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Francisco Arias Solís

Eugene O'Neill por Francisco Arias Solis

EUGENE O’NEILL

(1888-1953)

 

“El amor nunca tiene razones,

 y la falta del amor tampoco. Todo son milagros.”

Eugene O´Neill.

 

 LA VOZ DEL PADRE DEL TEATRO NORTEAMERICANO

 

O’Neill, que fue galardonado en 1936 con el premio Nobel de Literatura, es el verdadero  padre del teatro norteamericano actual. Su intensidad pasional y su sentido del juego escénico hacen que se le perdonen fácilmente sus excesos de retórica y de simbolismo. Creó una serie de dramas representativas de la vida americana que están a la altura de la mejor novela y poesía de su tiempo.  Fue ganador cuatro veces (una de ellas a título póstumo) del premio Pulitzer de teatro.

 

Eugene Gladstone O’Neill nació en Nueva York el 16 de octubre de 1888 y falleció en Boston el 27 de noviembre de 1953. Hijo de un emigrante irlandés, célebre actor e intérprete del Conde de Montecristo, hasta los siete años vive en constante gira con la compañía teatral de sus padres. Estudia en varias escuelas católicas y se matricula en la Universidad de Princeton (1906). Abandona los estudios un año más tarde y con espíritu aventurero es buscador de oro, subdirector de una compañía teatral, marino, actor, periodista y siempre viajero incansable. En 1913 enfermó de tuberculosis e, internado en un sanatorio, se dedicó a leer, despertándose su vocación de dramaturgo. En 1915 se unió al grupo teatral Provincetown Players, renovador del teatro estadounidense de los años veinte.

 

Cuando O’Neill comenzó a escribir, la literatura dramática norteamericana carecía de una tradición en la que afincarse. Tiene que crearla él mismo; de ahí los tanteos de sus dramas experimentales, influidos por Joyce, Elliot y la filosofía de Nietzsche.  Escritor de gran fuerza creadora, O’Neill se distinguió por enlazar en su concepción dramática los mitos griegos y bíblicos, el psicoanálisis, el expresionismo y el naturalismo.

 

Entre sus obras destacan: Más allá del horizonte (1920; premio Pulitzer), El Emperador Jones (1920), alucinante monólogo de un dictador antillano con fondo de tambores, El mono velludo (1922), introspección sobre el “yo” profundo,  Anna Christie (1922, premio Pulitzer), Deseo bajo los olmos (1924), cuya decoración representa una casa sin techo, El gran dios Brown (1926), donde utiliza máscaras con el sentido que tienen en la tragedia griega,  Extraño interludio (1928; premio Pulitzer), la trilogía A Electra le sienta bien el luto (1931), su obra más ambiciosa, en la que traslada la casa de Atreo a la Nueva Inglaterra de la Guerra Civil americana, y la autobiográfica Viaje de un largo día hacia la noche (1940), representada en 1957 y premio Pulitzer de ese año. Y como dijo el gran dramaturgo norteamericano: “Creer en el sentido común es la primera falta de sentido común”.

 

Francisco Arias Solis
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La paz pide una oportunidad.

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Faulkner por Francisco Arias Solis

WILLIAM FAULKNER 

(1897-1962)

 

“Vivir en cualquier parte del mundo hoy

 y estar contra la igualdad por motivo de raza o de color

 es como vivir en Alaska y estar contra la nieve.”

William Faulkner.

 

LA VOZ DEL MAESTRO DE LA NARRATIVA ESTADOUNIDENSE

 

Faulkner es uno de los más famosos novelistas norteamericanos. Está considerado el gran cronista de las transformaciones sociales de los estados del Sur después de la guerra de Secesión y uno de los maestros de la narrativa estadounidense. Fue periodista y poeta pero su aportación más notable es la narración. En la obra de Faulkner se encuentran muchos de los elementos de la tradición estadounidense, como el naturalismo de Hernan Melville y Nathaniel Hawtorne, y el humor y la atmósfera gótica de Edgar Allan Poe. Utilizó innovaciones narrativas como el punto de vista múltiple, el monólogo interior y la fusión de tiempo pasado y tiempo presente. Su estilo es críptico, caracterizado por frases de gran extensión, en la que los detalles significativos están entremezclados con una gran cantidad de información, lo que exige un gran esfuerzo por parte del lector. El tono de sus novelas es sombrío y elegíaco, pero su prosa está cargada de un extraordinario lirismo poético. Sus temas principales son el conflicto entre el bien y el mal y el fracaso de intentar retener los esplendores del pasado. Casi todos sus personajes tienen dificultades para aceptarse y para construir su futuro.  A Faulkner le atrae ante todo el misterio del sur y por eso indaga sobre el alma de esta región tal como se manifiesta en sus gentes, en el paisaje, en rincones escondidos, en alejadas aldeas o cabañas perdidas. Para ambientar sus obras creó un  lugar imaginario llamado Yoknapatawpha, en el que se resume su visión de aquellas tierras. Ello proporciona cierta unidad a todas las novelas del autor.

