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Francisco Arias Solís

JOSE LOPEZ PINILLOS POR FRANCISCO ARIAS SOLIS

JOSE LOPEZ PINILLOS.(1875-1922) “Un cálido soplo de titán arremolinó el polvo y las hojas, y, en seguida, se oyó un trueno formidable, y como si el estallido hubiese reventado a la nube,

 vaciáronse sus entrañas con inaudita furia.”

José López Pinillos.

 LA VOZ DE UN GRAN ESCRITOR  

A lo largo de su ejecutoria periodística, Parmeno (seudónimo celestinesco que empezó a usar hacia 1907 López Pinillos) logró una popularidad extraordinaria. Una buena parte de la producción de Parmeno se produjo en forma de crónicas periodísticas. Dejando al margen su obra teatral (en la que contribuyó decisivamente al apuntalamiento de un género: el drama rural), las peculiares limitaciones y las mejores virtudes de López Pinillos se identificaron con la creación de novelas cortas. Su narrativa fue un antecedente de la novela social y asimismo del tremendismo.

                       

El escritor sevillano bordeó frecuentemente la perfección en el género de la novela breve. Su peculiar sensibilidad para la creación de ambientes opresivos y broncos contribuyó decisivamente a la coherencia de los relatos: lo que en algunas novelas de Galdós y la Pardo Bazán empieza a apuntarse -el compacto chafarrinón de la España negra, asociada sistemáticamente al mundo rural-, se perfecciona en López Pinillos, en Eugenio Noel, en Felipe Trigo, en Silverio Lanza, redondeado en nuestro caso por un insólito sentido de lo grotesco y caricatural. El ladronzuelo (1901), Frente al mar (1914)  y Cintas Rojas (1916) son consumados ejemplos de cómo una “imagen-relato” vertebra, sin fisuras, una acción que funde ambiente y símbolos personalizados en una trama perfectamente trágica.

 

De sus tres novelas largas Las águilas (1911), Doña Mesalina (1910), y El luchador (1916), la segunda es la mejor. Doña Mesalina representa en nuestra literatura -juntamente con Jarrapellejos de Felipe Trigo- la culminación de las novelas de tema caciquil. Novela sobre la condición social de la mujer de clase media, enlaza con los intentos de novela social de los años treinta y, por su peculiar mundo de tragedia y brutalidad, coincide -en ciertos aspectos- con el Valle-Inclán de los esperpentos, dentro del marco de una compleja visión de la España negra. En El luchador, su última novela, describe el ambiente corrompido del periodismo y la bohemia literaria en el Madrid de  las primeras décadas del siglo XX.

 

José López Pinillos nació en Sevilla el 2 de junio de  1875. Las escuetas notas biográficas accesibles hablan de que su infancia transcurrió en Osuna, pero volvió a Sevilla para cursar el bachillerato y  estudios de derecho  y de que la ruina familiar le obligó, a los veinticinco años, a buscar trabajo en Madrid: un periódico donde escribir y un empresario teatral que quisiera estrenar El vencedor de sí mismo (1900), primer drama de una interesante carrera escénica. Parece que fue dura la consecución de ambos proyectos.

 

Cuando en 1902, El Globo, que había sido órgano del “posibilismo” castelaniano, es adquirido por Rius y Periquet, López Pinillos entra en su primera redacción memorable, pues con él están Pío y Ricardo Baroja, Martínez Ruiz, Luis de Oteyza y otros conocidos bohemios de cuerda política radical. La crisis económica de El Globo no tardó en llevar a su redacción -y a su famosa tertulia- a las páginas de España, diario fundado por un grupo vinculado a Maura y dirigido por Manuel Troyano quien incorporó a la nómina transcrita la colaboración de Ramiro de Maeztu, Francisco Grandmontagne y Luis Bello.

 Pero España fue también una experiencia breve, y de ella López Pinillos pasó a los dos grandes periódicos independientes -aunque prerepublicanos- del momento, El Liberal y Heraldo de Madrid, y en ellos escribió hasta su muerte ocurrida en Madrid, el 12 de mayo de 1922, dejando inacabada su obra teatral La nariz, que fue concluida por los hermanos Quintero con el título de Los malcasados.  

Entre los títulos más relevantes de sus novelas se encuentran, además de las citadas, Sangre de Cristo (1907), Ojo por ojo (1915) . Su producción dramática con títulos como La casta (1912), El pantano (1913), Esclavitud (1918), La red (1919) y La tierra (1921), le hizo figurar entre los mejores y más conocidos  dramaturgos  de su momento.

