le puso música Amadeo Vives y, escribió  también un libro de narraciones El hijo.  

 

Luis Fernández Ardavín trabajó como libretista de zarzuelas para los maestros Amadeo Vives, Francisco Alonso y Federico Moreno Torroba. Su hermano Eusebio, llevó al cine muchas de sus obras, según los guiones preparados por el propio autor. Y como nos dijo el poeta y dramaturgo madrileño en su famoso “Aquel día...”: “¡Se adoraba  la imagen  / de los libertadores!... / ¡Se apostrofaba el nombre / de los expoliadores / y se cerraba un ciclo / que nunca ha de volver!...”

 

Francisco Arias Solis
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Paz, queramos paz.


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Gracias