 

William Faulkner, cuyo verdadero apellido es Falkner, cambiado  por razones de impacto editorial desde su primer libro, nació en New Albany, Mississippi, el 25 de septiembre de 1897 y falleció en Oxford, Missisippi, el 6 de julio de 1962. Su familia pertenecía a un viejo clan sudista arruinado durante la guerra de Secesión, y en el que se habían dado tipos casi legendarios. Faulkner se inspira en algunos de ellos para crear sus personajes literarios más inolvidables. Desde 1902 reside en Oxford, donde el padre  obtiene un puesto administrativo. Se alistó en las fuerzas aéreas canadienses, estudió un año en la Universidad de Mississippi  y desempeñó los trabajos más diversos: cartero, pintor, carpintero, granjero, obrero nocturno en una central eléctrica, empapelador y periodista. Se trasladó a Nueva Orleans, donde entró en contacto con Sherwood Anderson, cuyo realismo psicológico le influyó, T.S. Eliot y James Joyce. Viaja por Europa y Asia. Su primera novela la publicó en 1926 y desde entonces su actividad literaria fue incesante hasta su muerte. Reside algunos años en Hollywood, adaptando sus novelas a guiones cinematográficos. Fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1949 y con el Premio Pulitzer en 1955. 

 

La paga de los soldados (1926) y Mosquitos (1927) son las dos primeras novelas de Faulkner, todavía alejadas de lo que será su universo novelístico, que comienza con Sartoris (1929). Entre sus obras destacan: El ruido y la feria (1929), Mientras agonizo (1930), Santuario (1931), Luz de agosto (1932), ¡Absalón, Absalón! (1936), Los invictos (1938), Las palmeras salvajes (1939), El villorrio (1940), Intruso en el polvo (1948), Gambito de caballo (1949), Réquiem por una mujer (1951), Una fábula (1954), La ciudad (1957), El campo (1959) y Los rateros (1962).  Y como dijo el escritor estadounidense: “Un hombre es la suma de sus desdichas. Se podría creer que la desdicha terminará un día por cansarse, pero entonces es el tiempo el que se convierte en nuestra desdicha”.

 

Francisco Arias Solis
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No se puede ser libre más que entre libres.

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Francis Bacon por Francisco Arias Solis

 

 

FRANCIS BACON

(1561-1626)

 

“No hay cosa que haga más daño a una nación

 como el que la gente astuta pase por inteligente ”

Francis Bacon. 

 

LA VOZ INGLESA DEL METODO INDUCTIVO 

 

Francis Bacon, filósofo, político y ensayista inglés, se creyó siempre destinado a realizar en el mundo una gran misión que lo revolucionaría, y para poner en práctica su ideal, no pensó más que proporcionarse la riqueza que le parecía imprescindible. Tal preocupación llegó a destruir en él su sentido moral, aunque acaso influyera también no poco en ello la lectura de las máximas de Maquiavelo, aquel que, según él, escribió “acerca de lo que los hombres hacen, no acerca de lo que debieran hacer”. Así adoptó como norma de su conducta que hay que evitar siempre lo que pueda repelernos, y no bogar nunca contra la corriente; que en la fama y la reputación conviene mucha publicidad, pero en las costumbres gran secreto; que hay que saber disimular a tiempo y fingir cuando no hay más remedio; que la falsedad es semejante a la aleación en las monedas de oro y plata: ayuda a dar resistencia al metal; que el mejor procedimiento para triunfar en el mundo es acercarse a los grandes hombres, entregándoseles uno atado de pies y mano. Esto y más practicó él en su vida de perpetua adulación al fuerte, sin perjuicio de que luego fuera desleal y traidor con su protector Essex, cuando le vio caído. Oportunista en política, su falta de escrúpulos le llevó a ser destituido de su cargo de Lord Canciller, bajo la acusación de haberse dejado sobornar, lo que él mismo reconoció renunciando a defenderse.