 

Pérez de Ayala, el más cualificado valedor del realismo crítico en aquellas fechas, ha dejado sobre Doña Mesalina algunas pertinentes y significativas apreciaciones: “Doña Mesalina es una obra que, dentro de su género, anda muy cerca de la perfección (...). Doña Mesalina es una novela verista. Y con esto dicho está que su estirpe es castellana y que en su abolengo suenan los nombres de Rojas, Cervantes, Mateo Alemán, Mendoza, Liñán y Verdugo, Salas Barbadillo, Gracián, Somoza y otros tantos.” Por su parte, Azorín no fue menos parco en elogios ni en buscar filiaciones clásicas a Parmeno: “La novela de López Pinillos hace pensar desde las primeras páginas en la novela netamente picaresca española (...). El libro de López Pinillos -y en esto estriba todo su valor, toda su significación literaria- marca una evolución en la novela picaresca. Al fondo castizo, nacional, de la antigua novela, López Pinillos une la observación más justa, más exacta, más objetiva de la realidad”.

 

Francisco Arias Solis
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JOSE FRANCISCO DE ISLA POR FRANCISCO ARIAS SOLIS

JOSE FRANCISCO DE ISLA

(1708-1781) “¡Ay, dulce y cara España, madrastra de tus hijos verdaderos!”

Lope de Vega.

 LA VOZ DE UN DESTERRADO  

La figura de Isla tiene indudables atractivos; es conocida su profunda vocación religiosa, la abnegación con que gravemente enfermo, siguió a sus hermanos de Orden al destierro, cuando la Compañía de Jesús fue expulsada de España en 1767; la paciencia con que soportó, tras veinte días de navegación en el San Juan Nepomuceno, ver que en Civatavecchia no eran aceptados por las autoridades romanas y tenían que permanecer en los barcos, durante meses, costeando Italia y Córcega, hasta ser al fin desembarcados en los presidios corsos -el P. Isla en el de Calvi-; la generosidad con que emprende la tarea de traducir el Gil Blas, de Lesage, para socorrer con sus beneficios a un caballero necesitado que le pide ayuda ya que él no tiene ningún dinero. Tal era el hombre. Ni la dolorosa salida le hizo menguar en su profundo amor a España.

 José Francisco de Isla nace en Vidanes, provincia de León, el 24 de abril de 1903. Ingresa en la Compañía de Jesús y estudia en Salamanca. Ordenado sacerdote, enseña Filosofía en Segovia, Santiago y Pamplona. Se ve envuelto en varios procesos y equivocadas acusaciones, con intervención del Tribunal de la Inquisición. El benemérito Padre Isla muere en Bolonia el 2 de noviembre de 1781. 

El éxito de su obra Historia del famoso predicador fray Gerundio de Campazas, alias Zotes, magnífica sátira literaria contra los predicadores enfáticos y cultistas de la época, publicada en 1758, fue aún mayor que lo esperado: desde la venta de los primeros 1.500 ejemplares en tres días hasta el desenfreno de comentarios, cartas, elogios y denuestos. Poco a poco, sin embargo, se fue nublando el cielo, y la tormenta no se hizo esperar: la Inquisición prohibió la reimpresión del tomo I (después haría lo mismo con el II), y en mayo de 1760 prohibió la obra. “Dios tenga en descanso al pobre Fray Gerundio -escribe su autor a su hermana-. Condenóle el tribunal, y se publica la sentencia el día 10 del corriente. Ella le declara reo de todos los delitos que puede cometer un libro, salvo los que tocan inmediata y directamente a la fe y a la religión”. La ignorancia y la pedantería de muchos predicadores, cuyo estilo era una degeneración acusada de barroco, es fustigada mordazmente por el escritor jesuita. En el libro se mezclan desordenadamente la narración novelesca –sobre la vida del ridículo fraile- y el tratado didáctico sobre lo que debe ser la buena oratoria sagrada; esta última domina sobremanera a lo largo de la obra.

 

El resto de su producción literaria es copioso, aunque no alcanza el interés de la novela anterior. Tradujo varias obras foráneas: El héroe español. Historia del emperador Teodosio, de Fléchier, Compendio de historia de España, de Dúchesne, Cartas, de Constantini, Arte de encomendarse a Dios, de Bellati, y la obra de Lesage Gil Blas de Santillana con el título Aventuras de Gil Blas de Santillana, robadas a España y adoptadas por Monsieur Lesage , restituidas a su patria y a su lengua nativa por un español zeloso  que no sufre se burlen de su nación (1787-1788) –publicada con el pseudónimo Joaquín Federico Issalpas-. En colaboración con el padre Losada y con motivo de la canonización de Luis Gonzaga y de Estanislao de Kotska escribió La juventud triunfante (1727). De carácter satírico son las Cartas de Juan de la Encina (1732) y Triunfo del amor y la lealtad. Día grande de Navarra (1746). Tienen  gran interés sus Sermones (1792), que acreditan que, si era capaz de censurar a los malos educadores, se hallaba en condiciones de darles ejemplo. En las Cartas de Juan del Encina aspiró a hacer con los malos médicos lo que en Fray Gerundio había llevado a cabo contra los predicadores vacíos, pero no logró el mismo éxito.