 

Si en el concepto moral Bacon, ocupa bajísimo lugar, en el concepto intelectual y literario se le asigna el más alto después de Shakespeare, en la época del Renacimiento en Inglaterra. La tendencia de su labor científica y filosófica es lo que le ha dado importancia ante la posteridad; pero sus cualidades literarias han contribuido también a ello.

 

Francis Bacon, barón de Verulam, nació en Londres el 22 de enero de 1561 y falleció en su ciudad natal el 9 de abril de 1626. Perteneciente a una ilustre familia, pues su padre era Lord encargado de la custodia del Gran Sello y su tío el primer ministro de la reina Isabel. Estudió en el Trinity College de Cambridge, ejerció la abogacía y fue miembro del Parlamento a partir de 1584. Fue el agregado diplomático más joven que había en la Embajada inglesa de París, lo que le aficionó a la vida diplomática y ayudó a su precoz experiencia y ambición. Pocas veces se han visto en un hombre tan firmemente enlazadas como en él, desde su juventud, el más práctico materialismo y el más soñador idealismo. Se le otorgó el título de barón de Verulam y gozó de la absoluta confianza de Jacobo I, quien en 1621 le nombró vizconde de Saint Albans; pero ese mismo año fue acusado de venalidad y sancionado, aunque el hecho tuvo como única consecuencia el fin de su carrera política.

 

Bacon escribió en latín y en inglés, lamentándose de esto último, porque el latín era, en su concepto, el único que conducía a la inmortalidad. Ante la ciencia, representó la convicción de que la verdad no puede ser hija de la autoridad de ningún sabio, sino de la experiencia  y de la experimentación humanas. Su principal objeto fue derribar los métodos deductivos de Aristóteles y de los escolásticos medievales, que él halló triunfantes, y por cuyo medio se probaban teorías preconcebidas, sin apoyarlas en hecho. Se erigió, pues, en campeón del método inductivo en Inglaterra, y sólo lo que la fría luz de la razón iluminaba existía para él. Promovió así un movimiento intelectual, que impulsó, principalmente, el estudio de las ciencias de aplicación.

 

Sus obras capitales en inglés son: Essays, ensayos sobre la enseñanza, los estudios, la vanagloria, etc.; The Advancement of Learnign, traducida como El avance del conocimiento, The New Atlantis (Nueva Atlántida), novela filosófica que dejó sin terminar y que fue publicada en 1627, en la que proyectó un estado utópico científicamente organizado. De sus obras latinas la principal es su célebre Novum Organum (1620), en la que se expone la nueva lógica o método de su filosofía, en oposición, con el Organum aristotélico. Y como dijo el célebre escritor inglés: “El conocimiento se adquiere leyendo la letra pequeña de un contrato; la experiencia, no leyéndola”.

 

Francisco Arias Solis
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La paz no se reduce a la ausencia de guerras

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Caldwell por Francisco Arias Solis

 

 

ERSKINE CALDWELL

(1903-1987)

 

“Un escritor es una persona con ideas simples

 y tener eso presente. No es una gran mente,

 no es un gran pensador, no es un gran filósofo,

 es un contador de historias.”

Erskine Caldwell.

 

 LA VOZ DE UNO DE LOS MEJORES NARRADORES

 DE  LA GENERACIÓN PERDIDA 

 

El novelista y escritor estadounidense Erskine Caldwell, cronista de la decadencia de las sociedades sureñas, aristocráticas y racistas,  es uno de los componentes de la mal llamada “generación perdida”, junto a John Dos Passos, James Thomas Farrell y William  Faulkner, entre otros.

 

Caldwell fue costumbrista y crudo en sus descripciones, sobre todo de las miserias y pobreza de ciertos sectores de algunos estados del Sur.

 

Erskine Caldwell nació en White Oak, Georgia, el 17 de diciembre de 1903 y falleció en Paradise Valley, Arizona, el 11 de abril de 1987. Hijo de un pastor presbiteriano, estudió en las universidades de Virginia y Pennsylvania. Trabajó en los más diversos oficios, obrero en una fábrica, taxista, jugador profesional de fútbol americano, guardaespaldas, periodista, lector de universidad y guionista de cine. En 1939 se casó con Margaret Bourke-White. El matrimonio regentó una librería en Augusta. Durante la segunda guerra mundial, Caldwell viajó por Europa como corresponsal de guerra. A su regreso a Estados Unidos en 1945, se separó de su esposa, y se instaló en San Francisco.

 

Su primera novela Bastardo (1929), fue  inmediatamente prohibida, tal vez por su título. Entre sus obras figuran los cuentos Tierra americana (1931) y las novelas El camino del tabaco (1932) y  La parcela de Dios (1933), ambas llevadas después al cine, que le dieron un amplio prestigio no solo entre los más destacados autores negros de Estados Unidos, sino entre los mejores narradores de su generación. La aparición de  La parcela de Dios  supuso el arresto del autor,  acusado de obscenidad, la novela tuvo una versión castellana en Argentina con el título  La chacrita de Dios, y cuenta la historia de un granjero de Georgia, que dedica las cosechas de una parcela de sus tierras a Dios, pero en la búsqueda  de un supuesto oro que puede estar escondido bajo ellas. Esta novela se publicará por primera vez en castellano en España, en el próximo mes de septiembre, con setenta y cinco años de retraso desde que la escribiera Caldwell.

 

Esencialmente preocupado por la identidad del negro sureño y por las dificultades presentadas en una sociedad violentamente racista, Caldwell se convirtió, al lado de Richard Wright, en portavoz e intérprete de esta realidad, recreada en la casi totalidad de sus novelas y relatos, donde amplía temas y situaciones que, en el fondo, tratan más de las injustas y violentas acciones segregacionistas propiciadas por la sociedad blanca  que de la identidad étnica y cultural del negro.

 

Entre las numerosas obras de Caldwell, citaremos: los cuentos Arrodillarse ante el sol naciente (1935), Caminos del sur (1939) y Los héroes no vuelven (1961); la autobiografía Moscú bajo las llamas: diario de guerra (1941); las novelas Un muchacho de Georgia (1943), Suelo trágico (1944), La segura mano de Dios (1947), Esta tierra verdadera (1948), Un lugar llamado Estherville (1949), Sucedió en Palmetto (1950), Amor y dinero (1954), El sacrilegio de Alan Kent, Pobre loco, Cuando pienses en mí (1959), La mosca en el ataúd y Muerte lenta (1960), En busca de Bisco (1965), Los hijos de Mamma Aimée (1967), Summertime Island (1969), La vecindad de Earnshaw (1971), Annette (1973) y Tardes en Mid-América, ceremonia del inocente (1976). En 1953 apareció la recopilación Todos los cuentos de Erskine Caldwell. Y como dijo el escritor estadounidense: “Un buen gobierno es como una buena digestión; mientras funciona, casi no la percibimos”.

 

Francisco Arias Solis
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Ningún hombre considera que su situación es libre si no es al mismo tiempo justa, ni justa si no es libre.


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Alessandro Manzoni por Francisco Arias Solis

 

 

ALESSANDRO MANZONI

(1785-1873)

 

“Cualquier hombre está obligado a defender la verdad,

 aunque no consiga siempre hacerla triunfar.”

Alessandro Manzoni.

 

 

 LA VOZ DEL ROMANTICISMO ITALIANO

 

El romanticismo en Italia no apareció como escuela definida hasta 1816, con la Carta semiseria de Crisóstomo, debida a Giovanni Berchet,  tuvo en Milán su órgano en el liberal Il Conciliatore, que no duró más que desde 1818 a 1819, suprimido por la censura austriaca como enemigo político. Puede decirse que al caer la bandera literaria de aquella publicación la recogió la titulada L’Antología, fundada en Florencia en 1821 Todas aquellas ideas eran, sin embargo, de exportación, aunque se unieran a las de patriotismo. Mas, en medio de todo ello, pronto se reveló el genio de Manzoni, que quedó convertido en jefe indiscutible de la nueva escuela. El romanticismo de Manzoni era religioso y patriótico, manifestándose en la poesía, en el teatro y de modo principalísimo en la novela histórica. El conde Alessandro Manzoni, ofrece la curiosa circunstancia, muy comentada en los libros de la década posterior a su muerte, de que aquel campeón del catolicismo a los treinta años, era un fogoso revolucionario, librepensador y anticlerical rabioso, a la temprana edad de quince, como se pudo comprobar con la publicación de sus obras póstumas, muy buscadas en la citada década, se aumentó quizá tal tendencia con su ida a París en 1805, a los veinte años, acompañado de su madre, pasando allí muy larga temporada en que fue presentado en el salón de Madame de Condorcer, viuda de Cabanis, donde conoció a no pocos cultivadores de la filosofía harto sensualista y libre que estaba de moda en Francia. Allí contrajo matrimonio con la hija de un banquero genovés, siendo su esposa protestante y convirtiéndose unos  años después al catolicismo, ejemplo que quizá arrastrara a su esposo, que se transformó al fin, en el más ferviente católico por convencimiento, después de sus años de escepticismo. De modo que el incrédulo a los quince y a los veinte era firmísimo creyente a los treinta.