 

La simpatía de Leandro Fernández de Moratín por el P. Isla es muy viva y recuerda que el tribunal de la Inquisición “haciéndose del partido de los necios, de los pedantes, de los desatinados oradores que tenían convertido el púlpito en un tablado de arlequines, prohibió la Historia de Fray Gerundio, porque en ella se censuraban escandalosos disparates”.

 

En el contexto de la época, la oratoria sagrada está viciada de afrancesamiento y excesivo culteranismo, rayano en bufonada y ridículos juegos de palabras. Fray Gerundio, pleno de un fino humor y donaire, no excepto de picaresca con toda esa oratoria, como otrora Cervantes y su Quijote hicieron con la novela de caballerías.

 

“Pero el tribunal que había prohibido la Historia de Fray Gerundio -continúa Moratín-, no sólo era sabio, era infalible; y toda corporación o individuo que logra esta inestimable preeminencia jamás revoca lo que una vez decidió. Se leían, se celebraban en silencio los instructivos disparates del predicador de Campazas; pero existía el implacable anatema que los calificó de malsonantes y sólo en España no era lícito imprimir una obra que tanto honraba a la española literatura”.

  

Francisco Arias Solis
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ERNESTO GIMENEZ CABALLERO POR FRANCISCO ARIAS SOLIS

ERNESTO GIMENEZ CABALLERO
 (1899-1988) 
“Y bajo el gris
y bajo el fondo negro una abstracta oblicua rosa.”

Ernesto Giménez Caballero.

 LA VOZ DE UN VANGUARDISTA 

Ernesto Jiménez Caballero ha sido quizá el más importante exaltador lírico del fascismo, con sus libros: La nueva catolicidad (1932) y el inefable Genio de España (1932); aunque es autor muy prolífico, quizá estos dos libros merecen destacarse por reflejar –sobre todo el segundo- lo que fue la emoción fascista en un determinado momento histórico.

 

El escritor madrileño que se autodenomina “nieto del 98” sobresale por su talento de narrador, por su labor de publicista de vanguardias a través de La Gaceta Literaria, y por la de ideólogo fascista (el primero que hubo en España), cuya capacidad de acumular contradicciones en una sola página permanece imbatida en lo que va de siglo.

 

Ernesto Giménez Caballero, escritor, historiador de nuestra literatura y uno de nuestros primeros vanguardistas, nace en Madrid el 2 de agosto de 1899. Terminados los estudios en letras y derecho en la Central, va en 1921 de soldado a Marruecos. Fruto de estas experiencias, es su primer libro, Notas marruecas de un soldado, de 1923, reseñado muy elogiosamente por Unamuno en la revista España. Notas marruecas de un soldado es uno de los pocos libros escritos por aquellos años sobre el tema de la guerra de Marruecos que todavía puede resistir una comparación con el mejor de ellos, El blocao, de José Díaz Fernández.

 

Tras una estancia como lector de español en Estrasburgo, vuelve Giménez Caballero a Madrid para dedicarse de forma sistemática a la literatura, colaborando desde 1925 en El Sol. Trabajos que son recogidos en un volumen titulado Carteles (1927), que es un claro indicio de los contactos que ha tenido el autor con el vanguardismo artístico y literario. El talante novedoso y el dinamismo alegre e irracionalista que imprimió Giménez Caballero al vanguardismo son, asimismo características fundamentales de la revista fundada y dirigida por él, la Gaceta Literaria, que nació el 1 de enero de 1927, con una clara predilección por cualquier muestra de dinamismo cultural que diera la juventud. La presencia de Giménez Caballero se adivinaba siempre veloz en la revista, tal como describiera a su fundador Juan Ramón Jiménez en Españoles de tres mundos: “Escurridizo, tirante, ubicuo este madrileño futurero, fotografiado siempre desde sitio atrevido”.

 

Cuando en 1928 llega a Roma experimenta una conversión política y psicológica. La sensación de integridad anímica que le da su estancia en Roma ira perfilándose hasta el momento en que el advenimiento de la República le obliga a tomar la postura inequívoca que le convertirá en el precursor por excelencia de la nueva reacción española. El resultado fue que las personas que habían colaborado en su Gaceta Literaria abandonaron casi por completo a Giménez Caballero en 1931. Antonio Espina fue el primer colaborador que abandonó la revista por incompatibilidades de pensamiento. En el número 15 de abril 1929 se insertó la siguiente nota: “Nuestro compañero Antonio Espina deja de colaborar en nuestro periódico porque desea ser político y alejarse -no sabemos si temporalmente- de la literatura y el arte”.

 

Entre sus obras destacan sus libros vanguardistas: Carteles, Los toros, las castañuelas y la Virgen (1927), Yo, inspector de alcantarillas (1928), Julepe de menta (1929). Su Carta a un compañero de la joven España (1929) fue el manifiesto del que surgiría el nacional-sindicalismo y toda la ideología fascista a través de los libros como Circuito imperial (1929), La nueva catolicidad, Genio de España, Manuel Azaña (1932), Roma madre (1939), España nuestra (1943). Escribió también La Europa de Estrasburgo (1949), Norteamérica sonríe a España (1952), Lengua y Literatura de la Hispanidad, así como Revelación del Paraguay (1958), donde estuvo varios años de embajador. Sus últimas obras fueron: Cabra la cordobesa, balcón poético de España (1973), por la que obtuvo el premio Juan Valera, Bolívar ante un español, Literatura hispanoamericana, Memorias de un dictador y Retratos españoles (bastante parecidos), Premio Espejo de España 1985,  compartido con Emilio Romero.  Giménez Caballero obtuvo dos veces el Premio Nacional de Literatura.

 

¿Dónde y cómo se inserta en esta trayectoria artística e ideológica la obra más importante de Giménez Caballero, Yo, inspector de alcantarillas? La respuesta no resulta nada fácil dado que la prosa vanguardista de los años 20 está prácticamente sin estudiar. Por otra parte, en Yo, inspector de alcantarillas hay una gran variedad de estilos, enfoques y tendencias que refleja las corrientes y contracorrientes literarias (ramonianos, cubistas, surrealistas, etc.) del momento. Empieza evocando a André Breton y el autor nombra a otros “amigos que buscaban sus naufragios como los míos”. Son Joyce, Eluard, Unamuno, Gracián, Joan Miró y Freud.

 

Ernesto Giménez Caballero murió en Madrid el 14 de mayo de 1988. “Un día -decía el escritor madrileño-, cuando yo haya desaparecido, las Academias -hasta la Española- me rendirán la justicia que creo haberme ganado”.

  Francisco Arias Solis
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Será vano el intento de humanizar las guerras. Lo humano es evitarlas.


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JUAN MELENDEZ VALDES POR FRANCISCO ARIAS SOLIS

JUAN MELENDEZ VALDES (1754-1817) “Miro contemplo los trabajos durosdel triste labrador, su suerte esquiva,su miseria, sus lástimas; y aprendo entre los infelices a ser hombre.”

Juan Meléndez Valdés.

 LA VOZ DEL POETA NUEVO 

Meléndez es sin duda, la personalidad poética más relevante de todo el XVIII español, tanto por la calidad e inspiración de sus versos como por la variedad de sus registros temáticos y estilísticos. Representa la madurez de la Ilustración poética y ejemplifica perfectamente con su variada obra esa confluencia de corrientes que es nota distintiva de nuestra lírica setecentista. En ella confluyen y conocen sus calidades más altas el gusto rococó, con sus ondas anacreónticas y su lírica amorosa, la poesía de factura neoclásica y la veta prerromántica de sus composiciones filosóficas y religiosas. No en vano fue considerado por algunos contemporáneos como la encarnación del poeta nuevo, acorde con el espíritu de los tiempos. Es el más notable precursor del movimiento  romántico español. Para Azorín, fervoroso entusiasta del poeta extremeño, todo el romanticismo se halla ya en Meléndez: su subjetivismo, “la melodía, el énfasis solemne, el desequilibrio entre la idea y la expresión, el gusto por los aspectos hórridos y terroríficos, la ternura, el llanto, la desesperanza infinita”.

 Juan Meléndez Valdés nace en Ribera del Fresno, provincia de Badajoz, el 11 de marzo de 1754. Estudia humanidades en Madrid, y, más tarde, la carrera de leyes en la Universidad de Salamanca. Allí conoce a Cadalso que influyó notablemente en su concepción de la poesía, al igual que Jovellanos, al que conoció por medio de otro poeta de la escuela salmantina. 

Antes de acabar la carrera, recibe la vacante de una cátedra de humanidades como sustituto, y tres años más tarde, en 1781, se convierte en titular de una de gramática. Sus años de catedrático son probablemente los más felices.

 

En 1780 gana un importante premio de la Real Academia de la Lengua con su égloga Batilo, de cuyo título tomará su seudónimo. En 1783, vuelve a ganar un premio, éste de la Academia de San Fernando, con la comedia Las bodas de Camacho. En ese mismo año se casa en secreto con Andrea de Coca, que era bastante mayor que el poeta.

 

Tras esos años salmantinos, ejerció la carrera judicial en Zaragoza y Valladolid, llegando a ser Fiscal de Distrito en la capital de España. Amigo y protegido de Jovellanos, a la caída de éste sufrió destierro en Medina del Campo y más tarde en Zamora (1800). En Zamora recibe la rehabilitación parcial y la libertad de elegir residencia, lo que le lleva de nuevo a Salamanca.

 

En 1808, y a raíz del motín de Aranjuez, sus protectores son rehabilitados y vuelve a Madrid. Las tropas napoleónicas invaden el país. Su afrancesamiento le llevó a colaborar más tarde con el rey José I, con el que fue ministro de Instrucción Pública, de ahí su obligada emigración tras la Guerra de la Independencia, y su muerte en el exilio. Juan Menéndez Valdés muere en Montpellier el 24 de mayo de 1817. Desde 1900, sus restos reposan en el Panteón de Hombres Ilustres del cementerio de San Justo, junto a Goya y Moratín, ambos muertos también en Francia.