 

Alessandro Manzoni nació en Milán el 7 de marzo de 1785 y falleció en la misma ciudad el 22 de mayo de 1873. De origen noble, fue educado en colegios religiosos. En 1805 se traslada a París y en 1808  se casó con Enriqueta Blondel, que abjuró de su creencia calvinista y se convirtió al catolicismo, lo que influyó en Manzoni, hasta el punto de firmar en 1810 también él acta de abjuración  Participó en la revuelta milanesa contra la dominación austriaca de 1848, que fracasó, y en 1860 fue elegido senador de la primera legislatura del recién nacido reino de Italia. Sus comienzos como poeta se movieron aun en la estética neoclásica, pero desde 1810 se convirtió en uno de los principales abanderados del Romanticismo en Italia.

 

Mientras estudiaba en Milán escribió El triunfo de la libertad (1801); publicado después de la muerte de Manzoni), poema de orientación republicana y jacobina. Su posterior romanticismo cristiano aparece ya en los cinco Himnos sacros (1812-1822), en los que canta a las festividades católicas, y se manifiesta en las odas Marzo de 1821, sobre la insurrección piamontesa de aquel año, y El cinco de mayo (1821), escrita esta a raíz de la muerte de Napoleón, y en los dramas El conde de Carmagnola (1816-1819) y Aldechi (1820-1822). Pero la gran celebridad del artista provino de la publicación de la novela histórica Los novios en 1827 (con revisiones en 1840-1842), popularizada en España por la clásica traducción de otro poeta célebre, Juan Nicasio Gallego, considerada la obra maestra de Manzoni y un clásico universal. Ambientada en la Lombardía del siglo XVII, durante la dominación española, la novela cuenta la historia de una pareja de jóvenes campesinos que ha de huir de su señor, quien, enamorado de la novia, trata de impedir la boda, tras numerosas vicisitudes y la muerte del señor en la peste de Milán de 1630, la pareja puede cumplir su amor. Junto a los ideales patrióticos y religiosos que recorrerán toda la novela, encontramos en ella una acertada descripción psicológica de los personajes, al tiempo  que ofrece un magnifico fresco histórico de la época. Entre sus aportaciones ensayísticas se cuentan Historia de la columna infame (1840) y Sobre la novela histórica (1845).

 

            Con Los novios, de Manzoni, pareció haberle salido un terrible rival a Walter Scott, que halló el libro admirable; pero Manzoni gran novelista enmudeció después de su bella obra maestra  y de declararse discípulo del famoso escritor escocés. Y como dijo el pota y novelista del romanticismo italiano: “Manda el que puede obedece el que quiere”.

 

 

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Se ama la libertad como se ama y se necesita el aire, el pan y el amor.

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Beckett por Francisco Arias Solis

 

 

SAMUEL BECKETT

(1906-1989)

 

“Quisiera que mi amor muriese

y que lloviera sobre el cementerio

y las callejas por las que camino

llorando a aquella que creyó que amaba.”

Samuel Beckett.

 

LA  VOZ DEL TEATRO DEL ABSURDO

 

Este escritor irlandés en lenguas inglesa y francesa es uno de los dramaturgos más originales y que mayor influencia ha ejercido en los escritores contemporáneos. Su teatro se caracteriza por la ruptura de las técnicas tradicionales. Sus obras cada vez más estáticas, sin acción y sin trucos escénicos, presentan un mundo interior sin relación con el exterior: son la apoteosis de la soledad humana sin el menor atisbo de esperanza. En su producción destaca la pieza teatral de dimensión filosófica Esperando a Godot (1952),  con la que inició al mismo tiempo que el rumano Eugène Ionesco, el llamado “teatro del absurdo”, alcanzando con ella fama mundial.