 

Meléndez cultivó la poesía lírica y pastoril, las composiciones de tipo moral, social y filosófico y en su última etapa acusó una marcada influencia de los poetas ingleses, particularmente de Young y de Pope. El poeta extremeño brilla en las descripciones, encuentra siempre la imagen precisa y compone con armonía y ligereza, aunque a veces incurra en el rebuscamiento y la afectación. La primera edición de sus poesías apareció en 1785; a ésta siguió otra, muy aumentada (compuesta por tres volúmenes), en 1797. Hay finalmente otras póstuma de 1820, hecha por Quintana sobre las notas de Meléndez. Más tarde se dieron a conocer otras composiciones no incluidas en la edición de Quintana, y en 1894 Fouché-Delbosc dio a conocer Los besos de amor, colección de poemas amorosas algo obscenos. El sentimentalismo propio de la época, unido a la vena moralizadora, aparece en El cariño paternal, El niño dormido, etc.; en su última época se atisba un cierto romanticismo en los tres romances fronterizos (uno de ellos perdido hoy) que forman Doña Elvira. En las letrillas sobresalen A más lindos ojos, El lunarcito, etc. Teócrito le inspira los idilios Los inocentes, La ausencia, A la amistad, etc. La mayor parte de su obra está constituida por odas, algunas donde lo bucólico-sensual se combina con notas sentimentales, otras de carácter moral (Siendo la vida tan breve y tan incierta etc.) o filosófico (A la muerte de Cadalso, De la verdadera paz, etc.)

 

En sus Epístolas (Epístola a Godoy, Semanario de agricultura, Al sol, A un lucero, etc.) se exponen la mayoría de sus ideas progresistas. En sus Discursos Forenses, lo más importante conservado de su obra en prosa, Meléndez insiste en temas ya tratados en sus epístolas u otras composiciones de tipo social, destacando el de apertura de la recién creada Audiencia de Extremadura por los conceptos que se vierten sobre el estado de la justicia española, verdadera obsesión de Meléndez, y su posición netamente ilustrada de reforma de la misma.

 

Meléndez Valdés, hombre de su tiempo, encierra como todos los grandes escritores, aspectos que son siempre modernos, que tienen plena actualidad, como puede observarse en estos versos: “Todos tus hijos somos / el tártaro, el lapón el indio rudo / el tostado africano; / es un hombre, es tu imagen y es mi hermano”.

  

Francisco Arias Solis
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MANUEL MANTERO POR FRANCISCO ARIAS SOLIS

 

MANUEL MANTERO
  “El pobre esperó a que pasaran otros siete años según la ley.”

Manuel Mantero

 LA VOZ CON NERVIO EXPRESIVO La actitud de este poeta no puede ser más voluntariosa. Intenta romper el clisé de la poesía colorista y romántica con incursiones coloquiales y espontáneas. Busca, ya se comprende, una integración de tradición y modernidad, de emoción antigua y lenguaje vivo, de concepto trascendente y forma desarticulada y automática. 

No le gusta a Mantero que se le encasille en generaciones ni en corrientes. Ha protestado cuando se le puesto al lado de los poetas sociales, por el objetivismo que se advierte en sus poemas o por la denuncia de situaciones; Mantero, si comparte algunos datos externos con otros poetas de los años cincuenta, se distancia por el rasgo más personal de su acento: el de romper las fronteras del “aquí y el ahora”. ”Pero si el poeta social -decía Mantero- es intentar poesía también por un camino que se ofrece cercano, entrañado y tremendo al hombre de hoy, sí me considero poeta social”.

 Manuel Mantero nace en Sevilla en 1930. Doctor en Derecho. Crítico de poesía. Profesor de la Universidad de Madrid y Premio Nacional de Poesía 1960 y Fastenrath de la Real Academia en 1967 En 1969 se marcha a Estados Unidos como  Profesor de Literatura española en Michigan y más tarde impartió clases en la  Universidad de Georgia, como Profesor Distinguido,  hasta el año 2000, año de su jubilación. En la actualidad es “Emeritus Research Profesor”, de dicha Universidad. Ha obtenido el Premio Andalucía de la Crítica y es miembro de la Real Academia Sevillana de las Buenas Letras.   Poeta andaluz con traje campesino y con temas de la poesía de todos los tiempos. la mujer, la muerte, la noche, la soledad, el tiempo. Realista, esencial a la vez, al arrancar sus versos de hoy, con todo el peso de nuestros problemas, en el momento en que éstos inciden en la posibilidad o en la amenaza de que el hombre o el mundo sigan existiendo. Poeta también imaginativo, creador de nuevas realidades a partir de la materialidad de lo existente; de ahí arranca el dato inexplicable o nostálgico en su poesía que hace referencia al misterio humano o que intuye, en otros casos, su esencia.  

Su primer libro data de 1954, La carne antigua, cuando Mantero tenía veinticuatro años. Se da a conocer en 1958 con Mínimas del ciprés y los labios; este libro contiene poemas breves y tristes; los temas son los de la muerte y la mujer, expresados desde una geografía andaluza y una sensibilidad sureña. Manuel Mantero deja Sevilla por Madrid en 1960, con la intención de dedicarse a la enseñanza de la Filosofía del Derecho. Las aficiones literarias y la vida en la gran ciudad le cambian el rumbo.

                       

Tiempo de hombre (1960) es obra de un poeta preocupado por los temas de nuestro tiempo vistos desde el ambiente concreto de una jornada cualquiera vivida en la ciudad. Lámpara común (1962) expresa la solidaridad con sus contemporáneos: “Me sentí hombre entre los hombres y no pude evitar la voz coral”, ha escrito Mantero en este libro. Misa solemne (1966) y Ya quiere  amanecer (1975) son sus obras más ambiciosas.

 

Otros libros poéticos son: Poemas exclusivos (1972),  Memorias de Deucalión (1982), Fiesta (1995), Primavera del ser (2003), Equipaje (2005). Entre los títulos más relevantes de sus libros en prosa citaremos: Crates de Tebas (1980), Poetas españoles de posguerra (1986), Antes muerto que mudado (1990) y  Había unas ventana de colores. Memorias y desmemorias (2004). En Poetas españoles de posguerra,  nos dice: “Para una Iglesia que declaró “Cruzada”  a la guerra civil y que aumentó sus privilegios a raíz del Concordato de 1953, imponiendo la enseñanza religiosa  a todos los niveles, la justicia social no fue problema hasta después del Concilio Vaticano”.

 

Mantero posee entonación épica, nervio expresivo, y, por supuesto, audacia. Y la voz poética de Mantero aporta comparaciones y analogías originales y válidas. Sólo una subjetividad plena puede establecer el correlato entre la idea y su representación. Y como dijo el poeta sevillano. “Nadie deje su hambre en cualquier parte: / Lo que quedasteis sin comer un día / esperando esta fiesta, esta alegría, / seréis saciados, no claméis aparte”.

 

Francisco Arias Solis
e-mail: aarias@arrakis.es
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WIKIPEDIA: http://es.wikipedia.org/wiki/Francisco_Arias_Sol%C3%ADs  La fórmula salvadora es paz, libertad y justicia.


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FORO LIBRE: HOMENAJE A LAS MUJERES ESCRITORAS

 FORO  LIBRE

ASOCIACION CULTURAL, ARTISTICA Y LITERARIA
 
Francisco Arias Solís - Presidente ~ Plaza San Severiano, 2 ~ 11007 - CADIZ
e-mail: pazylibertad@arrakis.esURL: http://www.arrakis.es/~aarias  “No quiero amar en secreto,llorar en secreto,  cantar en secreto. No quiero  que me tapen la boca cuando digo NO QUIERO.”  Ángela Figuera Aymerich.                          
HOMENAJE DE FORO LIBRE A LAS MUJERES ESCRITORAS
 El próximo lunes, día 25, a las 20.00 horas, en la cafetería-restaurante El Cantábrico (Avda. Cayetano del Toro, 21 - Cádiz), la Asociación Cultural, Artística y Literaria FORO LIBRE celebrará un encuentro literario sobre las mujeres escritoras.  La primera generación de mujeres españolas que tuvo conciencia de sí misma como “mujeres escritoras” apareció hacia 1841, justo en el momento de apogeo del movimiento romántico español y de una primera oleada de reformas liberales. Ese año fue testigo de un pequeño aunque notable auge de la publicación de obras escritas por mujeres (Gertrudis Gómez de Avellaneda, Carolina Coronado, Fernán Caballero...), que a lo largo de las siguientes décadas se consolidaría dando lugar a un caudal firme y creciente (Concepción Arenal, Emilia Pardo Bazán, Rosalía de Castro...).  A pesar del dominio constante de las ideología de la subordinación de la mujer y la ceguera de la cultura oficial ante los orígenes de una literatura de la conciencia femenina -cuando no explícitamente feminista- esa tradición ha sobrevivido en la corriente de la cultura misma, estallando con pleno vigor en la generación de mujeres rebeldes y vanguardistas, literatas y políticas, que nacieron en el amanecer del pasado siglo (Rosa Chacel, María Zambrano, Josefina de la Torre, Concha Méndez, María Teresa León, Josefina de la Torre, Ernestina de Champourcín, Clara Campoamor, Victoria Kent, María Lejárraga, Margarita Nelken, Nuria Parés, María Enciso, Zenobia Camprubí, Carmen Conde, Angela Figuera Aymerich..).   No hagamos las paces con la guerra, ni tampoco levantemos guerras con la paz.
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JOSE FERNANDEZ MONTESINOS POR FRANCISCO ARIAS SOLIS

  JOSE FERNANDEZ MONTESINOS(1897-1972). “No puedo menos de aducir en mi defensa el humilde y orgulloso mote del viejo blasón castellano: Yo he hecho lo que he podido, Fortuna lo que ha querido.”

osé F. Montesinos.