 

Samuel Beckett nace en Foxrock, cerca de Dublín, el 13 de abril de 1906 y muere en París el 22 de diciembre de 1989. Después de asistir a una escuela protestante de clase media en el norte de Irlanda, estudia en el Trinity College de Dublín, donde obtiene la licenciatura en lenguas romances en 1927  y el doctorado en 1931. Emigra a París como lector de la Ecole Normale Superieure. En ese periodo, inicia su amistad con otro famoso escritor irlandés, James Joyce, del que fue secretario y que ejerció una gran influencia en sus obra. Se ilustra con textos de René Descartes y Arthur Schopenhauer. Entre 1932 y 1937 escribe y viaja sin descanso, desempeñando diversos trabajos para incrementar los ingresos de la pensión anual que le ofrecía su padre, cuya muerte en 1933 le supuso un duro golpe. En 1937 se establece definitivamente en París. En enero de 1938 y estando en París, debido a que rechazó los reclamos que le hacía un mal afamado proxeneta, que por ironía se llamaba Prudent, Becket fue apuñalado en el pecho y se salvó por muy poco de la muerte. James Joyce consiguió para el herido un habitación privada en el hospital. La publicidad que generó el accidente atrajo la atención de Suzanne Deschevaux-Dumesnil, lo que dio lugar al inicio de una relación sentimental que terminaría en boda en 1961. En la primera audiencia judicial que tuvieron Beckett le preguntó a su atacante el motivo de su apuñalamiento y Prudent le contestó simplemente: “No sé, señor, lo siento”. Beckett levantó los cargos contra su atacante, en parte para evitarse otras molestias procesales pero también porque encontró que Prudent era agradable  y de buenas maneras. A partir de mediados de los cuarenta Beckett escribe preferentemente en francés. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial y Francia fue ocupada por el ejército nazi, Beckett apoya a la Resistencia Francesa y es perseguido por la Gestapo. En 1961 le otorgan el Premio Internacional de Literatura compartido por Jorge Luis Borges por su contribución a la literatura mundial y en 1969 el Premio Nobel de Literatura.

 

Beckett inicia su carrera literaria en el ámbito  de la poesía con Whoroscope (1930). Al año siguiente escribe un ensayo crítico Proust, que sentaría las bases filosóficas de su vida y de su obra. Sus primeras novelas, Murphy (1938) y Watt  (1953), intentan recoger las posibilidades humorísticas de la lengua inglesa, en combinación con su obsesión por el lenguaje y el orden lógico de éste impuesto por la mente humana; en ellas aparece ya una de sus ideas claves: la impotencia individual. Todo ello se hace más palpable en su trilogía de novelas escritas en francés Malone muere (1951), El innombrable (1953) y Como es (1961), a las que habría que añadir Molloy (1951). En ellas a la inseguridad mental de sus personajes se une su conversión en objetos inmóviles físicamente; todo ello manifestado a través de un lenguaje deliberadamente deformado, en el que, sin embargo, Beckett introduce su comicidad no exenta de simbolismo. Su obra más famosa es una pieza teatral, En attendant Godot (Esperando a Godot) (1952), sobre la historia, absurda en apariencia, de dos mendigos que esperan a un supuesto señor Godot y se encuentran con un extraño rico y su esclavo, planea una compleja red simbólica (que los críticos no han sido capaces de descifrar), a la vez que un lenguaje vulgarista y tópico, acorde con la inanidad de los personajes; como en otras ocasiones, el nihilismo de la obra de Beckett se salva por el humor. Otras obras del autor, que siguen la misma línea  son Final de  partida (1957), escrita en inglés, Días felices (1961) y Acto sin palabras (1962).. Y como dijo el gran dramaturgo irlandés: “Las palabras es todo lo que tenemos”.

 

 

Francisco Arias Solis
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Paz y libertad. 


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Roa Bastos por Francisco Arias Solis

 

AUGUSTO ROA BASTOS 

(1917-2005)

 

“Escribo para evitar que al miedo de la muerte

 se agregue el miedo de la vida.”

Augusto Roa Bastos.

 

 LA VOZ DEL PERPETUO EXILIADO

 

Roa Bastos es el escritor paraguayo más importante del pasado siglo y uno de los novelistas más representativo de la literatura latinoamericana. Pasó más de la mitad de su vida fuera de su país, hasta el punto de que él mismo se calificara como el perpetuo exiliado.