 LA VOZ OLVIDADA DE UN GRANADINO UNIVERSAL. La cuestión que siempre preocupó a Montesinos es “la de los límites respectivos de poesía y realidad, de la confluencia de la literatura y la vida, de cómo la vida puede dar pábulo a una literatura y ésta, informar aquélla”. 

La aportación de Montesinos al descubrimiento de la literatura española es de primera importancia. Con el gran crítico literario granadino, la historia de la literatura española empieza a ser de verdad Historia. Montesinos, el impecable erudito, el maravilloso crítico, es también el gran maestro de la literatura española.

 

José Fernández Montesinos nace en Granada en 1897 y allí cursa los estudios de bachillerato y los universitarios. Se licenció en 1916 en la Facultad de Filosofía y Letras de Granada. Entre 1917-1920 trabaja en la sección de Lexicografía del Centro de Estudios Históricos bajo la dirección de Américo Castro, “su segundo padre”, quien, reconociendo muy pronto la vocación literaria de Montesinos, le encarga la publicación de El cuerdo loco de Lope de Vega para la prestigiosa colección Teatro Antiguo Español. A partir de 1920 es Lector en la Universidad de Hamburgo, donde realizó una magnífica labor docente.

 

A fines de 1932 regresa a Madrid para incorporarse a la Universidad Central como Encargado de Curso. En los veranos de 1933-1935 da una serie de cursos y conferencias con gran éxito en la Universidad Internacional de Verano de Santander. Hasta 1936, Montesinos es uno de los más asiduos colaboradores y redactores de la Revista de Filología Hispánica, posteriormente sería redactor y colaborador de la Nueva Revista de Filología Hispánica. Durante los años 1937-1938 es el agregado cultural de España en Washington, D.C. En el verano de 1938 regresa a Europa y vive en París con grandes apuros hasta 1940. “Pero yo, que por mi desgracia -dirá Montesinos-, he sufrido en mi carne y en mi sangre más que otros, yo, que me he encontrado por eso mismo en las circunstancias menos propicias ...”

 En el año 1940 es nombrado Lector en la Universidad de Poitiers. En esa Universidad pasa los duros años de la Segunda Guerra Mundial. En 1946, invitado por la Universidad de California en Berkeley, se traslada a ella para ocupar la cátedra del distinguido cervantista Rudolph Schevill.  

Montesinos editó numerosas comedias de Lope de Vega, recogiendo sus trabajos en la obra Estudios sobre Lope (1951). Igualmente editó críticamente El Diálogo de la lengua de Juan Valdés.  Durante su exilio destacan sus  trabajos sobre la novela española del siglo XIX, de la que publicó estudios sobre Alarcón (1955), Valera (1957), el costumbrismo (1960), Fernán Caballero (1961), Pereda (1961) y Galdós (1968-1969).

 

En 1966 recibe un doctorado honoris causa de la Universidad de Poitiers y otro de la Universidad de California en Berkeley, en 1967. José F. Montesinos muere en Berkeley en 1972.

 

Es un privilegio inmensurable dejarse llevar por la corriente de su sabiduría, de su pasión, hasta el recinto de los secretos más íntimos del modo de vivir y hacer literatura hispánicamente. Mirador por largo tiempo en comarcas como Aquitania y California, su amor a Andalucía estaba acendrado por un espíritu cosmopolita y universal.

 Formó siempre  parte de aquella “España peregrina”, sin embargo, su neutralidad política e insobornable independencia ha dificultado la recuperación histórica de su figura. En nuestra época, tal tarea parece imponerse, al menos para los hombres de pensamiento andaluces.  

“En mis años mozos -nos dice nuestro primer conocedor de Lope de Vega- fui muy dado a las críticas negativas y estridentes, vicio del que el tiempo me ha ido curando. Creo ahora que lo mejor que puede hacerse con un libro malo, o que a uno se lo parece, es ignorarlo”.

 

Francisco Arias Solis
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BERNARD SHAW POR FRANCISCO ARIAS SOLIS

GEORGE BERNARD SHAW

(1856-1950) “Dos tragedias hay en la vida una, no lograr lo que ansía el corazón; la otra es lograrlo”.  Bernard Shaw.
 
LA VOZ DEL SOCIALISTA INSOCIABLE
 

Bernard Shaw es una de las más interesantes y complejas figuras contemporáneas, el genio de la paradoja, el “socialista insociable”, por utilizar el título de uno de sus dramas, que fustigó la hipocresía, la estupidez y los tabúes  con ingenio chispeante, anticonformismo y enorme fe en las posibilidades de la humanidad. Con sus obras devolvió interés al drama, despertó la conciencia social de su época  y renovó la escena británica. Recién acabada la Segunda Guerra Mundial nos dijo: “¿Cómo puede haber gente que se regocija en medio de la devastación y destrucción en que se halla sumida Europa?, añadiendo luego: “Hay millones de personas hambrientas, entre las que figuran muchos niños. Hay grandes ciudades en ruinas, enormes extensiones de tierras inundadas y millones de muertos y de inválidos. ¿Cómo podemos proclamar que el incendio de Berlín es una victoria?”

 Bernard Shaw es una compleja, rara y enigmática personalidad,  de indudable y excepcional talento, pero personalidad que, realmente, puede descomponerse en tres: la de un dramaturgo que conoce su oficio y sabe practicarlo como un maestro; la de un irlandés traviesamente ingenioso e irónico, que goza en mostrarse cínico, descarado, escéptico; la de un socialista militante,  que agrega a este calificativo el de individualista, bastante cercano a Nietzsche, que critica  profundamente a la sociedad en que vive, y especialmente a la inglesa, lo que no es obstáculo para que,  cuando sea conveniente, proclame ante Europa la admiración y cariño que siente por Inglaterra. Shaw está considerado el autor teatral más significativo de la literatura británica posterior a Shakespeare.  George Bernard Shaw nació en Dublín el 26 de julio de 1856. Tuvo una niñez dura, con una familia dividida y con muchas dificultades económicas. Su padre era un bebedor, su madre era mujer de carácter y de cultura poco comunes; entendía bastante de música, poseía una magnífica voz de mezzosoprano. Shaw se educó en Wesley Colege en Dublín. En 1871 se trasladó a Londres para aprender canto y allí, en 1884, se unió al movimiento socialista denominado Sociedad Fabiana, que buscaba la transformación de la sociedad por métodos no revolucionarios.  La doctrina marxista se convirtió  a partir de entonces en su principal referente de la brillante crítica social lo mismo de sus artículos que de sus obras literarias. Fruto de esta actividad son sus numerosos ensayos políticos, entre los que destacan El sentido común y la guerra (1914) y Guía de la mujer inteligente para el conocimiento del socialismo y el capitalismo (1928). En 1898 se casó con Charlotte Payne-Townshend, dama irlandesa de acaudalada familia. En 1925 se le concedió el Premio Nobel de Literatura. y el Oscar al mejor guión, por Pigmalión, en 1938. Bernard Shaw perteneció, al igual que los escritores españoles  Ramón del Valle-Inclán,  José Bergamín y Ricardo Baeza,  a la junta directiva de la Asociación Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura. Bernard Shaw muere en su casa de campo del poblado de Ayot Saint Lawrence, Hertfordshire, el 2 de noviembre de 1950 Bernard Shaw fue periodista, crítico musical y teatral, polemista agudo y brillante orador; en 1892 comenzó su carrera como dramaturgo que duró casi sesenta años, dedicándose a ella casi en exclusividad desde 1898, aunque también escribió durante su vida no pocas novelas y libros de temática social. Shaw, procede de Ibsen, objeto constante de su admiración cuando ejercía la crítica teatral en el Saturday Review. La primera obra dramática de Bernard Shaw es  Casas de viudos (Widower’ Houses, 1892), en la que se refleja el influjo de Ibsen y se manifiesta ya su profunda preocupación social,  en este caso motivada por la especulación de la vivienda en los barrios suburbiales. Entre sus mejores piezas hay que destacar: La profesión de la señora Warren (1894), que trata del tema de la prostitución y que fue prohibida por la censura, Cándida (comedia sentimental, de 1895), César  y Cleopatra (1899),  en la que recoge la herencia shakesperiana, Hombre y superhombre (1903), sobre el mito de Don Juan y considerada su obra más ambiciosa,  La otra isla de John Bull (1904), Pigmalión (1914), que ha sido representada innumerables veces en todos los países del mundo, Casa del dolor (1920), Regreso a Matusalén (1921-1922), donde manifiesta su pensamiento sobre la vida humana, Santa Juana (1923), sobre la vida de Juana de Arco, que algunos tienen por su mejor obra teatral, El carro de las manzanas (1929), Demasiado bueno para ser cierto (1932) y Ginebra (1938). El rasgo más sobresaliente de la producción dramática de Shaw es la viveza del diálogo, que va unido a un gran sentido de humor. El juego de la sátira irónica y de la reflexión profunda constituyó una fórmula acertada que acabó triunfando entre  el público de la media y alta burguesía. A ello se une un extraordinario sentido de la construcción teatral. Y como nos dejó dicho el gran Berrnard Shaw: “Soy tan partidario de la disciplina del silencio que podría hablar horas enteras sobre ella”.

Francisco Arias Solis
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