 

Augusto Roa Bastos nació en Asunción el 13 de junio de 1917 y falleció en la misma ciudad el 26 de abril de 2005. De origen humilde, pasó su infancia en el pequeño pueblo de Iturbe de la región Guairá, . Luchó en la guerra del Chaco con tan solo quince años, fue corresponsal en Europa durante la segunda guerra mundial y, a raíz de la guerra civil de 1947, hubo de exiliarse a Buenos Aires, donde escribió gran parte de su obra, hasta el comienzo de la dictadura militar argentina. Vivió posteriormente en Francia y, tras regresar a su tierra, tuvo que volver al destierro en 1982. En 1983 obtuvo la nacionalidad española y posteriormente dio clases de literatura en la Universidad de Touluse. En 1989 decidió volver a su país tras la caída del dictadura de Alfredo Stroesner. “La más larga y oprobiosa dictadura –escribía Roa Bastos- que registra la cronología de los regímenes de fuerza en suelo sudamericano”. En 1989 le fue concedido el Premio Cervantes por el conjunto de su obra literaria.

Inició su carrera publicando un libro de poemas de escasa repercusión, El ruiseñor de la aurora (1942). Es a partir de los relatos breves recogidos en El trueno entre las hojas (1953) cuando este narrador halla su vertiente poética y realista de mayor envergadura. Con la novela Hijo de hombre (1960), basada en la guerra del Chaco, la más conmovedora expresión del drama social de su país, inicia su trilogía paraguaya y alcanza renombre internacional. Le siguió la novela más famosa, Yo, el Supremo (1974), una vasta y compleja panorámica sobre la vida del dictador José Gaspar Rodríguez de Francia, expuesta desde la perspectiva de su protagonista y que abarca un siglo de historia paraguaya. La trilogía se cierra con El fiscal (1993). Entre sus restantes obras destacan el poemario El naranjal ardiente (1960); los libros de cuentos El baldío (1966), Madera quemada (1969), Cuerpo presente (1971), El sonámbulo (1976), Lucha hasta el alba (1979) y Contar un cuento (1984); los guiones cinematográfico de Hijo de hombre (1960), comercializada con el título de La sed, Shunko (1960), Alias Gardelito (1961) y Don Segundo Sombra  (1970); y las novelas La vigilia del almirante (1992), basada en la figura de Cristóbal Colón y Contravida (1995), recreación del Paraguay de la época de la dictadura con ciertos matices de carácter autobiográfico. Y como dijo el escritor paraguayo: “A fuerza de morir tantas veces los personajes de los libros alcanzan una especie de relativa inmortalidad”.

Francisco Arias Solis
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Se ama la libertad como se ama y se necesita el aire, el pan y el amor.

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SOCRATES POR FRANCISCO ARIAS SOLIS

 

SÓCRATES

(470-399 a.C.)

 

“Sólo sé que no sé nada; y esto cabalmente

 me distingue de los demás filósofos,

 que creen saberlo todo.”

Sócrates.

 

 LA VOZ DEL FUNDADOR DE LA FILOSOFIA GRIEGA

 

No dejó escritas sus doctrinas Sócrates, dándose el raro caso de que del fundador indiscutible de la filosofía griega no podemos mencionar ni una sola obra; pero nos sirve de guía lo que nos han transmitido sus discípulos, como Platón y Jenofonte; y también los escritos de Aristóteles. En la Apología de Sócrates, de Platón, le vemos como si viviera aún, y admiramos su entereza de ánimo al defenderse, como jugando con la muerte, de las acusaciones de impiedad y de corruptor de la juventud de que le hicieron víctima los enemigos que su ironía y su afición a presentar la verdad desnuda le suscitaron. Melito, Anyto y Licón fueron los tres acusadores, representando el primero a los poetas, el segundo a los políticos y artistas, y el tercero a los oradores. A todo les había estando demostrando uno y otro día que nada sabía, aunque pretendieran saberlo todo. “Convencidos así de ignorancia –le hace decir Platón a Sócrates-, se vuelven contra mí y no contra ellos, y van diciendo por ahí que hay un tal Sócrates que es un malvado y un infame corruptor de jóvenes. Y cuando se le pregunta qué es lo que hace o enseña, no saben decirlo; pero por no quedarse corridos, acuden a las censuras que ordinariamente suelen hacerse a los filósofos, y dicen que inquiere lo que pasa en el cielo y en la tierra, que no cree en los dioses y que hace buenas las causas peores, porque no se atreven a decir la verdad de los hechos sorprendida por Sócrates cuando descubre que, aparentando saber, no saben”. Y este hombre que ha de defenderse de una sentencia de muerte, se entretiene serenamente en disquisiciones dialécticas con sus acusadores, enfureciéndolos más y más; diciéndoles que sólo Dios le parece que es verdaderamente sabio, que la diferencia que hay entre él, Sócrates, y los demás, estriba en que él sabe que no sabe nada, mientras los otros no sabiendo nada creen saberlo todo; que no ignora que con lo que dice va enconando más la llaga, que no le inquieta el peligro de muerte; que ésta no es un mal, sino un gran bien; que él es incapaz de ceder ante nadie por temor a morir, como demostró en la única ocasión que fue senador, primero cuando Atenas estaba gobernada por el pueblo y luego bajo el poder de los Treinta Tiranos.

 

Cuando después de deliberar los jueces, le condenan a muerte, tal vez, en gran parte, exasperados por su misma actitud, les dice que si piensan que les basta con matarle a los que le acusan de vivir mal, se engañan; que él va a ser entregado a la muerte, pero ellos, por la fuerza de la verdad, serán entregados a la infamia y la  vergüenza, porque contra ellos se elevarían muchas gentes, reprendiéndoles. Sea de Platón, sea de Sócrates, como se nos presenta todo lo hasta aquí transcrito, el hecho es que la inmortalidad ha sido el premio conseguido por el segundo, quien sacrificó sus intereses, hasta quedar en la pobreza, su familia y su vida misma, por no faltar a la verdad, por cuidar de la virtud ajena y por su constante amor a la Filosofía. “Atenienses, tened presente que yo no puedo obrar de otro modo –decía Sócrates,  en su defensa ante el tribunal que le condenó a beber la cicuta-, ni aunque se me impongan mil penas de muerte...”

 

Con Sócrates se inicia en Grecia el rumbo que definitivamente habría de tener la filosofía en el futuro. Deja de ser ésta una especulación centrada en el mundo físico para volver a su mirada al hombre; es profundamente significativo el que todo el largo periodo del pensamiento griego se denomine “presocrático”. Sócrates es un genial maestro del saber, un héroe de su propia vocación, una gigantesca figura que sigue viva, apasionante y enigmática, después de veintiséis siglos.

 

Sócrates nació en Alopeke, Ática, en el año 470 a.C. y falleció en Atenas,  en el 399 a.C. Hijo de un escultor y de una comadrona, siente muy joven la llamada a la tarea de enseñar a sus conciudadanos y se entrega a ella totalmente. Sus biógrafos  le describen humilde, honesto, irónico, arrastrando tras de sí a la juventud ateniense. Sócrates aparece a primera vista como un sofista más, cuando es precisamente la antitesis del sofista. Su palabra y su ejemplo generan una auténtica revolución espiritual, que concita la enemistad de muchos dirigentes.

 

La actitud de Sócrates era irritante. Deambula por Atenas y, como ignorante, pregunta a todos acerca de las cosas que él ignora; pero resulta que, al final, los ignorantes suelen ser los otros. Esta actitud es la ironía socrática, que combina con la mayéutica o “arte de partear los espíritus”, es decir, de llevar al interlocutor a conocer la verdad. Pero la verdad que busca Sócrates es una verdad universal, es decir, una definición; quiere saber qué es la justicia, qué es la belleza, etc., es decir, está poniendo las bases para la teoría del conocimiento que desarrollarían después Platón y Aristóteles. Por eso, este último dice, en su Metafísica, que a Sócrates hay que atribuir, con justicia, dos cosas: los conceptos universales y el razonamiento inductivo. 

 

La gran preocupación de Sócrates fue moral. Puede afirmarse que él crea la Ética como rama de la Filosofía. El centro de la ética socrática es el concepto de virtud; para Sócrates la virtud se identifica con el saber, esto es, quien conoce lo que es  el bien lo practica necesariamente. El pensamiento de Sócrates se continúa en los filósofos llamados socráticos, de los que Platón es el de mayor categoría. Y como dijo el genial maestro del saber: “Sólo hay un bien: el conocimiento. Sólo hay un mal: la ignorancia”.

 

Francisco Arias Solis
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